enero 10, 2022

Pensar la cultura desde nuestros pueblos

por: Liliet Disotuar Caballero 

Las prácticas sociales y culturales importadas fueron legitimadas sobre los pilares de la opresión, la sangre y el genocidio impune.

Acerca de la alta cultura y la cultura popular

La cultura, entendida como proceso donde se forjan y reproducen prácticas vinculadas al desarrollo de los individuos, se encuentra estrechamente relacionada con el factor social, al que tributa constantemente y del que toma los aspectos más relevantes para transformarles y devolverlos convertidos en obras materiales e inmateriales que ponen de manifiesto la creatividad e ingenio humano.

No constituye privilegio de unos pocos y encierra en sí misma tesoros de invaluable trascendencia, que incorporan e imbrican tanto a las apartadas comunidades del orbe, como a los centros de poder más gigantescos del mundo occidental.

Su creación no posee un carácter fortuito, mágico o inesperado, más bien es el resultado de un continuo bregar en que durante años, e incluso siglos, se ha sedimentado, como núcleo de sabiduría y conocimiento de generaciones enteras. Es concebida como un fenómeno, que se sustenta sobre todas las aristas de la vida y a su vez se proyecta en cada área de la existencia. Las ciencias, la tecnología y las matemáticas, por sólo mencionar algunos ejemplos, forman parte de este amplio espectro, ya que aportan saberes novedosos al conocimiento humano.

Tradicionalmente se ha establecido un nexo estrecho entre la cultura y las manifestaciones artísticas, como única relación posible, en detrimento de otras evidencias concretas de legados culturales. Esta jerarquización, así como la supuesta barrera existente entre la alta cultura y la cultura popular, responde a intereses que buscan precisamente establecer rígidas fronteras que viabilicen la dominación de aquellos “afortunados” miembros de las élites, sobre una gran masa de personas, que al no poseer oportunidades, educación, recursos materiales o por erradas políticas sociales, son menospreciados, invisivilizados, sin tener en cuenta el papel protagónico de cada individuo en la construcción de la cultura desde una óptica inclusiva, participativa y que cuente con los actores sociales como parte de una búsqueda constante, que le permita su redefinición.

La cultura no puede ser considerada como un proceso terminado, en lo absoluto, su configuración es siempre incompleta y demanda el aporte de múltiples experiencias. Tomando elementos y rechazando otros. Productiva interacción que propicie el nacimiento de aquellos verdaderamente valedero. Toma y da, como eje de transformación, en el que sus integrantes son portadores de valores y por ende, tienen algo que transmitir.

¿Civilización?

La colonización trajo consigo no solamente la apropiación arbitraria de la tierra por parte de los más fuertes en cuanto a armamentos, ambiciones y ansias de poder. Sentó las bases de la dominación en los pueblos, al punto de hacernos avergonzar de nuestro origen mestizo.

Las prácticas sociales y culturales importadas fueron legitimadas sobre los pilares de la opresión, la sangre y el genocidio impune. Lo diferente fue sinónimo de lo negativo, lo satánico y lo condenable.

En una tierra mixta por su geografía, flora, fauna, gente, costumbres, idiomas y creencias, se impuso el grillete del más poderoso y ese ente maligno, logró penetrar conciencias, adormecer los espíritus por siglos en los que la ceguera colectiva existente nos hizo desviar la mirada de lo realmente importante; donde la estupidez, la mediocridad, el vacío mental y espiritual, fueron requisitos obligatorios para considerar al resto como personas civilizadas.

En tal sentido cabe preguntarse entonces: ¿Qué entienden ellos por civilización? Los que pretendieron y aún se proponen borrar de la memoria histórica de nuestra gente el ancestral patrimonio, que por universal derecho nos pertenece, y así patentar la llamada banalización de la cultura, fenómeno que desde hace años corroe los cimientos de la sociedades en Latinoamérica y el mundo.

Persiste la visión de un futuro en que los hijos desprecien a sus padres y abuelos. ¿Por qué ha de ser así? ¿Acaso es la ley que rige las urbes modernas, o es el capricho de quienes se han empecinado en eliminar de la faz de la tierra palabras como la solidaridad, la hermandad y el compromiso?

