diciembre 1, 2020

primera parte – La descolonización del Estado: Del poder como dominación al poder como deliberación

por: Esther Eunice Calderón Zárate 

La descolonización del Estado se plantea como un proceso necesario para transitar hacia una nueva concepción y una nueva praxis política.

Nuestro presente trabajo consiste en repensar el concepto de poder político con el fin de alimentar la reflexión sobre la descolonización del Estado, temática que las tendencias políticas contemporáneas abordan desde distintas visiones. En el caso boliviano, Rafael Bautista [uno de los principales teóricos de la descolonización] propone desmontar el marco categorial que traza la teoría política moderna sobre el poder [1] y su concepto [pues el poder político constituye al Estado], para plantear un nuevo concepto cuyo contenido provenga de la praxis [2] de las comunidades indígenas. Así, la finalidad de este desmontaje será lograr transitar de un poder ejercido como dominación [concentrado] hacia un poder realizado como deliberación comunitaria [difuso] [3]. Esta transición es clave para avanzar hacia el horizonte de un Estado descolonizado.

La descolonización del Estado se plantea como un proceso necesario para transitar hacia una nueva concepción y una nueva praxis política. Si consideramos que toda práctica humana no puede pensarse ni realizarse al margen [aislada] de la estructura de la vida [de la comunidad] [4], entenderemos que una nueva política sólo puede emerger desde la comunidad como actor fundante y receptáculo del poder. Si la política ya no es la ciencia del poder sino más bien la ciencia de servir al pueblo, no se anula el poder, sino que éste ya no implica dominación, sino una nueva relación, de mutua cooperación, donde la última palabra la tiene la comunidad porque el poder reside en ella.

¿Puede sustentarse la idea de “tomar [asaltar] el poder” para transformar? ¿Por qué todavía se piensa al poder como un objeto del que hay que apropiarse? ¿Existen formas diferentes de conceptualizar y ejercer el poder? ¿Por qué y en qué sentido pensamos en un poder comunitario?, ¿qué tipo de poder es éste y cuáles son sus características? ¿Dónde queda el poder en el caso de los espacios que no son comunitarios? Intentaremos responder a estas preguntas con el fin de allanar el camino por el que transcurre nuestra reflexión.

¡El poder no es propiedad privada!

¿Qué significa entender al poder político como propiedad? Se trata de considerar que en una sociedad existe una cantidad dada [invariable, fija] de poder, de tal manera que la ganancia de poder por parte de un grupo, equivale a la pérdida del mismo por parte de otro grupo. El poder se somete a un juego de suma-cero [5]. Tal visión, considera al poder como sustancia, un objeto que se posee o pierde y por el que hay que luchar. Así es como se constituye la idea de “asaltar el poder” como la única opción viable para lograr una transformación real.

Como afirma Bautista, el poder es entendido en los términos de una posesión, “algo que tiene las características de una de las determinaciones del sujeto moderno: la propiedad privada” [6]. Así, en la praxis, quien cree haber “obtenido” el poder somete al otro [quien, en muchos casos, cree haber perdido el poder], generando una relación de verticalidad y control político, es decir, de mando-obediencia.

Sin embargo, existen formas diferentes de conceptualizar el poder. La mencionada teoría del poder, denominada sustancialista, ha sido ampliamente criticada por la teoría relacional [7], que afirma que no hay que buscar el poder en un punto central, puesto que el mismo proviene desde múltiples puntos, es omnipresente [8]: el poder no es un objeto o algo abstracto, sino que es una relación. Esta crítica demuestra que la idea de “asaltar el poder” para transformar no puede sustentarse ni en la lógica, ni en la realidad.

