noviembre 25, 2020

Finding Vivian Maier

por: Fernando Foglino

Después quiero compartir una mujer contigo, le dije, y Valentina levantó la mirada de la hoja con una expresión inmóvil de fotografía, fotografía en color, de esas que se disparan solas y capturan el auténtico momento previo o el inmediatamente posterior a fingir una sonrisa igual a todas. Una sonrisa sin rastro que posibilite ubicarla en el tiempo ni identificar cuál era el sentimiento encerrado tras la jaula blanca de los dientes. Volvió al papel bajando la mirada, donde intentaba disimular los tres pitos que había dibujado en su libreta de viaje y desentonaban claramente con los otros dibujos de montañas y paisajes, así como con la bitácora de Chile con los recuerdos que pensaba repasar alguna vez cuando llegara a vieja. Los tres pitos eran intentos por retratar cómo se veía mi sexo con el pubis crecido, una suerte de viejo narigón al que no se le veían los ojos. Yo, sentado al lado de ella, con el habla enlentecida por la calma del sol que entra por la ventana y se magnifica, leía en el periódico mensual de arte y cultura «La Panera» sobre Vivian Maier, la niñera de Chicago que registró con su cámara la colección más hermosa de fotografías sobre la vida y los personajes que convivieron con su cotidiana tarea, aparentemente insignificante en los inquietos sesenta.

Jamás quiso que nadie viera su mundo interior. Mucho menos un hombre. Jamás lo puso en la mesa sucia junto con el vino y el pavo relleno para que fuera juzgado –da igual que para alabar o destruir– por los críticos desalmados. Pensé en que esta era una historia fascinante y fue por eso que, sin querer interrumpir a Valentina, pero a la vez sin querer olvidarme, le dije con voz lenta y aplomada:

–Después quiero compartir una mujer contigo.

Valentina disimuló el vello púbico primero con un sombrero de paja y le escribió debajo, «el granjero». Con lentes redondos y enrulando un poco el pelo creó «la viejita del Maipú» y el tercer pito terminó a rayas y encapuchado para recordar los disfraces de los indígenas Selknam, aquella sociedad en que las mujeres gobernaban a los hombres y que los genocidas españoles llamaban «sin el gen de dios».

Ya en casa, cerré la libreta donde repasaba el viaje, y habiendo recordado la historia de la niñera fotógrafa, bajé de internet la película Finding Vivian Maier para esperar a Valentina.

Sonó apenas la puerta, con el sonido característico de sus uñas raspando y abrí sin preguntar quién. Era Valentina, claro; traía de la mano a una mujer callada y hermosa que conoció esa tarde en un curso de fotografía y volvió a mirarme como en aquella foto de expresión única, de ojos fijos y brillantes.

Nos sentamos los tres.

Les dije:

– ¿Vemos una película antes?


* Tomado de revista Casa no. 281.

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