Dichas políticas embrutecedoras pretenden arrancar de raíz nuestra historia y vendernos una que se ajuste a sus intereses de perpetuar la esclavitud del intelecto. Han logrado influenciar y determinar en numerosos casos los gustos, lecturas y hábitos, para dejarnos huérfanos. Es en este punto donde sólo la cultura podrá salvarnos, como han vaticinado grandes pensadores del continente, convertida en indiscutible arma de lucha.

No se trata de emprender una contienda bélica contra todo lo novedoso o lo proveniente de lejana latitudes, sino de hurgar en el pasado, en busca de una reflexión profunda que permita llegar espontáneamente a una toma de conciencia responsable, critica, activa y constructiva. Los errores no tienen porqué ser pesadas cadenas destinadas a pender de nuestro cuerpo eternamente. Han de convertirse en fuente de un aprendizaje que nos convide a seguir fraguando sueños y creando realidades, replantearnos el presente a parir de inquietudes concretas. Despojarnos del fatalismo es indispensable, redescubrirnos una vez más, vuelve a ser tarea impostergable.

Educación y cultura, el desafío

Nuestra cultura tiene un rol decisivo en la organización de la nueva sociedad. Proyecto que se viene gestando en estas tierras como algo más que un anhelo inalcanzable, según escépticos, pero ya palpable y con resultados ostensibles en muchas naciones que han decidido pensar para el pueblo y no por el pueblo.

Las ataduras mentales se quebrarán poco a poco, sin marcha atrás, para dar paso a un tiempo de luces, que permita el empoderamiento de todos como los únicos dueños de nuestros pasos.

Para alcanzar tan altas quimeras, es necesario concretar un maridaje perfecto entre educación y cultura. La primera, como herramienta esencial que redimensione el enfoque tradicional de la enseñanza-aprendizaje, e inicie una nueva variante en la concepción del proceso pedagógico, donde la clase se convierta en el espacio ideal para el análisis, la comprensión y el intercambio productivo, donde las diferencias alumno/profesor desaparezcan y ambos se vean en igualdad de condiciones a la hora de confrontar criterios. Una educación liberadora, que parta del estudio de la cultura y ensanche las fronteras del pensamiento. Formadora de hombres y mujeres plenos, ansiosos de ir más allá de los límites y que se nutra tanto de la experiencia probada y científica, como del saber popular aceptado a través de los años, y que ha de ser transmitido como germen de rebeldía y resistencia, capaz de contrarrestar la indiferencia y el individualismo.

La profunda crisis de valores en que el mundo contemporáneo vive, la ausencia de paradigmas que se ha querido exportar, en la mayoría de las oportunidades exitosamente, responde a una macabra estrategia dirigida a sembrar la desesperanza y la resignación en los cerebros, para atar las manos que en un futuro puedan convertirse en puños listos para luchar. El embrutecimiento, el consumo desenfrenado, la apatía del pensamiento, conducen al suicidio colectivo, o lo que resulta similar, al aniquilamiento paulatino de nuestra especie.

Medios de comunicación de masas

Al respecto es importante destacar el papel que juegan los medios de comunicación, pues han venido a consagrarse como elementos decisivos al analizar la cultura y sus formas de apropiación. Ya sea mediante la radio o la televisión (por sólo mencionar dos ejemplos), los mensajes llegan al público, invaden su privacidad y logran persuadirlos, manipularlos de forma imperceptible. Su aparente simplicidad y la facilidad para acceder a estos, enmascara fines no tan ingenuos y es incuestionable por demás la capacidad que tienen para sumar audiencias que los privilegien, transformándose en letales venenos, preparados para desvirtuar, agredir y subyugar a un auditorio desprovisto de los recursos necesarios para enfrentar esta desigual embestida desde una postura crítica. Es sabido que en los medios como tal no radica el problema, sino en los propietarios. Señores feudales de las cadenas multinacionales que diariamente esclavizan, enajenan conciencias y hacen del hombre un ser pasivo y dependiente.

