noviembre 28, 2020

El libro de la selva de Bolivia

por: Franco Sampietro

Las narraciones de Harrison Fawcett fueron fuente de inspiración para Steven Spielberg, Arthur Conan Doyle y Rider Haggard.

Entre 1906 y 1925 (año en que desapareció en la región del Xingú: Matto Grosso brasileño) el inglés Percy Harrison Fawcett se internó en la Amazonía de Bolivia, Brasil y Perú explorando regiones en las que muy pocos occidentales –e incluso ninguno– habían accedido.

Fue el prototipo del explorador inglés del siglo XIX y sin duda el último de esa estirpe. Había llegado al Beni contratado por el gobierno de Bolivia en representación de la Royal Geographical Society para demarcar la frontera con Brasil, en un tiempo en que ese departamento era una “tierra de nadie” susceptible de ser ocupada por grupos económicos dedicados a la extracción de la goma elástica. Pero de ese fin inicial pasa a la desmesura casi de inmediato, al tomar contacto con una realidad que lo supera, y como corolario, los diarios de sus viajes de casi veinte años (publicados póstumos por su hijo menor en forma de libro) dan por resultado una de las más maravillosas obras literarias de que se tenga noción y tal vez la mejor novela de aventuras que exista. Steven Spielberg reconoció haberse inspirado en su texto –llamado finalmente A través de la selva amazónica– para la creación de su famoso personaje Indiana Jones, al tiempo que su personalidad fue la fuente de invenciones como El mundo perdido, de Conan Doyle y Las minas del rey Salomón, de Rider Haggard.

¿Qué es lo que encuentra Fawcett en la selva?, básicamente un mundo mágico para un neófito, donde no faltan las historias de hombres devorados por las pirañas en un instante, los avistamientos de animales extraños y casi imposibles (como una anaconda de 18 metros o un tiburón desdentado y de agua dulce que se traga entero a los hombres) y hasta las huellas frescas de un dinosaurio en la zona del Madidi. Y mucho más todavía en sus quinientas páginas de “experiencias” extremas: desde el descubrimiento de ruinas decenas de veces milenarias, pasando por tribus primitivas estancadas en una fase anterior a la del homo sapiens, hasta la existencia de una casa encantada en las cercanías de Pelechuco o fantasmas en Santa Cruz de la Sierra. Su libro contiene ficciones y exageraciones parecidas a las que se hallan en las primeras crónicas de la conquista de América, y la razón es sencilla: se trata de un espacio de alteridad absoluta: la otredad pura para un europeo.

Claramente esa cosmovisión truculenta es previa al arribo al Beni, ya que el esoterismo y la predisposición a la fantasía es el cristal a través del cual interpreta la realidad Fawcett, que no es más que el reflejo de los prejuicios de la época, el imaginario imperante y el atractivo de lo exótico en la mentalidad victoriana. Así por ejemplo esta línea, sobre la meseta Caparú en Santa Cruz: “ni el tiempo ni el pié del hombre habían desgastado esas cumbres. Estaban allí como un mundo perdido, pobladas de selva hasta sus cimas, y la imaginación podía concebir allí los últimos vestigios de una Era desaparecida hacía ya mucho tiempo. Aislados de la lucha y de las cambiantes condiciones, los monstruos de la aurora de la existencia humana aún podían habitar esas alturas invariables, aprisionados y protegidos por precipicios inaccesibles”.

Y por si fuera poco, encuentra en la biblioteca nacional de Río de Janeiro un manuscrito portugués fechado en 1.752, que versa de una expedición fallida en busca de un tesoro y que acaba en el descubrimiento de una ciudadela insólita en la selva: resabio de una cultura superior y acaso aún vigente. Y a ese bagaje suma además un camafeo de basalto negro de diez pulgadas de alto, obsequio de Rider Haggard, que dijo haberlo obtenido en Brasil. Esta pieza tenía una propiedad única: desprendía una corriente eléctrica que se transmitía a quien fuera su poseedor, lo que sumado a los extraños caracteres que poseía, era la prueba definitiva para Fawcett de una cultura superior… en algún lugar de la Amazonía.

En suma, había establecido una triple correlación: la hipotética existencia de culturas americanas dadas por desaparecidas, la conexión plausible de América con Medio Oriente antes de la llegada de Colón y la enigmática presencia contemporánea de una escritura con signos anteriores a las culturas originarias. Pero a pesar de tantos datos “científicos”, su texto lo acerca más a un Heródoto moderno: alguien que consigna lo que le enseña la gente que encuentra por el camino, con una credulidad que no encaja. Y sin embargo, recopila las voces de innumerables tribus aborígenes y rescata sus cualidades misteriosas, como la capacidad para ablandar piedras o la telepatía: un trabajo de documentación que no cuenta con una experiencia paralela.

Otro rasgo significativo, es que confirma punto por punto ciertas teorías sobre la esclavitud indígena por deudas y los castigos corporales por faltas, que normalmente son tildadas de excesivas por la inteligentzia nativa. Así por ejemplo, cuando Evo Morales dijo que los indios de la Amazonía a principios de siglo recibían de castigo diez mil latigazos (y ni uno menos) y fue tildado de paranoico por ello, Fawcett afirma haberlo visto en persona, para agregar que “la carne se desprende literalmente de los huesos del supliciado, quien pese a todo no muere”.

También sorprende que en un tiempo en que el Beni era la ley del más fuerte (Fawcett le pone tres meses en tren, barco y mula para llegar desde La Paz a Riberalta), donde “la falta de restricciones convertía la zona en el terreno de cazar perfecto para granujas y cazadores de fortunas”, un explorador victoriano tome partido por los indígenas:

“Yo conocí más tarde a los indios guarayos y los encontré inteligentes, sanos e infinitamente superiores al indio ‘civilizado’ y borracho de los ríos”,

“el canibalismo al menos proporciona un motivo razonable para matar a un hombre, lo cual es más de lo que puede decirse de la guerra civilizada”,

“cierto, eran hostiles y vengativos; pero piénsese en las provocaciones de que eran objeto”

“pocos de estos salvajes son malos por naturaleza, a menos que el contacto con los ‘salvajes’ del mundo exterior los haga serlo”.

Y hasta aquí no hemos hablado de la belleza literaria de esta perla insólita, injustamente desprestigiada por una lectura new age que rescata de ella sus creencias más estrambóticas como representación opuesta a la monotonía desencantada del mundo contemporáneo. Pues en efecto, este hombre llegó a la Amazonía con la intención de recoger enseñanzas y no oro y seguramente lo que hizo –como escritor nato– no fue más que romantizar sus experiencias, sazonándolas de misterio, intriga y peligros sin cuento, que en ese contexto enrarecido parecen más significativas y densas. Su visión del Beni, es algo así como el monumento bizarro de un mundo elemental finiquitado.

Es increíble que su texto no se conozca más en Bolivia, que visto con amplitud es parte de la literatura nacional y muy superior a nuestros libros de la selva. O mejor dicho, se entiende que hasta aquí no se lo haya querido hacer conocido, pero el país ya está maduro para abrir esta insondable rosa.

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