enero 15, 2022

Bolivia y la lucha identitaria

por: Boris Ríos Brito 

Vivimos la oportunidad de abrir el sendero socialista pues el conservadurismo, el racismo y el trauma racial son aún parte integral de las oligarquías criollas.

El terror al “otro”

Ese abril del ‘52, el de la insurrección armada de obreros y campesinos que terminó subsumida al Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y a su líder el “mono” Víctor Paz Estenssoro, marcó un hito, se estaba logrando la inclusión de las grandes mayorías del país, los campesinos y los indígenas podrían desde entonces considerarse como “ciudadanos”. Este suceso abrió el periodo del llamado “nacionalismo revolucionario” que impulsó varias medidas, algunas impuestas por el movimiento campesino que, dicho sea de paso, hizo posible –armas en mano– el triunfo de ese abril. Ese nacionalismo buscaba construir “el hombre nacional”, el bolivianismo, lo que en la práctica representaba la homogenización cultural y política bajo la imagen de la “modernidad” occidental y la negación del “otro” indio; otra vez lo indígena era negado, pero ahora con su inclusión.

El problema del indio fue y es la cuestión de la abigarrada sociedad boliviana y este último periodo tomó evidente relevancia bajo las banderas de las reivindicaciones identitarias de campesinos e indígenas que promovían una alternativa al modelo neoliberal y al sistema capitalista. Y es por esto mismo que mucho de la tensión en los conflictos entre las organizaciones y movimientos sociales campesinos e indígenas que supieron entretejer un bloque social revolucionario con los sectores reaccionarios, las oligarquías locales y la derecha partidaria, fueron teñidos por una fuerte carga racistas que por lo general cobró la vida de indígenas y campesinos.

El miedo a la indiada, la memoria del cerco de Tupac Katari de 1781, de Zárate Willka en la llamada “guerra federal” de 1898, parecen estar interiorizados en la mentalidad blancoide de los sectores contra revolucionarios, pero además, frente a la reivindicación identitaria contraponen la necesidad del nacionalismo y la modernidad. Algo así ha empezado a circular después de que el “No” ganara en el último referéndum del 21 de febrero entre algunos círculos derechistas y otros espacios políticos.

La rebelión contra lo moderno

De los indios, de quienes la Iglesia Católica debatía su naturaleza, su inferioridad, su falta de alma y por tanto de su incapacidad de ser considerados humanos iguales a los conquistadores españoles, es la historia de los vencidos, pero también de la resistencia, de la supervivencia. El indio no fue exterminado porque le fue útil al español, pero también porque como habitante de estas tierras era la mayoría. El indio supo andar y a su paso temblaron los españoles, los Katari los atemorizaban. Es por eso mismo que el indio fue imprescindible en la lucha independentista de Bolivia y es por eso mismo también que fue marginado de la Constitución de la República, negado e invisible al indio le tocaba un largo trecho de luchas.

La República de Bolivia se fundó en 1825 bajo el signo del racismo porque el indio seguía siendo el mayor habitante de estas tierras y aunque fue uno de los principales actores por la liberación de la corona española, fue desplazado por los criollos y los mestizos que lo siguieron subyugando y le indilgaron la pictórica figura de “pongo” hasta la insurrección de abril de 1952. Pero ni con la ciudadanía el indio, ahora convertido en “campesino”, fue incluido como un igual, sino como una especie de infante al que hay que guiar con la educación (la reforma educativa de 1955) y que había que calmar bajo su principal demanda de tierras (reforma agraria de 1953), pero también al que había que disciplinar, por lo que pese a su gran potencia, como mayoría del país, no asumió un rol político propio y se subordinó al mentado “nacionalismo” que buscaba construir un “hombre nacional” con mirada a occidente. El nacionalismo representa el intento por ejercer el etnocidio, resultando en un artilugio chauvinista y capitalista que reclama la modernidad.

Tras la debacle del MNR, en un estertor del nacionalismo militar, el gorila Barrientos en 1967 sancionó una nueva Constitución bajo el maniqueo “pacto militar-campesino” del cual los indígenas y campesinos no pudieron escapar hasta los 1974 cuando una masacre les mostró el rol de la derecha, del fascismo, de los militares y al final de cuentas del capital.

No va ser hasta la histórica marcha “por el territorio y la dignidad” de 1990 que, pero esta vez desde las tierras bajas, el andar de los indígenas estremecería a los Olimpos gobernantes, pero sólo sería la señal del principio de un proceso de acumulación de fuerzas de la indiada, de los originarios de la llamada Bolivia, que en 1992 en conmemoración a la invasión europea se realizaría la campaña “500 años de resistencia” y que tomaría conciencia de la necesidad del respeto a su cultura, sus tradiciones, su color de piel, su identidad pues. No se trataba de un tema de raza, como reclaman hoy sus detractores, sino de identidad.

En la escena política, por varios factores, la presencia del indio se hacía cada vez más importante, cada vez más innegable. Ya para el 2000, en la guerra del agua, su papel, su rol eran impresionantes y para el 2005, bajo la forma del Instrumento Político, la indiada tenía bien ganado su rol de sujeto de la política e incluso de vanguardia de la lucha popular.

Ya en el mentado Proceso de Cambio todos los conflictos sociales estaban teñidos de esa rancia herencia racista, Bolivia demostró desde 2006 hasta hoy en día que sigue siendo racista, pero en ese imaginario blancoide que niega sus raíces, donde el trauma de no reconocerse pervive, no son los herederos blancos los más hostiles contra el indio, sino los indios que quieren blanquear su piel y por eso, la lucha identitaria aún es una bandera legítima.

Emancipación del hombre y la naturaleza

El temor al proyecto indígena campesino es –rescatando al viejo Marx– porque su sendero puede esquivar las horcas caudinas del capitalismo, es pues una alternativa al capital y su mundo que reduce todo a una mercancía. El proyecto comunitario aún es válido porque expresa una forma de ver al mundo, de entender al ser humano en la naturaleza, diferente al proyecto capitalista que ahora es abanderado por el discurso del modernismo y del nacionalismo.

Es justamente esta la fortaleza de la lucha identitaria en este territorio y que no estaba en el exigir reconocimiento, en mayores derechos y participación política, sino en que su reconocerse y aceptarse, superando el trauma racista, permitía una alternativa de paradigma, una alternativa al capitalismo, y era posible en cuanto lo comunitario se reproducía.

Empero, contrariamente a lo deseado, ha sido el propio Proceso de Cambio el que ha encontrado las vías necesarias, mejorando en gran medida las condiciones de vida sin articular un horizonte contrario al capitalismo, para que, como efecto de la contradicción de llevar el Estado y el capitalismo a las comunidades, terminará por debilitar y desintegrar las propias comunidades. Sin la fuerza de lo comunitario no sólo en lo discursivo, sino en la práctica, en los mecanismos de acción de la comunidad, es decir, en los momentos en los que se afianza su autoaceptación, el movimiento indígena, campesino y originario ha empezado a debilitarse.

Pese a todo, la vigencia de la lucha identitaria, bajo el horizonte comunitario, está presente, resulta viable y necesaria contra la modernidad capitalista y el nacionalismo que se afianza en la derecha y algunos otros sectores; vivimos tal vez la oportunidad en décadas (pasadas y futuras) de abrir el sendero socialista pues el conservadurismo, el racismo y el trauma racial son aún parte de las oligarquías locales.


* Sociólogo y militante guevarista.

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