noviembre 29, 2020

“El progresismo tiene un límite. Hay que superarlo con una posición revolucionaria”

por: Rider Jesús Mollinedo

La historia de muchos de nuestros países latinoamericanos ha demostrado que la burguesía nacional no es democrática, no es progresista ni antiimperialista.

Daniel De Santis nació en Buenos Aires en 1948. A la edad de 23 años se incorporó al Partido Revolucionario de los Trabajadores – Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP), comandado por Mario Roberto Santucho. En 1975 era dirigente de los obreros de la fábrica Propulsora Siderúrgica donde llevó adelante, junto a otros trabajadores y dirigentes sindicales, una huelga de tres meses. Posteriormente integró el Comité Central del PRT-ERP.

Durante la dictadura estuvo exiliado. Participó de la Revolución Sandinista. Después de numerosas andanzas terminó un profesorado en física para dar clases a los secundarios de La Plata, antecedente pedagógico que le permitió diseñar la Cátedra Che Guevara en la Universidad de La Plata en 2003, dos años después de lo que aún llama la rebelión popular de 2001. Actualmente milita en la Juventud Guevarista y en la Unión del Pueblo en Argentina.

El compañero Daniel estuvo de paso por La Paz presentando, en la Escuela Nacional de Formación Política, sus publicaciones A vencer o Morir. PRT-ERP (1998-2000), La historia del PRT-ERP por sus protagonistas (2010) y ¿Por qué el Che fue a Bolivia? (2014). La Época aprovechó la oportunidad para realizarle algunas preguntas sobre la actualidad argentina y sobre lo que acontece con los gobiernos progresistas de la región en una etapa crítica de su existencia.

La Época.- ¿Por qué asciende a la presidencia un gobierno de corte neoliberal como el de Mauricio Macri en la Argentina? ¿Qué ocurrió?

Daniel De Santis.- Por un lado, el proyecto que encarna el kirchnerismo, una cosa es verlo a distancia –desde otros países– y otra desde el mismo país donde se están desarrollando las cosas. Para no ampliar vamos a ir a tres cuestiones fundamentales.

El gobierno kirchnerista asumió el poder tras una gran rebelión popular que hubo en la Argentina en diciembre de 2001, producto de una crisis muy profunda de la economía y de la política argentina. Esta crisis provocó la falta de gobernabilidad por parte de los dirigentes del sistema capitalista. Habían perdido absolutamente toda su credibilidad. De las distintas ofertas electorales, la que mejor entendió la situación para defender los intereses del capitalismo fue el kirchnerismo y eso le permitió no ganar las elecciones, porque no las ganó, pero su contrincante, muy desprestigiado, Carlos Menem, no se presentó en el ballotage y eso le dio la presidencia a Néstor Kirchner.

En los primeros cuatro años pasaron algunas cosas muy particulares. Por un lado logró la gobernabilidad y por otro se reactivó el aparato productivo ya que había una situación internacional favorable en que subieron los precios de los commodities (mercancías). Argentina tuvo una rápida recuperación económica, un crecimiento de alrededor del 10 por ciento anual, lo que consolidó ese gobierno.

Le sucedió su esposa, Cristina Fernández, en el mismo proyecto pero ya la situación internacional empezó a cambiar, y la burguesía argentina, los capitalistas agrarios, la siderurgia que produce para la exportación, los grandes bancos, querían ya un gobierno más afín a sus intereses.

El gobierno de Fernández, desde mi perspectiva, vino a ser como uno que mediatizaba los intereses del gran capital argentino. Este gobierno defendió y garantizó, como nunca en la historia, las grandes ganancias de estos sectores. Nunca ganaron tanto. Pero aun así no era “el gobierno” de la burguesía. No lo querían. Hicieron lo posible por derrotarlo.

En 2008, el paro agropecuario patronal protagonizado por las principales entidades gremiales de un poderoso sector agropecuario concluyó con una severa derrota del gobierno y un resurgimiento de la oposición. El gobierno fue derrotado en la movilización.

Tenemos que poner en la mesa que el kirchnerismo no apeló nunca a la movilización popular sino lo contrario, a la desmovilización.

Entonces, ¿esas cuestiones a las que inicialmente se refería serían?

Primero, tenemos estabilización del capitalismo; segundo, desmovilización popular; y, tercero, garantizar las mayores ganancias del capital en la historia argentina. Nosotros calificamos a ese gobierno como uno del gran capital.

¿Por qué no podemos llamarlo un gobierno popular?

Porque que el gobierno haya otorgado compensaciones a algunos sectores populares no nos permite llamarlo un gobierno popular. Podemos hablar de un gobierno inteligente que supo neutralizar las demandas populares garantizando los intereses del gran capital. Además, mostrando gran fortaleza y habilidad política se pudo recuperar pues volvió a ganar las elecciones con Cristina Fernández a la cabeza con el 54% de los votos haciendo una política “mercadointernista”, que no quiere decir lo mismo que una política de desarrollo de la economía argentina en todos sus aspectos fundamentalmente. Hay que remarcar que lo que nunca quiso hacer la burguesía industrial es forjar un desarrollo económico amplio, integrado, moderno y eficiente, historia que se repitió.

