diciembre 2, 2020

“Cuba está obligada a ser superior a lo que parece imposible”

por: Fernando Martínez Heredia

Las leyes revolucionarias se convirtieron en costumbres y la gente sabe que tiene un conjunto de servicios que han de satisfacer las necesidades de todos los seres humanos.

Propósitos de la visita de Obama a Cuba

Puede ser conveniente ver esto en dos planos. Hay un plano más inmediato, en el cual el presidente saliente de los Estados Unidos, que termina sus ocho años en la Casa Blanca y que está enfrentado entre otras cosas las elecciones de noviembre, realiza una movida dentro de una política general del grupo al que él pertenece, y decide venir a Cuba. El otro plano de la realidad es el enfrentamiento de Estados Unidos contra Cuba. [1]

En la primera dimensión, hay un escenario que para ellos puede ser de mayor o menor importancia. Es táctico; puede depender de cuestiones personales, de la simpatía del Presidente, e incluso de la forma que se dice que es una persona que sale a caminar por la calle, desenfadada. Es decir, cuestiones que se le pueden atribuir al personaje político en cuestión. Pero, en la otra dimensión, de carácter estratégico, hay cosas demasiado terribles involucradas.

En la primera, viene Obama, se hace preceder de medidas que van saliendo a cuentagotas, y favorecen fundamentalmente a empresarios, a ciudadanos norteamericanos –a los cuales su propio gobierno los ha privado de sus derechos durante medio siglo–, medidas que se concentran en cierto tipo de negocios con Cuba que pudieran ayudar también a la penetración de los EE.UU. y al debilitamiento de Cuba frente a su enemigo secular. Entonces vendrá el Presidente, seguirá para Argentina nada menos que a ver a Macri, que está en la órbita de la política estadounidense.

La segunda cuestión es la que me parece a mi verdaderamente importante para los cubanos. EE.UU. le ha hecho la guerra a Cuba durante más de medio siglo desde que Cuba logró liberarse de los Estados Unidos y del régimen de opresión interna que había en este país. Se libró no sólo de una dictadura, sino de los empresarios, de los dueños de este país que explotaban a los trabajadores. Cuando Cuba logró tal independencia, con su enorme significado, EE.UU. se sintió apremiado a no hacer otra cosa que destruir el proceso nuestro. Ahora, para ser breve, desde hace un año y medio ha cambiado de táctica.

Guiémonos por lo que ellos mismos no dicen. No han tenido ni una palabra para referirse a los niños que murieron por dengue, nada de los crímenes contra ciudadanos de este país, nada del sistema de agresión que pertenece hasta el día de hoy incólume. Lo que han dicho es: “Nos equivocamos, pero vamos a ver si acertamos ahora”. ¿En qué? En destruir la Revolución. Visto desde ese ángulo, es imprescindible relacionar la visita del Presidente Obama con la estrategia de ganar simpatías dentro de Cuba, de neutralizar la oposición a EE.UU., de hacer parecer anticuado a los que se dan cuenta de todo lo que yo acabo de decir, de favorecer un modo en el cual se busca ir desmontando progresivamente la capacidad combativa del pueblo de Cuba para defender sus conquistas, su soberanía nacional, su justicia social. Es en ese sentido que siento que hay dos Obama. No quiero meterme en los terrenos de los religiosos, pero hay dos cosas aquí involucradas. Y si uno pierde de vista este segundo plano, lo pierde de vista todo.

Segunda visita de un presidente de EE.UU.

Realmente las personalidades desempeñan un papel importantísimo. Ha sido un error de los analistas no tener esto en cuenta. Por ejemplo, Teddy Roosevelt, hombre simpatiquísimo, amigo del medio ambiente –de lo que hoy todo el mundo quiere ser amigo–, protector de los bosques de los Estados Unidos, fue el primero que creó una ley que hizo posible la protección de 52 millones de hectáreas en su país, para que no desaparecieran; amigo de ciertas reformas para proteger a los obreros. Ese es Theodore Roosevelt.

