diciembre 5, 2020

Ernesto Guevara, también conocido como el Che

Los primeros años de la década del noventa del pasado siglo fueron un permanente balde de agua fría para la izquierda mundial, particularmente para los hombres y mujeres que abrazaban el ideario comunista: se había derrumbado el muro de Berlín y, como fichas de dominó, una a una caían –sin pena ni gloria– las repúblicas socialistas de Europa del Este. ¿El golpe de gracia? La desintegración de la Unión Soviética.

Un viejo amigo cantor de los rebeldes de nuestra América guitacanturrearía: “las calles son leones devorando portales, desalojando el sueño, despidiéndolo del mundo”. Era el fin de la historia, según un yanqui japonés.

Cuando aún no acababa la excitación orgiástica de la burguesía mundial una lucecita se encendió en las siempre revoltosas tierras de Villa y Zapata: el primero de enero de 1994 descendían de la selva Lacandona los comandantes y comandantas del Ejército Zapatista de Liberación Nacional para abofetear con fuerza a las autoridades mexicanas que habían firmado un TLC con Estados Unidos y Canadá e inundar de nuevas esperanzas al continente de lo posible.

Cuba resistía heroicamente el “periodo especial” demostrando cuan arraigadas en su pueblo estaban las ideas de Martí y Fidel por un mundo mejor. Asimismo, llovían los patéticos libros agoreros, como el de Andrés Oppenheimer, intitulado: “La hora final de Castro” (1992), que –sin proponérselo– trataría vergonzosamente la “hora” más larga de la humanidad pues a casi un cuarto de siglo de la triste publicación todas las “predicciones” del analista, requerido hasta hoy por cadenas noticiosas como CNN, se han incumplido.

Nuestro país también contribuyó con un granito de arena al escampe de la tempestad, así cuando menos se le esperaba, a treinta años de cumplirse el aniversario de su asesinato y desaparición, los restos del Che y sus compañeros de guerrilla fueron encontrados en la región oriental. Comenzó la publicación de decenas de biografías sobre el argentino cubano, aunque una, por su calidez y sensibilidad ocupó desde un inicio un sitial preferencial: “Ernesto Guevara, también conocido como el Che”, del escritor mexicano Paco Ignacio Taibo II.

El prolijo novelista, historiador y activista político azteca hace unas semanas ha visitado La Paz para rodar, por TeleSur, una serie biográfica –basada en su libro– sobre el Che. En la presentación alerta: “Las sociedades tienen derecho al mito, ¿cuál es el problema? El problema es construir un mito que tenga pies, que toque la tierra, no mentir, no engañar, no hacer hagiografía barata”.

Che está doblemente presente en el proceso de cambio por el que atraviesa Bolivia desde hace una década: cuando se le conmemora religiosamente en fechas cerradas de muerte o nacimiento y cuando se le vuelve a condenar a la ausencia, como si se pudiera prescindir de su pensamiento y ejemplo en las tareas transformadoras que hoy nos convocan.

Como advierte nuestro amigo Paco Ignacio, no se trata de recitar mañosamente fáciles frases del Che aprendidas de memoria ni vestirnos con camisetas con su estampa que jamás nos acercarán a la humanidad del mito.

El serial de TeleSur nos remonta a la Argentina donde vivió su infancia, adolescencia y juventud un joven asmático fan del rugby, el fútbol, la poesía y las fiestas, un ser humano común y corriente que fue forjando con disciplina y sacrificio su propia personalidad en un afán de convertirse en un transformador de mundo.

Ahora que muchos y muchas compatriotas queremos y creemos en la profundización del proceso de cambio, debemos volver a remontarnos a la vida de “Ernesto Guevara, también conocido como el Che”.

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