El gobierno kirchnerista depositó su confianza, su fortaleza en esta clase, en la burguesía industrial nacional. La historia de muchos de nuestros países latinoamericanos ha demostrado que la burguesía nacional no es democrática, no es progresista, no es antiimperialista. No tienen esos fines.

El gobierno kirchnerista careció de un sujeto social que le diera la fortaleza para encarar lo que teóricamente debían expresar, que era esto de un capitalismo moderno, eficiente, de naturaleza humana, que nosotros creemos que es una contradicción en sí mismo.

Sobre estas fortalezas y debilidades del kirchnerismo trabajó la derecha sistemáticamente.

¿Se venía venir la derrota del kirchnerismo?

En realidad nadie de nosotros, los guevaristas, ni la gente del gobierno, ni otros sectores, creyó que la derecha iba a poder ganar las elecciones. El candidato de la derecha, Mauricio Macri, es un hombre de limitados recursos intelectuales, muy autoritario (se le nota cuando habla), pero “la confianza mata al hombre” decimos nosotros.

En este caso ocurrió. Hubo un exceso de confianza en que era imposible perder las elecciones, además se hicieron muchas cosas mal. No se sabía hasta el último momento quién era el candidato del kirchnerismo. Finalmente fue elegido candidato un hombre de la derecha, Daniel Scioli, que iba a hacer el mismo programa que de Macri. Lo único que se debatía eran los ritmos de ese programa de neto corte neoliberal, conservador, de transferencia de recursos hacia los grandes capitalistas, mas no los objetivos.

Además, Cristina Fernández apoyó en la Provincia de Buenos Aires a Aníbal Fernández, un candidato que tenía muy mala prensa, tenía mala imagen. Incluso parte del mismo Partido Justicialista no voto por él. Perdió catastróficamente esa provincia.

El kirchnerismo ganó la elección general (octubre de 2015) pero no con el margen necesario pues fue muy estrecha la votación. Esto obligó a ir a un ballotage. Scioli, el candidato del kirchnerismo, se preparó para hablar y hablar sin decir nada, sin embargo se encontró con que tenía que levantar un programa. No estaba preparado. Y el que hablaba sin decir nada fue Macri, el candidato de la derecha. Son algunos de los elementos por los cuales la elección terminó con la sorpresa: por primera vez en la historia argentina la derecha explícita llega al gobierno a través de las elecciones.

¿Qué tan a la izquierda ha avanzado Argentina en estos últimos años?

Lo que hubo fue un importante avance de la derecha, si contamos al kirchnerismo que, aunque expresa un sector más progresista dentro del peronismo, su candidato no era de sus propias raíces, era un candidato de la derecha peronista. Los tres candidatos de derecha sacaron juntos el 93% de los votos. Habría que hacer una compulsa para saber quién era más de derecha de los tres. La otra candidata que sacó el dos por ciento de los votos terminó ahora apoyando a Macri.

La última elección terminó con el 96% de votos de derecha y la izquierda solamente sacó el 3.5%. Justamente el trotskismo sacó el 3.5% de los votos y por ello estaban festejando. Si antes uno sacó el 1% y de repente saca el 3.5% es un avance, pero yo considero ello un avance un poco pírrico frente al enorme avance de la derecha.

En la Argentina, si bien la izquierda tiene pocos votos en las elecciones, tiene un gran activismo social. No hay una proporción. El gran activismo que tiene la izquierda a nivel del movimiento obrero en la base (no tanto en los sindicatos), de los movimientos sociales, de las minorías, no se refleja en las elecciones. Esto ha sido históricamente así y ahora ha avanzado al 3.5% con perspectivas inciertas porque es un sector muy sectario, pero además con muchas concesiones a la ideología burguesa.

El sectarismo no es contradictorio con algunas posiciones ideológicas liberales. Por ejemplo, uno de los principales dirigentes del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT), secretario general del Partido Obrero, se opuso a la reelección de Evo Morales en Bolivia, esto por una posición liberal.

Podemos discutir muchas cuestiones ante la derecha. Si el mejor candidato y el mejor hombre que tenemos nosotros para enfrentar a la derecha es Evo Morales hay que apoyarlo y fortalecer al movimiento popular. Si tuviésemos diez candidatos que pueden jugar el mismo papel podemos dejarlo a discusión pero no es esa la situación.

Dada la serie de derrotas electorales, ¿en este momento se puede hablar del fin de ciclo de gobiernos progresistas en la región?

Algún adelantado lo dijo hace dos años. Nadie lo percibió. Pero yo prefiero hablar de que los pueblos no tienen que bajar la guardia, de que la lucha tiene que estar presente. No hay que dar por cerrado ningún proceso.

En todo caso lo que hay que hacer es revisar por qué ha avanzado la derecha y por qué no pudimos avanzar más nosotros, fortalecer más la organización, fortalecer las cuestiones programáticas y sobre todo fortalecer la movilización popular. El secreto es la movilización popular, y después la organización que de ella se desprende. Todo esto es fundamental para que avancemos y eso hay que seguir apuntalándolo.

