noviembre 24, 2020

Lo progresivo y regresivo en el pensamiento y la acción

El progresista es ser un ser humano que lucha para construir un mundo diferente, que pueda fundamentarse en una economía también diferente.

El término “progresivo” es una categoría político-filosófica y está vinculada al destino de la humanidad y sus necesidades de mejorar sus formas de organización y de relaciones sociales en las distintas dimensiones de su existencia. Ser progresista significa ser subversivo frente a las condiciones en las que se desempeña la distintas relaciones sociales en las que se expresan injusticias sociales, económicas, políticas y de otra índole, que mantienen a la sociedad en escenarios de polaridad, donde unos pocos se dan el lujo de tener excelentes y/o exuberantes niveles de vida y en el otro extremo ingentes masas de seres humanos no tienen un pan para llevarse al estómago. Esas estructuras socioeconómicas caracterizan al sistema capitalista que en su fase imperialista agudiza los problemas a nivel mundial. Esta mundialización se debe a que el capitalismo deja de ser nacional y se mundializa, llevando consigo todas las contradicciones que tiene en su desarrollo.

En efecto, lo progresivo está relacionado con el pensamiento que propone trascender estos límites perversos que impone el sistema capitalista. Ser progresista es ser un ser humano (mujer-hombre) que lucha para construir un mundo diferente, que pueda fundamentarse en una economía, también, diferente. En este sentido el ser humano progresista, generalmente, es un cuadro de izquierda. Porque el que quiere preservar y mantener el estado de las cosas actuales, es decir el capitalismo, tiene una ideología de derecha.

Cuando nos referimos a la economía, en los términos y características que citamos en párrafos anteriores, debemos diferenciar a la economía progresiva de la economía regresiva. Al economista progresista y/o al economista conservador u ortodoxo. Cuando se trata de calificar a los gobiernos y sus formas de gobernar, los objetivos que se proponen, los grupos de poder que asumen el poder político y económico, hay que calificar en el marco de estas dos polaridades. O son gobiernos progresistas o son gobiernos conservadores y regresivos.

Los científicos de distintas disciplinas, académicos y genios de las distintas ciencias, no son neutrales ni indiferentes en su posición ideológico-política. No existe la neutralidad en las ciencias. La misma neutralidad es ya una posición ideológica que se asemeja al no importismo, frente a los problemas de pobreza y marginalidad de gran parte de la humanidad y de la depredación de la Madre Tierra.

En este sentido, por ejemplo, citaremos a dos científicos destacados en el siglo XX, un economista y el otro físico:

El economista austriaco Josep Shumpeter, creador de la teoría de las innovaciones, planteó que: el transito del capitalismo al socialismo era una innovación política y colectiva de la sociedad, puesto que la sociedad posterior al capitalismo superaría todas las injusticias sociales y económicas con las que se desarrolló la sociedad capitalista.

Por su parte, el científico físico Albert Einstein, publicó por primera vez en la revista Monthly Review, Nueva York, en mayo de 1949, un artículo cuyo título es: ¿Por qué el socialismo?; en el cual analiza las desigualdades, las injusticias y la decadencia de la sociedad en el sistema capitalista, hasta el punto de caminar hacia la extinción de la especie humana, y propone como única salida, urgente y necesaria, la construcción del socialismo.

A lo largo de la historia contemporánea se encuentra a muchos intelectuales comprometidos con la humanidad, que emiten opiniones, análisis y teorías, sobre la necesidad de transcender la situación del capitalismo deshumanizante y construir la otra sociedad.

A nivel de las regiones y los países, para construir la futura sociedad se requieren cuadros y gobiernos progresistas. Estos gobiernos deben ser anti-imperialistas y anti-hegemónicos. ¿Qué es eso?

Los gobiernos progresistas son anti-neoliberales y anti-imperialistas

En las dos últimas décadas, en la región de Latinoamérica, han logrado consolidarse victorias electorales importantes y aplastantes de fuerzas populares y de izquierda y/o anti-neoliberales. Esto sucedió particularmente en países donde esas victorias son resultado de muchas décadas de luchas sociales y populares como en Bolivia, y una rápida politización movilizada de los de abajo como en Venezuela. Sin ignorar el largo proceso de lucha y resistencia del pueblo cubano, la revolución ciudadana en el Ecuador y el proceso de Nicaragua. Gobiernos que deben ser estudiados y reconocidos como progresistas. Queda un grupo pequeño de gobiernos donde la propuesta fue un tanto parecida a lo que se identificaría como reformistas, nos referimos a la Argentina, Brasil y el Uruguay.

En materia económica, los gobiernos progresistas han demostrado que se puede ejecutar una administración más soberana, revelando resultados que se pueden medir en: crecimiento económico interno, el combate a la pobreza extrema a través de programas específicos de redistribución y la institucionalización de servicios públicos universales, etc. Aclarando, con estos resultados, diferencias notable con las administraciones anteriores. En ningún caso menospreciable como lo que sucedió en el periodo corrupto de las privatizaciones, fragmentación social y la depredadora desregulación capitalista neoliberal de los años 90.