Lo que pasa que Theodore Roosevelt es la misma persona que vino a Cuba como Coronel de los Voluntarios a una guerrita para invadir y quedarse con Cuba en 1898. Como le decía angustiadísimo José Martí a su amigo Gonzalo de Quesada, una década antes:

“Sobre nuestra tierra, Gonzalo, hay otro plan más tenebroso que lo que hasta ahora conocemos y es el inicuo de forzar a la Isla, de precipitarla, a la guerra, para tener pretexto de intervenir en ella, y con el crédito de mediador y de garantizador, quedarse con ella. Cosa más cobarde no hay en los anales de los pueblos libres: ni maldad más fría.”

Roosevelt vino, escribió un libro interesante y dijo que los cubanos eran flojos. En la segunda edición lo quitó, porque alguien le dijo: “Mire, vamos a quitar eso, Teddy”. Y él lo quitó, pero en abril de 1903, en un diferendo de Estados Unidos con Venezuela, dijo: “La mejor manera de resolver los problemas internacionales es con un garrote; hable bajito y traiga usted un gran garrote”. De ahí sale la idea del Big Stick. Fue él, a propósito de Venezuela. Hace 113 años.

Ahora tenemos a un profesor bastante joven todavía, Presidente de la República que se comporta de otra manera con Cuba, pero saca un gran garrote contra Venezuela. Lo hace en el 2015, y un año después, vuelve a sacar el gran garrote contra Venezuela. Provoca que el viernes anterior el gobierno cubano haya hecho una declaración fortísima y que el sábado el Vicepresidente cubano, en Caracas, haya dicho exactamente lo mismo. Es decir, el Presidente de la República, que es inteligente, que es profesor, vuelve a usar el gran garrote como aquel amigo de los bosques. La soberbia es el denominador común. Estamos en el plano de las personalidades, pero lo decisivo son las grandes tendencias históricas, donde el denominador común es el carácter imperialista de los EE.UU. Ese carácter imperialista común puede presentar a uno soberbio, pero moderno, y al otro, soberbio, pero anticuado.

Apuesta por el anexionismo

Durante el tercer tercio del siglo XIX se sacrificaron los cubanos en masa. Fraguaron lo más difícil del mundo, la identidad nacional cubana –a veces se habla de ella con ligereza, como si de pronto se la hubiera encontrado alguien en un amanecer–. Ni siquiera se creó en el amanecer del 10 de octubre [inicio de las guerras de independencia – 1868], porque los primeros rebeldes cubanos decían “al español hagámosle la guerra el cubano y el negro”. Eran dos cosas, un cubano no era un negro; un negro no era un cubano.

Entonces, en una epopeya maravillosa los cubanos hicieron su propio país, su propia identidad, y trataron de hacer su propia política, de ahí estas cosas que a veces confunden a algunos extranjeros, nuestro amor por José Martí.

José Martí estuvo a la altura de una política. Era un genio, pero él era un genio cubano que vivió en EE.UU. Es decir, tuvo la posibilidad de superar el ideal de la república latinoamericana liberadas del colonialismo europeo, y a la vez plantearse la independencia de los EE.UU. Martí no encuentra contemporáneo hasta que no aparece Ho Chi Minh, Mao Tse Tung, Fidel Castro, el Che Guevara… Esos son sus contemporáneos. Fíjate qué adelantado es, y eso es una cultura acumulada tremenda que tiene Cuba.

Ahora bien la cultura norteamericana ha sido no sólo atractiva, sino de un peso inmenso. Cuando triunfó la Revolución en 1959, la literatura nuestra estaba encontrando formas de renovación inspirada por las letras norteamericanas aún cuando se expresara en una elite, porque una gran parte del pueblo cubano ni siquiera sabía leer. En la música popular, hay una enorme influencia norteamericana, como también influye Cuba en la música de EE.UU. Yo recuerdo a un viejo poeta guantanamero, Regino Boti, que decía que el Babul afrocubano es el ancestro del Jazz Band.