Yo no los doy por cerrados sino que, por el contrario, creo que es probable que se abra dentro de unos pocos años ya no un proceso progresista sino uno revolucionario. En eso estamos trabajando nosotros. Por eso estamos acá. Trajimos algunos libros que hemos escrito, esto para difundir entre la militancia popular, entre los trabajadores, en el pueblo, para retomar lo mejor de la lucha revolucionaria de nuestro continente, de las décadas del sesenta, del setenta, del ochenta de algunos países. Esa lucha revolucionaria fue derrotada y después fue derrotado el socialismo a nivel mundial con la caída del Muro de Berlín (1989). Con la desintegración de la Unión Soviética (1991) pasamos a una etapa contrarrevolucionaria a nivel mundial, pero una década después ya comenzaron en distintos países, sobre todo de América Latina –y también en Medio Oriente– una oleada de movimientos progresistas. Dentro de eso creció la posibilidad del resurgimiento de la ideología revolucionaria.

Nosotros, después de la rebelión popular de diciembre de 2001, observamos que ésta dio dos productos: el kirchnerismo, que reconstruyó la gobernabilidad burguesa; y otro producto no percibido por nadie pero sí por nosotros porque somos ese producto, la palabra al revolucionario.

Antes del 2001 era casi imposible que un auditorio de 50, 100 personas escucharan nuestras posiciones. Era como hablar del pasado. Después del 2001 no digo para nada que haya existido un auge de nuestras ideas pero sí por los menos se las podía expresar, se las podía decir. Empezaron a salir libros, películas, recuperación de los principios revolucionarios.

Ahora estamos en una etapa de reconstrucción. Por ejemplo, el guevarismo se está reorganizando en Argentina. Hasta el momento hay tres organizaciones, pequeñitas las tres, pero con un grado de implantación en la sociedad, así como otras diez agrupaciones menores.

El último 28 de octubre por primera vez pudimos hacer un acto conjunto de todos los guevaristas en el Obelisco, símbolo del centro de Buenos Aires. Nos hemos reunido 650 militantes guevaristas sin la injerencia de ningún del sector del nacionalismo. Hay distintas agrupaciones nacionalistas, más o menos vinculadas al peronismo, pero que siempre sostienen una fraseología revolucionaria que entorpecían el desarrollo de una corriente netamente socialista y revolucionaria.

¿Cuál es su percepción sobre el proceso boliviano?

Nosotros obviamente estamos acá porque estamos totalmente consustanciados con el proceso, lo apoyamos. Nos parece una expresión genuina de lo más profundo de la sociedad boliviana, de sectores populares, campesinos, indígenas, de los trabajadores. Y el mismo no está ajeno a lo que venimos analizando, de la embestida imperialista de la derecha. Será tarea de los bolivianos encontrar la respuesta.

Uno aspira a que sea en la dirección que venimos apuntando, otorgando respuestas que fortalezcan a la organización popular y revolucionaria. Pensamos que no alcanza el progresismo. El progresismo tiene un límite. Hay que superarlo con una posición revolucionaria.

Nosotros aspiramos a que Bolivia sea la vanguardia de ese proceso revolucionario. Creemos que Evo Morales es un hombre que tiene siempre presente la imagen del Che Guevara y otros líderes revolucionarios de la historia de América Latina, de la región como Túpac Amaru, Túpac Katari y otros grandes representantes de la lucha popular. Tenemos esperanzas de que lo ocurrido hasta ahora en Bolivia pueda expresarse en un movimiento profundamente revolucionario.

¿Cuáles cree que son las tareas pendientes de los gobiernos progresistas en este momento de crisis?

Nosotros simpatizamos con el gobierno de Evo Morales, con el de Hugo Chávez en Venezuela, pero no mucho más allá. Nunca depositamos grandes esperanzas en los “otros” gobiernos progresistas.

Nosotros creemos más en la organización de bases, por eso nos interesa conocer mucho más los casos de Bolivia y Venezuela. En el caso de Bolivia porque este es un proceso genuinamente de las bases, popular, de la sociedad boliviana; y el de Venezuela porque, si bien es un proceso que surgió de arriba, la mayor virtud de Hugo Chávez llegó a ser la movilización popular, metiendo las ideas socialista y revolucionarias del pueblo en un momento contrarrevolucionario.

En Venezuela, hablar de líderes revolucionarios como Rosa Luxemburgo, como Lenin, como Trotsky, etc., a nosotros nos sorprendía. Por lo menos la juventud puede irse a preguntar quiénes son estos personajes que nombra un presidente y un líder como fue un hombre de la talla de Hugo Chávez.

Estos dos procesos nos parecen procesos con contradicciones que había que reforzar porque, a diferencia del trotskismo, nosotros creemos que lo peor que puede hacer un revolucionario es evadirse de la lucha de clases. La lucha de clases nunca viene en un formato químicamente puro. Entonces hay que comprometerse con la lucha de clases y tratar, dentro de ese proceso de lucha, de fortalecer el polo revolucionario pero jamás aislarse.

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