En estos países apareció, en un estilo muy renovado, la nueva la fuerza pública, el Estado interventor a favor de las mayorías populares, instancia que regula el mercado nacional y le da potencia interna, redistribuidor parcial de las rentas extractivas y de las riquezas proveniente de las exportaciones a los sectores más empobrecid@s, guardián de que los ingresos no pierdan valor adquisitivo y su incremento sea real y no solo nominal. Ejecutando procesos que explican en parte la solidez de la base social y electoral de estas experiencias hasta el día de hoy, en algunos casos después de más de más de 10 años de gobierno.

Por primera vez –desde el destierro de los invasores y neo-colonizadores después de varios gobiernos pro-imperialistas–, los gobiernos “pos-neoliberales”, comenzando por Cuba, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela, demostraron que sí es posible gobernar en favor de una patria más soberana en los aspectos de la economía y la política. Se comenzó a controlar los recursos naturales, para hacer retroceder pobreza extrema y desigualdades sociales, imponiendo reformas de inclusión política de amplios sectores populares, hasta el momento marginados del derecho de decidir, opinar y sobre todo participar.

Volvieron a plantearse los imaginarios geopolíticos continentales que tuvo Bolívar en las iniciativas de integración regional, en base a filosofías que van más allá de la mera relación comercial, principios que plantean la cooperación, la complementariedad, la solidaridad entre los pueblos (ALBA-TCP-UNASUR), para reinstalar espacios de soberanía regional y nacional frente a la voracidad de las potencias desarrolladas, sobre todo del Norte, al imperio militar y a sus nuevas estrategias de dominación con las firmas transnacionales o las órdenes unilaterales de las instituciones financieras mundiales como el FMI y el BM, entre otros.

En la dimensión política también se está demostrando renovaciones fundamentales. En este ámbito, Álvaro García Linera en su intervención en el II Encuentro Latinoamericano Progresista (ELAP) 2015, afirma lo siguiente, en relación a la necesidad de reinventar la democracia:

“Lo que América Latina está mostrando es que esta reivindicación de lo democrático como el espacio mismo de la revolución, como escenario inevitable y obligado de la revolución, requiere y necesita una reinvención de lo democrático, una refundación de lo democrático; ya no únicamente como de seleccionar gobernantes -que lo es-, ya no únicamente como modo de respetar asociatividad, pensamiento y actividad política -que lo es-, sino una reinvención de lo democrático a partir de su fundamento, de su esencia, lo democrático como creciente participación de la sociedad en la toma de decisiones.”

Sin embargo, de estos resultados que no pueden ser explicados por las intelectualidades conservadoras regresivas, es necesario pensar y proyectar el largo plazo, sin descuidar la coyuntura. En estos términos es necesario tomar en cuenta los siguientes aspectos:

●  La política económica no solamente tiene competencia en cuestiones de lineamientos generales (macroeconomía), sino que también tiene competencias en aspecto que hace a la base económica y sus múltiples interacciones (microeconomía), como así en el uso del territorio mediante las políticas para lo regional y municipal.

●  El maestro en planificación Carlos Matus (1972:13) introduce dos categorías de análisis al referirse al proceso de desarrollo que sería de utilidad para los decisores de política económica cuando se proponen proyectar el mediano y largo plazo.

–  La velocidad, la cual tiene que ver con el logro de determinadas metas de crecimiento en un proceso de crecimiento de corto plazo, que no necesariamente conduce a transformaciones en la base económica de la sociedad. Aspecto que se podría, por ejemplo, mostrar en el crecimiento del PIB, que si bien es una manifestación de la dinámica de las fuerzas productivas al tener posibilidades de contar con más bienes y servicios, el solo hecho de su crecimiento no nos dice nada respecto a su sostenibilidad en el mediano y largo plazo, ni sobre la distribución de la mayor cuantía de producto entre los más necesitados. Lo mismo ocurre con el crecimiento del comercio exterior.

–  La otra categoría es la dirección en el proceso de cambio, aspecto que tiene que ver con las opciones respecto del rumbo, hacia donde están orientadas las políticas, qué estructura de la propiedad se busca modificar, qué tipo de tecnología es la que se incorpora al proceso productivo, qué estilo de desarrollo, o patrón de acumulación por el cual se ha optado. En definitiva, tiene que ver con las características del momento histórico que tiene que ir tomando esa imagen objetivo de país.

Esas dos categorías, junto a otros elementos, tienen que ver con proyectar el país y la sociedad que se quiere en el largo plazo. La Agenda 2025, ¿Tiene esa dimensión? ¿La derecha conservadora tiene un proyecto de esas características? Cuestiones que deben ser reflexionadas y respondidas por el estimado lector.


* Docente investigador titular del IIE-UMSA, economista subversivo, miembro de la “Red Boliviana de Economía Crítica” / brahamap@gmail.com

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