No nos conformemos con cosas superficiales y hasta tontas a veces. Antes hablamos de un asunto superficial, como llamarle anexionista a todos los que quisieran, por ejemplo, el retorno del capitalismo en Cuba. El retorno al capitalismo en Cuba no es anexionismo, se puede ser nacionalista y burgués, se puede ser nacionalista y gustarle la carne de puerco, el arroz con frijoles negros y todo lo demás a una persona.

Batalla de símbolos

Un nacionalismo de derecha incluso tiene una acumulación cultural a la cual referirse. Si el día de mañana tuviéramos problemas graves entre nosotros, algunos de los que se sienten nacionalistas de esta manera probablemente terminarán frustrados y dirán: “Y yo que quería que Cuba tuviera una buena democracia, que con el pluripartidismo salieran los mejores siempre y la administración fuera una maravilla y miren las desgracias que nos han caído por lo que yo me creí.”

¿Qué tienen que hacer los pueblos cuando tienen experiencia histórica? No volverse a equivocar. Cuando yo era niño la democracia burguesa en Cuba regía muy bien y mejor que en muchísimos países, y además se trataba de que el presupuesto nacional fuera aprobado por el Congreso. El Presidente de la República tenía un Primer Ministro, se transmitían por radio los debates, la televisión nueva también se metió en la política.

Allí la libertad de expresión era bastante alta y ¿por qué?, porque era funcional a la dominación capitalista en Cuba. Que todo el mundo pudiera opinar lo que quisiera, pero que las cosas continuaran en lo esencial sin cambios; por eso todos los partidos políticos cubanos en un momento dado estuvieron a favor de la Reforma Agraria, pero sólo el triunfo militar-político de los revolucionarios pudo hacer la Reforma Agraria. Esa es una experiencia histórica.

Recuerdo a Frei Betto, que es tan sagaz y hace un par de meses dijo en Cuba: “los americanos saben que no pueden anexionarse a Cuba, ellos lo saben muy bien, pero pueden tener la aspiración de una anexión simbólica de Cuba”. Es decir, pueden tener la aspiración de que por la guerra de los símbolos los cubanos se confundan suficientemente o se dividan suficientemente, para que se equivoquen con sus propios símbolos. Por ejemplo, que uno tenga la bandera norteamericana en la ropa, en un automóvil, y diga: “no, si eso no tiene importancia, pero si es de lo más bonita, pero si venden muchísimas”. También podrían poner la bandera irlandesa o austriaca, y no es así. De modo que no es casualidad, sino un proceso. Cito a Betto porque en estas cosas a veces las frases felices son importantes.

La anexión simbólica no significa que a uno le vaya a parecer mejor la bandera, sino que uno pueda pensar que, porque Obama viene a Cuba, la situación material de una parte grande de los cubanos va a mejorar. Esa es una creencia que pudiera existir. Supone una tremendísima confusión, pero pudiera existir. Cuando hablamos de anexión simbólica estamos pensando de la creencia de que son los grandes poderes que existen en el mundo los que le pueden resolver los problemas a Cuba. Por eso hablé no sólo del dominio neocolonial norteamericano, sino del dominio de la burguesía de Cuba, que mantuvo a casi la mitad de los cubanos sin saber leer y escribir –100 mil cubanos en La Habana no sabían ni leer ni escribir cuando triunfó la Revolución–, que mantuvo a la gente sin atención médica, donde morirse de diarrea de niño era lo más normal y tener tuberculosis de adulto era de lo más normal. Entonces, pensar que hoy, en el siglo XXI, uno puede resolver todo si los Estados Unidos nos ayudan a resolverlo es anexionarse simbólicamente, y es peligrosísimo porque es volverse ciego, es perder la visión del presente y del futuro.

Distorsión de la realidad

Se está generando un proceso de idiotización de masa, que es intencionado, por el cual se trata de reducir la capacidad de inferir, la capacidad de pensar, la capacidad de sostener la tensión, la capacidad de reflexionar, y bueno, ya no pertenece a la ciencia ficción.

