noviembre 24, 2020

“It’s the end of the world as we know it”

Bolivia y Latinoamérica hace diez años celebraban el fin de una etapa neoliberal que dejó como saldo la profundización de las desigualdades sociales en toda la región y la total perfidia de soberanía para muchos de sus países. Uno a uno, los gobiernos que promovieron políticas privatizadoras, ajustes fiscales y reducción de gastos sociales, comenzaron a tambalearse hasta caer en un periodo de tiempo relativamente corto, en circunstancias a veces dramáticas, como recordamos muchos bolivianos y argentinos.

Comenzó así una etapa de progresismo innegable en países como Venezuela, Bolivia, Ecuador, Argentina y Brasil. George W. Bush, por aquellos días, ya veía el devenir de grandes cambios, con EE.UU. perdiendo hegemonía en lo que consideraba su patio trasero, el ascenso de economías antes periféricas como los BRICS que rivalizaban a la suya y diferentes expresiones de descontento mundial respecto a cómo se manejaba el mundo hasta ese momento. Hasta Cuba vio incrementado su apoyo contra el bloqueo en diversos foros internacionales.

Hoy, después de los resultados de las últimas jornadas electorales en Venezuela y Argentina, y con encuestas que cuando menos intimidan a los bolivianos que apoyarán la opción del Sí en el referendo que se viene el próximo febrero, muchos miran al cielo y gritan: ¡Es el fin! ¡El fin del mundo! ¡El fin del mundo tal como lo conocimos hasta ahora!

¡Argentina está en manos de la derecha! ¡Venezuela ya no es la misma que en los días de Chávez! ¡Correa ya no se presentará en las próximas elecciones! ¡Donald Trump! ¡Sí, Donald Trump se perfila como próximo presidente de una de las naciones más poderosas del mundo! ¿Qué es esto? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Por qué?

Pero ninguna de esas preguntas importa realmente. Lo que nos demuestra el panorama anteriormente descrito es que todo cambia, y en política, todo cambia muy rápido. Y las circunstancias nunca se repiten. Los gobiernos de derecha que asuman el ejecutivo no tendrán las mismas oportunidades que sus predecesores. No será fácil convencer a sus poblaciones a volver a los años 90. No será fácil convencer a ningún boliviano, venezolano o ecuatoriano, a aceptar nuevamente órdenes de algún embajador estadounidense ni tampoco a renunciar a los beneficios sociales que los gobiernos progresistas de la región les concedieron como derechos tan sagrados, como el voto o la propiedad soberana sobre los recursos naturales.

No es el fin del mundo, es el inicio de otra lucha, que los movimientos sociales y la población latinoamericana en general deben emprender con el mejor de los ánimos. Sólo recordemos tres cosas: lo mal que estábamos antes, lo mucho que se avanzó estos años y lo mucho que se podría lograr en los siguientes.

En menos de diez años el país recobró su soberanía, distribuyó las ganancias provenientes de nuestros recursos naturales como ningún otro gobierno hubiera podido o querido hacer, se incluyó políticamente a grandes mayorías históricamente ninguneadas y se tuvo sueños como los de la integración latinoamericana, casi al alcance de nuestras manos.

Los bolivianos no somos tontos… sabemos decidir.

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