noviembre 26, 2020

El tigre Carlos

por: Marco Martos

El tigre Carlos llegó en un avión desde Bengala,

directo a la tierra de los otorongos en la selva del Perú.

Sigiloso se desplazó en los verdes senderos,

entre boas y lianas y pájaros azules y verdes

en las copas de los árboles frondosos que tapaban al sol.

Las noches le fueron muy soledosas

pues los otros animales lo miraban con mucha desconfianza,

y le decían tú eres un tigre de Bengala, un extranjero,

nadie tiene entre nosotros rayas en el lomo ni bigotes tan enormes,

y tus rugidos son muy diferentes a los que sabemos,

nunca te acostumbrarás a esta tierra.

El tigre Carlos era muy silencioso, buscaba su comida

entre los animales muertos por accidente,

jamás atacaba a nadie y bebía mucha agua

en los afluentes de los ríos mayores. 

Un día, pasados algunos años, encontró por azar

a una tigresa de Bengala que había sido contratada

para trabajar en un circo que recorría las ciudades de la selva,

viajando en enormes canoas por los ríos.

Se casaron y fueron a vivir en lo más profundo del bosque

y fundaron ahí una familia. Tienen todas las comodidades

que se puedan imaginar: computadora, internet, teléfono satelital.

Cuando quieren ven películas sobre los tigres de Bengala, sus parientes,

van al mercado de Iquitos cada dos semanas

y la gente los saluda cuando los ve pasar.

Los tigrillos de Bengala han aprendido quechua, inglés, francés, alemán.

El tigre Carlos fuma pipa, tiene camisas de seda, estudia la cultura griega,

colecciona sellos postales, juega tenis, se baña en ríos y piscinas

y escribe una novela sobre la vida de los otorongos en la selva del Perú.


* Tomado de revista Casa de las Américas nº 279.

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