enero 11, 2022

Hoja de coca: entre los discursos indigenistas y las prácticas coloniales

por: Estefany Murillo

La descolonización es un término y una categoría que se puso en boga en el país en los últimos 10 años. Tanto el partido oficialista, como los partidos opositores lo usan cotidianamente en los discursos políticos, y es muchas veces expresado en leyes y políticas públicas.

El indigenismo, por otro lado, “es la forma en que se expresan los prejuicios, taras y temores de los conquistadores respecto a los conquistados” [1]. Este indigenismo, tiene una enérgica predominancia en países que precisamente cuentan con una fuerte presencia india (Bolivia, Perú, Ecuador, Guatemala, México, por mencionar algunos ejemplos). Es una corriente que a diferencia del indianismo, tuvo (y tiene) un componente estatal, literario y artístico. Es decir que desde ya los primeros congresos indigenistas en el continente (realizado el primero en México, el año 1940) [2] se intentaron llevar a cabo políticas públicas y reformas institucionales para “entender y trabajar a las poblaciones indígenas”. 

Fausto Reinaga denunciaba ya al indigenismo como una “corriente reivindicativa”, de la “casta blanco-mestiza” [3], en la que dicha casta idealiza al indio, lo romantiza y lo enmarca en un ideario. Este falso ideario consigue su objetivo político, que es representar al indio como un sujeto sin contradicciones, pero principalmente sin aspiraciones políticas o emancipadoras, y es por ello que se apoya en el imaginario culturalista y espiritualista del indio.

Las prácticas indigenistas del gobierno vigente se han apoyado consecutivamente en la justificación de la lucha por la descolonización. Efectivamente muchas de estas prácticas han sido elevadas a su máxima expresión con la promoción de discursos que apoyan dichas prácticas. Muchos de estos discursos son los mismos para abordar las mismas problemáticas desde hace 10 años, lo que quiere decir que la receta “de promoción y marketing político” no ha cambiado.

Esta receta, que efectivamente sirvió para llegar al poder, ya no es suficiente a la hora de hacer un análisis de resultados y de gestión. Cuando el discurso se queda sólo en eso; en discurso (aunque este discurso esté escrito incluso en leyes), se convierte en una suma de cansinas palabras vacías. Esta acumulación de cansinas palabras vacías es algo que afectó sistemáticamente a los gobiernos denominados “progresistas” de la región, expresado en una serie de derrotas electorales. El discurso de la “derecha corrupta e imperialista” ya no fue suficiente. En el caso particular de Bolivia, el discurso indigenista aún tiene un peso político fuerte, sin embargo, como todo discurso vacío, va agotándose.

La hoja de coca que tiene una historia ligada a la sobrevivencia y lucha de las naciones indias (en el ámbito cultural, político, pero también y principalmente económico) es uno de los mejores ejemplos actuales de dichas prácticas indigenistas.

Estas políticas indigenistas y el discurso de la descolonización nos han dejado una ley (promulgada el año 2012) que declara al 12 de marzo de cada año como el día nacional del “pijcheo” y el “acullico”, cuyo segundo artículo estipula que el “Órgano Ejecutivo priorizará la revalorización, promoción, comercialización y consumo de la hoja de coca”. El artículo 384 de la CPE estipula: “El Estado protege a la coca originaria y ancestral como patrimonio cultural, recurso natural renovable de la biodiversidad de Bolivia, y como factor de cohesión social; en su estado natural no es estupefaciente. La revalorización, producción, comercialización e industrialización se regirá mediante la ley”.

El año 2013 se logró la despenalización del masticado de hoja de coca en las Naciones Unidas y fueron éstos precisamente los años que más se habló de la industrialización de la hoja de coca.

Hacer un recuento cronológico del camino que transitó esta política de industrialización de la hoja de coca es innecesario porque lo único que requiero mencionar son los resultados, ya que claramente es una política del fracaso. Se habló insistentemente de la creación de industrias que en última instancia beneficiarían a la población con productos alimenticios y farmacológicos en base a la hoja de coca y claro, al Estado en el manejo económico de dichas industrias. Se habló incluso de abastecer a colegios con tales alimentos basados en la hoja de coca. [4]

Actualmente podemos constatar que no existe ni una sola industria nacional potente que realice tales actividades tan promocionadas, ya desde aquellos años. Existe claro, una serie de micro empresarios que elaboran mates, harinas, dulces y hasta licores en base a la hoja de coca, pero estas microempresas no responden en absoluto a una política económica del Estado seria y competitiva.

Lamentablemente en un periodo en el que constatamos, una vez más, que las políticas económicas basadas únicamente en el extractivismo nos vuelve naciones dependientes y vulnerables, esta diversificación de la economía que tanto necesitamos y de la que tanto se habla tarda en llegar.

Los medicamentos basados en la hoja de coca, son variados. El clorhidrato de cocaína se destina al uso farmacológico en la elaboración de anestésicos como xilocaína y morfina, entre otros. También es mezclada con al ácido botulínico para la elaboración del botox (que sirve para quitar arrugas).

Estados Unidos es ahora el único importador de hojas de coca en el mundo, para la fabricación de cocaína con fines medicinales, es decir, como anestésico y otros usos. La coca de la cual se abastece actualmente es Perú, que consta además con una planta de descocainización de la hoja de coca [5].

Como podemos comprobar la producción de dichos medicamentos (sin mencionar la producción de alimentos) genera una ganancia y un (casi) monopolio económico gigantesco. No existe ninguna operación quirúrgica que no requiera anestésicos, y el botox es una de las sustancias más utilizadas dentro de la medicina estética a nivel mundial.

¿Qué sucede entonces con la tan cacareada industrialización de la hoja de coca? Existe claro el día del acullico, pero preferiría que para hablar de soberanía y de reivindicación se generarán de una vez por todas políticas económicas serias y bien pensadas que tuvieran algún impacto real en la sociedad, incluyendo un impacto para las personas productoras y consumidoras de hoja de coca. Me gustaría mucho que estos mates, cereales y licores de la hoja de coca dejaran de ser un alimento privilegiado de algunos pocos sectores que pueden darse el lujo de curiosear un poco el mercado gastronómico y por tanto de disfrutar una base alimenticia más variada.

Por supuesto también me gustaría que dejara de utilizarse el más flagrante, enérgico y potenciado indigenismo del siglo XXI y asumir compromisos serios, que vayan más allá de discursos políticos simbólicos e instrumentalizadores.

¿Qué puedo hacer? Finalmente me gusta mucho soñar.

La descolonización debe ser tomada seriamente. Al parecer los que más hablan sobre descolonización son lo que en última instancia la han trabajado menos. Es que de los discursos también se vive, y por lo visto, se vive bien.


* Estudiante de ciencia política en la Universidad Mayor de San Andrés

1 Macusaya Carlos, El Indianismo Katarista: una mirada crítica, Editorial Fundación Friedrich Ebert, La Paz, 2016, p. 41.

2 Ibid, p.42.

3 Reinaga Fausto, La revolución India, Ediciones Fundación Amautica Fausto Reinaga, La Paz, 2001, p. 135.

4 Luis Mealla, BOLIVIA PLANTEA LA INDUSTRIALIZACIÓN DE LA HOJA DE COCA,

http://www.encod.org/info/BOLIVIA-PLANTEA-LA.html

5 Teófilo Caso, Perú exporta su coca a Estados Unidos, http://impresa.prensa.com/economia/Peru-exporta-coca-Unidos_0_718428216.html

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