Cuando las sociedades de dominación eran más primitivas, uno de los castigos era cortar la lengua a los rebeldes, ahora no, ahora se trata de que enmudezcamos todos. Pero que enmudezcamos voluntariamente. Los jóvenes de Juventud Rebelde hicieron su blog y me pidieron un artículo, que titulé: “No seamos siervos de ellas, trabajemos con ellas”. Es decir, comprendamos que muchas de las formas que parecen más modernas de comunicación son formas más modernas de dominación y lo hacen además de una manera que puede ser muy eficaz, pero no partamos sólo de comprender eso, partamos de que también son una posibilidad de ampliar las capacidades de liberación de las personas.

Cuando yo era un jovencito nos planteamos la liberación de Cuba como el acto de acabar con el poder de Estados Unidos sobre Cuba, hacer una reforma agraria, acabar con el poder de los ricos, y a Fidel se le ocurrió que había que hacer una Federación de Mujeres Cubanas. Mucha gente dijo: “¿para qué, si ya nos liberamos?” Y él respondió: “No, no, vamos a seguir liberándolas. Hace falta que la mitad de la gente se liberen más todavía.” Nadie se conforma con poquitos de liberación. Tenemos que bregar, por tanto, contra el proceso formidable de despolitización general, despolitización que quiere decir pérdida total de intereses en lo político, confundiendo lo político con una política pequeña, con una política que podría ser incluso despreciable. Nosotros los cubanos, tan necesitados de este momento, tenemos que tomar la política y engrandecerla. No permitamos que sea pequeña.

Desafíos

Cuba está obligada a ser superior a la reproducción de la vida material; Cuba está obligada a ser superior a lo que parece imposible; Cuba está obligada a ir mucho más allá; Cuba tiene que recordar a José Martí. Cuando él empezó su lucha, le dijo a un amigo: “los locos somos cuerdos”, y después, cuando empezó a organizar su Partido, escribió: “el único hombre práctico es aquel cuyo sueño de hoy será la ley de mañana”.

Cuando yo era un niño la Ley de Reforma Agraria era un sueño y todavía era un joven cuando se promulgó la ley. Después se convirtió en una costumbre. Lo que tiene Cuba de valioso es que leyes revolucionarias se convirtieron en costumbres. O sea, la gente dice esto es lo que me toca, sabe que tiene un conjunto de servicios que han de satisfacer las necesidades de todos los seres humanos. Por eso son gratuitos y no porque nos hayamos equivocado en algo, sino porque son derechos de los seres humanos y tienen que seguir siéndolos.

Nuevas pruebas pueden ser más difíciles, pero hay que enfrentarlas por lo menos con la misma capacidad que hemos tenido hasta ahora, y si nos piden más, tener más capacidad todavía. En ese sentido, la anexión simbólica no puede ser combatida, por ejemplo, con decretos. A mí me encanta que a nadie se le haya ocurrido prohibir el uso público de la bandera norteamericana y yo no confundo lo que es la debilidad con la sagacidad. Prohibirlo sería una estupidez muy grande. Alguna vez yo escribí que el que prohíbe demasiado le llama socialismo al pedacito de poder personal que tiene. Nosotros no podemos caer en eso. Tenemos que lograr una conducción que se apoye en la autoridad legítima que tiene Raúl, en la autoridad legítima que tiene Fidel, pero hacer nosotros que esa conducción sea capaz de socializarse y demostrar la fuerza que tiene un pueblo para enfrentar algo como esto.


* Sociólogo, investigador titular de la Academia de Ciencias de Cuba, director general del Instituto de Investigación Cultural Juan Marinello, Premio Nacional de Ciencias Sociales en 2006.

1 Fragmentos de la entrevista realizada por la periodista Rosa Miriam Elizalde, publicada en portal de Cubadebate el jueves 17 de marzo.

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