noviembre 23, 2020

Era neoliberal: El tiempo de las décadas perdidas

por: Alfredo Serrano

La publicación de un nuevo trabajo titulado: “AMERICA LATINA EN DISPUTA”, cuyo contenido convoca a reflexiones sobre los tiempos actuales, articulados al pasado inmediato, permite comprender ideas renovadoras y conservadoras que influyen en las decisiones que se toman en la conducción de nuestros estados, así como la configuración hacia un mundo nuevo o retrogrado.

Esos aspectos son los que están tratados en la nueva publicación del colega y compañero Alfredo Serrano, Director del CELAG y asesor de TELESUR. De este contenido muy rico en referencias históricas y medidas que se toman en gobiernos progresistas de la región, sólo podremos extraer algunos fragmentos de subtítulos que consideramos importantes, con las disculpas por nuestra arbitrariedad al seleccionarlos. En esta ocasión ponemos a su consideración extractos del capítulo 1, referido a la fuente teórica del neoliberalismo que estuvo vigente en nuestra región (sigue en algunos países) durante las décadas perdidas.

Sin otro particular nos queda felicitar al c. Alfredo Serrano, por permitirnos compartir, con nuestros lectores sus reflexiones.

W. Abraham Pérez Alandia; Docente Investigador del IIE-UMSA

Emergencia y consolidación del neoliberalismo como paradigma hegemónico a nivel mundial

Durante los años setenta, el sistema capitalista comenzó a mostrar síntomas de ralentización y agotamiento respecto a su proceso de acumulación. La tasa de ganancia del capital en los países centrales fue desacelerándose, hasta llegar a estancarse.

El establishment político y económico dominante respondió de inmediato buscando culpables, con un único objetivo: encontrar el nuevo orden económico para los próximos años, poniendo punto y final al modelo keynesiano que había venido imponiéndose para gestionar el capitalismo de forma global desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. Conjuntamente y sin fisuras, la política en los países centrales, los organismos financieros internacionales y la teoría económica hegemónica alertaron en esos años setenta sobre la necesidad de otro mundo posible, que debía tener la responsabilidad de hacer renacer al capitalismo con más fuerza y vigor, y con más solidez para que volviera a hacer crecer la tasa de ganancia en forma sostenible para las siguientes décadas. Ello exigió una nueva forma de organizar la casa-mundo económica y políticamente; se trataba de una reconfiguración del nuevo orden global del capitalismo, de tal forma que se asignaran renovadas funciones utilitarias y diferenciadas para cada uno de los actores que participan en este juego-mundo.

La guerra fría seguía como telón de fondo en esos años, aunque con menor intensidad que en las décadas previas. Todo parecía indicar que la disputa entre ambos bloques se decantaba progresivamente a favor del capitalismo y en detrimento del campo socialista, quien continuaba perdiendo fuerza y aliados. Pero a pesar de que el enfrentamiento en clave geopolítica seguía vigente, el capitalismo –desde los países centrales– estaba más preocupado, en primera instancia, por reorganizarse en su seno para luego poder iniciar una ofensiva que le permitiera lograr, definitivamente, que los países no alineados ni a un lado ni al otro acabaran siendo aliados o, mejor dicho, alineados según el orden capitalista mundial. De esta forma, el objetivo era desmembrar progresivamente el campo socialista hasta terminar con la Unión Soviética, que no pasaba por su mejor momento económico.

En esta pugna, la discusión por el modelo económico que debía predominar y dominar no fue una cuestión baladí. ¿Cuál debería ser el modelo de acumulación capitalista para los próximos años? He aquí una de las principales cuestiones de fondo de ese momento histórico en plena disputa. En la búsqueda de culpables para la crisis, el Estado se llevó casi toda la responsabilidad y, en vez de discutir acerca de qué Estado era necesario para salir adelante, el planteamiento eran tan maniqueo como irresponsable: si el Estado (supuestamente) no funciona, entonces es preciso eliminarlo o reducirlo a la mínima expresión (solo suficiente para garantizar el orden capitalista que se pretendió implementar). La idea fue realmente acabar con el rol protagónico que había tenido el Estado las políticas keynesianas y transitar hacia un modelo donde eso que llaman mercado jugara un papel cada vez más preponderante.

