diciembre 5, 2021

Los límites de la tendencia anti-sistémica en EE.UU.

La disputa electoral en EE.UU. ya tiene a sus contendores definidos. Trump por los republicanos y Clinton por los demócratas. Las elecciones del próximo noviembre seguramente serán muy reñidas, aunque la balanza parece inclinarse actualmente por la ex secretaria de Estado de la administración de Obama, dado que se encuentra como la candidata con el mayor financiamiento para su campaña, ya desde hace meses.

Decir que la elección de uno u otro es irrelevante para América Latina es una simplificación de las cosas, sobre todo luego de la onda anti-sistémica que se amplió durante estas primarias, con dos candidatos que expresaron la disconformidad del pueblo estadounidense con su actual clase política. No obstante, la salida de Sanders de esta carrera indica que los elementos más progresistas de este cuestionamiento al status quo tardarán más en rendir frutos.

Aunque la forma de gobierno de los EE.UU. es presidencialista, hay un límite institucional que ningún mandatario de aquel país ha podido superar durante las últimas décadas. Existe un establishment consolidado a través del tiempo, donde los intereses de corporaciones y privilegiados se sobreponen a los de la ciudadanía en general. Ese establishment reside justamente en su poder legislativo, tanto en su cámara de senadores como de representantes.

Existe, en otras palabras, un sistema de pesos y contrapesos que hacen difícil que un mandatario pueda emprender reformas demasiado radicales tanto en política interna como externa de forma unilateral. Para bien o para mal, EE.UU. seguirá siendo EE.UU. durante las próximas décadas.

En la misma línea que C. Wright Mills con The Power Elite o Juan Bosch con el Pentagonismo, no es secreto para nadie que existe en EE.UU. un poderoso lobby que aboga por la actual política guerrerista que no pudo detener ni siquiera el presidente nobel de la paz en casi ocho años de gestión. Y esto se da no sólo por los intereses imperialistas de los EE.UU. sino también por los intereses inmediatos de una industria armamentística que se enriquece con cada guerra.

Clinton, además, es una partidaria de esta línea intervencionista, como lo demostró durante los golpes de Estado en Honduras y Paraguay en 2009 y 2012. Pero salir de esta dinámica le resultaría dificultoso incluso al discurso anti guerrerista de Trump. Esto sin mencionar la fuerte corriente armamentista que distingue a los republicanos de los demócratas.

Lo mismo en cuanto a la promoción de acuerdos de libre comercio. Los TLC a los que Trump se opone por exportar empleos fuera de los EE.UU. son parte de una estrategia actual de suma importancia para las grandes corporaciones estadounidenses que necesitan asegurarse que la ampliación China en el mundo sea contenida de alguna forma.

Por esto, afirmamos que las tendencias anti-sistémicas en los EE.UU. que llamaron tanto la atención del mundo en los últimos meses comienzan a demostrar que tienen límites. Algo de lo que una Latinoamérica en retroceso como la actual debe tomar en cuenta.

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