Veamos a tres de sus teóricos importantes: 1) Max Weber [el principal precursor de esta idea], define al poder como: “la probabilidad de imponer la propia voluntad dentro de una relación social, aún contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad” [9]; 2) Bertrand De Jouvenel, quien sostiene que: “todo reposa sobre la obediencia. Conocer las causas de la obediencia es conocer la naturaleza del poder” [10]; y 3) Robert Dahl afirma que se trata de: “subconjuntos de relaciones entre unidades sociales tales que los comportamientos de una o más unidades (unidades que responden) dependen en algunas circunstancias del comportamiento de otras unidades (unidades que controlan)” [11].

Al margen de la crítica acertada que demuestra la existencia de múltiples centros de poder, vemos que la teoría relacional cae en el mismo error que la sustancialista, pues todavía su fundamento incuestionable es la idea del poder como dominación. Así, quien somete no ve al sometido como persona sino como objeto.

Por ello, en tanto que la relación mando-obediencia se extiende, convirtiéndose en una cadena amplia, podría pensarse al poder como una relación ya no entre sujeto-objeto, sino una relación entre meros objetos: el sujeto que somete es también sometido [reificado] por otro “sujeto”, es decir, es el objeto-de otro sujeto, mismo que también es sometido por otro “sujeto”, y así sucesivamente.

Si bien la teoría relacional demuestra lógicamente que el poder no es un objeto, no parece cuestionar el fundamento del tipo de relaciones que produce el poder. La relación entre meros objetos parece ser el fundamento de ésta teoría, pues sobresalen claramente conceptos como: imposición, obediencia y control. De esta manera y sobre estas conceptualizaciones y caracterizaciones del poder se estructura la teoría política moderna y su cuerpo conceptual. Entendidas las limitaciones de dicha teoría para producir una categoría transformadora de poder, dedicaremos la segunda parte de nuestro trabajo para exponer, en diálogo con Rafael Bautista, la crítica necesaria para repensar este concepto, no como propiedad privada, sino como facultad de la comunidad y por lo tanto como deliberación comunitaria.


* Esther Eunice Calderón Zárate es politóloga y representante de la Comunidad Crítica Creativa. esthercalderon26@gmail.com

1 Cfr. de Rafael Bautista, La descolonización de la política: Introducción a una política comunitaria, Plural, La Paz.

2 La praxis entendida como el quehacer visible de los sujetos vivos, que desarrollan una política. Ídem, p. 57.

3 La tarea de descolonizar el Estado conlleva desconcentrar el poder en sincronía y simultaneidad con la desconcentración de la economía, la justicia y la administración del Estado. Véase de Esther Eunice Calderón Zárate, “Elementos prácticos para la descolonización de la justicia”, en La Migraña Revista de Análisis Político. N° 11/2014.

4 Cfr. de Rafael Bautista, La descolonización de la política: Introducción a una política comunitaria, Plural, La Paz, 2014.

5 Se atribuye esta postura a Charles Wright Mills. Cfr. de Sara Fernández, “Teoría, sociedad y poder en Talcott Parsons, C. Wright Mills, Jurgen Habermas y Anthony Giddens”.

6 Cfr. de Rafael Bautista, La descolonización de la política.

7 Los principales precursores de la teoría sustancialista son Hobbes y Russel, y de la teoría relacional son Dahl, Weber y Foucault. Véase de Norberto Bobbio, Estado, gobierno, sociedad: Contribución a una teoría general de la política.

8 Tal vez en esto Foucault no se equivocó. Cfr. de Michel Foucault, Historia de la sexualidad I: la voluntad de saber,Siglo XXI, México, 1977.

9 Véase de Max Weber, Economía y sociedad, Fondo de Cultura Económica, México, 1964, [Las cursivas son mías].

10 Véase de Bertrand De Jouvenel, El poder, Editora Nacional, Madrid, 1956

11 Véase de Robert Dahl, El poder, En: Enciclopedia Internacional de las Ciencias Sociales, Aguilar, Madrid, 1976. Weber, De Jouvenel y Dahl coinciden en una misma idea: todo poder supone relaciones de mando-obediencia.

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