Aunque en muchas ocasiones se ha explicado la llegada de este nuevo modelo económico con base exclusiva en la dicotomía entre Estado/mercado, la nueva organización de la casa-mundo abordó el nuevo reto mucho más integralmente. Se llevó a cabo una rediscusión completa del modelo y se realizaron propuestas determinadas para cada uno de los aspectos que el capital exigía para que todo estuviera bien ordenado, permitiendo nuevamente un repunte sostenible de la tasa de ganancia. Se redefinieron los roles y tareas para todos los países insertados, subordinadamente, en el sistema capitalista. Para que se entienda aún más, simplemente, los países centrales precisaron que a partir de entonces la periferia fuera dependiente no solo a una velocidad –la comercial–, sino también a múltiples velocidades: por la vía productiva, tecnológica y financiera; todo ello sin olvidar la necesidad de seguir construyendo la dependencia epistemológica que facilitara, de esta manera, construir una verdadera hegemonía cultural y académica.

De esta forma, volvieron muchas de las ideas del liberalismo, pero tan rejuvenecidas y actualizadas y con tantos matices, que incluso se constituirían en un nuevo paradigma en sí mismas, muy diferente al corpus de ideas de donde procedían; porque el neoliberalismo no es ni siquiera una nueva versión del liberalismo, es una ecuación económica y política propia, con características únicas, que se convirtió en la nueva fórmula hegemónica de gestionar el capitalismo. Muchos autores siguen empecinados en hablar del neoliberalismo como una corriente política que parte del liberalismo.

Esto podría ser aceptado en el momento de su nacimiento, a fines de los setenta, pero después de haberlo visto evolucionar se puede afirmar rotundamente que es un paradigma económico político en sí mismo, que se asienta sobre concepciones filosóficas propias de este nuevo momento histórico de finales de siglo xx.

El neoliberalismo fue (y sigue siendo) la llave mágica para ordenar el mundo capitalista, subordinando al ser humano y a la naturaleza a merced de la tasa de ganancia del capital privado.

Ante tal desafío, el sistema capitalista procedió a diseñar un plan estratégico de largo aliento, estableciendo nuevos meta-objetivos y objetivos específicos, acompañados de un nuevo lenguaje para un renovado y moderno relato que facilitase la implementación de las medidas necesarias en materia de políticas económicas. Además, fue necesaria una arquitectura institucional internacional que funcionara como gran garante de este nuevo proyecto hegemónico; es por ello que donde aún había mucho por hacer aparecerían las nuevas instituciones y, en otros casos, se trató de afianzar las instituciones existentes, encaminándolas a los nuevos retos y desafíos.

Mucho se ha hablado de neoliberalismo desde uno u otro punto de vista político y académico, a favor y en contra de sus principios y sus políticas económicas, de sus diagnósticos y sus recetas. Justamente, una gran victoria de esta estructura dominante ha sido el ser discutido desde su propio plano, a partir de visiones maniqueas, como si todo se tratara de una variable dicotómica de sí o no, de todo o nada, como si no se pudiera discutir con matices sobre la veracidad de los supuestos sobre los que se construyen sus propios modelos, sobre los efectos y variables que nunca son considerados por tratarse de temas sociales que no deben ser objeto del debate económico, etc. Justamente, para evitar caer en esta trampa analítica, en las próximas líneas se presentan en forma resumida, pero rigurosamente, las principales bases estructurales del neoliberalismo, que son el sostén de este nuevo orden económico mundial hegemónico, instaurado para la gestión global del sistema capitalista.