Este nuevo poder, como ha sido reconocido por muchos, tiene en la actualidad una fuerza y alcance que no debe ser menospreciado. Contribuyen a crear estados de opinión, tanto para bien, como para mal. No pensemos entonces un futuro infectado de autómatas que crean fielmente lo que les dicen. Es necesario preguntar, cuestionar, replantearse los acontecimientos, no exentos de contradicciones, pero buscando, siempre buscando, enfocados en hallar nuestra propia verdad, a pesar de todo.

A defender nuestra identidad

Es cuestión de pelear para vencer. Consolidar una cultura de resistencia que cruce los muros, golpee las puertas de los barrios anónimos; que vaya de boca en boca y se inscriba en los graffitis de las paredes, llamando las cosas por su nombre, denunciando, gritando, haciendo suyo el sentir de la gran mayoría silenciada. Hay que pensar la cultura desde dentro, como alternativa en defensa de nuestra identidad y donde la libertad de expresión se convierta en algo más que un lema o una fría consigna. Es hora de comenzar a trabajar desde los cimientos, poniendo al alcance del pueblo los elementos indispensables que le permitan andar solos y pensar por sí mismos. La discusión como fuente de desarrollo para encontrar soluciones, el diálogo como método propicio en la comprensión de los diferentes puntos de vista.

Ambos términos se conjugan en una estrategia emancipatoria contra la hegemonía cultural, que ha signado históricamente la vida del continente americano. Una visión de cambio es más que necesaria.

Las sociedades ficticias, las vidas de telenovelas son superables y superadas por la realidad, el día a día, a veces cruda, brutal, pero ajena a la belleza o la poesía. Ahí radica el éxito de esta misión, debemos encontrar lo genuino y situarlo en el lugar que le corresponde. Por tal motivo, urge fomentar la creación de una nueva perspectiva, capaz de reorientar la mirada hacia otros paradigmas. Hay que desempolvar anécdotas y mostrar la verdad, la actualidad de nuestros países.

Cada nación en específico edificará su propia estrategia política, social y cultural. Atendiendo a sus características y particularidades es posible alcanzar un consenso de carácter representativo y en el que cada voz sea escuchada. Para atender a los otros no basta con conocer su lengua, es necesario penetrar hasta lo más hondo en la cultura que poseen, en tanto individuos, comunidad o sector de la sociedad. Si examinamos estas manifestaciones, aunque por momentos suela parecer una labor estéril, gradualmente nuestro criterio inicial se transformará, al percatarnos de que no existen pueblos ni culturas aventajadas o rezagadas. Cada grupo se encuentra en estadios de desarrollo muy diferentes, por lo que sería imposible, además de absurdo, tratar de comparar e incluso copiar el molde de las industrializadas y cosmopolitas ciudades, donde la cultura es entendida como mercancía y como tal es negociada, hasta perder incluso su propia esencia.

La realidad de América Latina es otra, aunque no está divorciada de estos conflictos y desafíos. Nacida al calor de la huella ancestral, incorporó la rebeldía como parte inseparable de su ser, donde la memoria histórica es sagrada presencia, expresada en el orgullo colectivo de sus portadores. Ha sabido perpetuarse, por momentos en las sombras, pero manteniéndose viva y ha encontrado en la oralidad la forma idónea para escapar de los poderosos asesinos, e incluso del olvido popular. Se resiste a mantenerse al margen, en un tiempo de constantes revoluciones, invitándonos a volver incesantemente sobre la historia que nos devela los valores que transmite y la sabiduría con que contagia a todo aquel decidido a beber de sus caudalosos manantiales.

Las generaciones venideras tienen ante sí un reto colosal, mantener latente esta herencia, pero el desafío corresponde a los que hoy transitamos por las calles. Llamados a tomar partido activamente, sembrando las semillas que germinarán en un futuro cada vez más cercano. Es necesario fundar, proyectar y crear como una opción para la liberación popular.

El surgimiento de espacios donde el imaginario autóctono y las manifestaciones contemporáneas de la cultura puedan confluir, de manera armónica, nunca será en vano. Siempre hay algo más que contar, una realidad distinta por descubrir y mostrar, como ejemplo de la unidad y diversidad que nos caracteriza, haciéndonos únicos, en el amplio mosaico de la identidad latinoamericana.


* Instructora de arte.

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