enero 13, 2022

Los libros desairados

por: Carlos Germán Belli

No, no es un rimero cualquiera,

sino una gran torre de libros

cuya cima los cielos toca,

y la base aquí al lado de uno,

justamente de modo estrecho,

siendo mañana, tarde, noche

un solo todo palpitante

con aquel que los congregó

como un bibliómano empeñoso

e indeclinable pese al tiempo. 

Pero la insólita verdad

es que son vistos de reojo

por quien paradójicamente

ama los libros con pasión,

aunque no intenta devorarlos

o por la nociva pereza

o porque es tal el mar de páginas

que prácticamente lo ahoga,

hasta mudarlo en pececillo

difunto en la arenosa orilla.

Y tales seres desairados

urden su venganza en silencio

y en consecuencias cada libro

que con supremo afán escribe

el dueño de esta biblioteca

ni una hoja siquiera es leída

como una justiciera acción,

pues no leer a otro lo paga

con los frutos de sus entrañas;

que en menos también son tenidos.

Allá, allá recónditamente

las mil páginas del bibliómano,

donde en cuerpo y alma él se vuelca,

y no obstante el sincero ímpetu

ni una mínima línea palpa

la microscópica polilla,

no por mantenerlas incólumes,

mas sí como un descortés gesto

conforme al designio del hado

respecto a los sensibles libros.

Y codo con codo están juntos

en cada estante terrenal,

como las tumbas alineadas

en un cementerio infinito,

y helos los unos y los otros

en verdad qué apesadumbrados

bajo el olvido irremediable

del ayer, el hoy y el mañana,

que están menospreciablemente

como unas inservibles cosas.


* Tomado de revista Casa no. 247.

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