Sin conocer bien cómo funciona el neoliberalismo, metabólica y orgánicamente, es imposible luego entender sus consecuencias y su responsabilidad en las décadas perdidas en América Latina. El conocimiento sobre la caracterización estructural del neoliberalismo y, por tanto, cómo opera en clave estructural, es un prerrequisito fundamental para posteriormente comprender por qué fue tan complicado disputar su irreversibilidad y por qué, además, a pesar de la década ganada del cambio de época en América Latina, en el siglo xxi todavía perduran ciertos retales no marginales de esta hegemonía que impide, muchas veces, mayores avances a favor de la mayoría social.

Anclaje en la Teoría Económica Neoclásica

El neoliberalismo se ancla en el paradigma teórico de la economía neoclásica, conformado a fines del siglo xix y principios del xx y, partiendo de este, diseña las políticas económicas que convienen al capitalismo para revitalizar el proceso de acumulación y concentración anhelado, virtuoso para el capital privado y vicioso para las mayorías populares. Hay que tener este punto claro como el cristal: no es que la economía neoclásica sugiera tal o cual cosa, sino que es al revés: es la política, los objetivos políticos los que se ponen encima de la mesa, y luego es la economía neoclásica la que logra sustentarlo con base en hipótesis marcianas que nada tienen que ver con la realidad. La esencia neoclásica facilita esta secuencia –esta forma de actuar– porque siempre parte de reducir la realidad a los supuestos que le interesan para demostrar el resultado que se ha propuesto demostrar. La teoría económica neoclásica no sirve, no vale, porque inventa un objeto de investigación, porque provoca la reducción del objeto de la ciencia económica.

Son muchos los ejemplos con los que se puede mostrar cómo se trata de una economía del fraude en que se engaña desde las hipótesis, pero que, además, abusa de un aparataje instrumental metodológico, siempre cuantitativo, para presentarse como estudio técnico y, por tanto, neutral. Ahí está el otro punto fuerte del neoliberalismo: siempre presentar los análisis para lograr un objetivo disfrazado como algo de índole técnico y neutral, es decir, post-político.

Este aspecto es fundamental para comprender que no hay ciencia económica ni herramienta metodológica neutral ni fuera de los confines políticos. Sin embargo, después de repetirlo hasta la saciedad, el neoliberalismo logró en sus albores posicionarse como una propuesta tecnocrática, siempre objetivando a su manera cualquier subjetividad posible y tratando de situarse imparcialmente, mostrándose indiferente frente a las parcialidades de la historia.

De esta manera el neoliberalismo, con la economía neoclásica como bandera, pretendía desplazar la disputa política por una disputa entre expertos, en la que el pueblo no tuviera nada que decir, acallándolo frente a las grandes sentencias de un grupo de técnicos muy cualificados que sabrían qué hacer para que las cosas fueran mejor para todos. Lo que no decían es que esa técnica estaba al servicio de un interés político determinado, que respondía a la desigual correlación de fuerzas económicas imperante en el mundo capitalista. El neoliberalismo usa la teoría neoclásica para conseguir un desplazamiento de eje político por uno exclusivamente técnico, permitiendo, así, excluir a las mayorías del debate político; todo ello es posible porque realmente sí hay una sintonía absoluta entre la teoría económica neoclásica y el neoliberalismo, al partir (ambos) de un mismo contenido en términos de filosofía política.

Esa unidad se puede observar en cómo coinciden en relación con: 1) el individuo como sujeto de estudio y política, es decir, en la visión antropocéntrica del mundo, 2) la existencia de una visión colonizadora de la racionalidad suprema que permitirá homogeneizar cualquier heterogeneidad subjetiva y cultural, 3) la mercantilización del objeto de estudio económico (todo lo que no sea susceptible de ser mercantilizado no es de interés de esta nueva economía), y 4) la superioridad del valor de cambio en el mercado por encima del valor de uso. Son estas y otras coincidencias las que explican por qué hay que entender el neoliberalismo entendiendo la economía neoclásica.


* Director CELAG, Doctor en Economía, @alfreserramanci

Be the first to comment

Deja un comentario