noviembre 26, 2021

Incertidumbre: algunas claves para prepararse a Trump

por: Enrique Galindo

Trump no será una continuación del establishment. No puede, pues sus orígenes políticos son anti-establishment. Como todo populista, debe mantener aunque sea algunas de sus promesas, sea el muro anti inmigrantes o un proteccionismo comercial que multiplique los empleos de su país. Haga esto en armonía o discordia con las élites financieras, militares y empresariales es un asunto que sólo su ejercicio del poder nos podrá revelar.

El discurso de victoria de Donald Trump no reveló mucho acerca de lo que le espera al mundo tras la llegada del multimillonario a la Casa Blanca. El mundo entero, por otra parte, fue muy elocuente. Las bolsas de valores de muchos países se desplomaron, los llantos de muchos demócratas se convirtieron pronto en histéricas amenazas de abandonar su país para irse hacia Canadá y las felicitaciones de muchos presidentes y mandatarios vinieron acompañadas de advertencias de diverso tipo. En suma, un estado de pánico casi generalizado, tanto más intenso cuanto más sorpresivo el resultado de estas elecciones que el martes en el planeta se siguió minuto a minuto.

¿Qué estarán pensando los rusos? ¿Qué estarán previendo los chinos? ¿Qué nos espera a los pueblos que habitamos al sur del río Bravo? No podemos saberlo con exactitud, pero podemos considerar algunos factores que influirán en la presidencia de este inesperado inquilino de la Casa Blanca. No obstante, podemos adelantar una cosa, al menos una certeza, en este escenario cubierto de nieblina: nos esperan tiempos interesantes.

Un escenario global inesperado

Si, de la noche a la mañana, sea por las causas que fueran, el mundo entero vivió este 2016 una serie de hechos importantes que deben tomarse en cuenta: una súbita erupción de gobiernos conservadores en Latinoamérica y un retroceso silencioso de sus gobiernos progresistas; una ralentización de la economía china que, de todos modos, no inhibe a Asia de convertirse en el epicentro del capitalismo mundial; una explosión de conflictos en el medio oriente cuyas ondas expansivas llegaron hasta Europa de la mano del terrorismo; el único ejemplo de integración económica y política en el mundo quedó en entredicho con la victoria del Brexit; un proceso de paz en Colombia posiblemente frustrado por su propia población; en fin, pasaron muchas cosas que nadie podía prever.

Y Donald Trump debe afrontar ahora este contexto global sin ningún tipo de experiencia en asuntos de Estado. Esto no es un dato menor, pues aunque sí hay precedentes recientes de hombres “poco preparados” que asumieron la presidencia de la nación más poderosa del planeta, piénsese en Reagan (actor) o Busch hijo (no muy habido a la lectura), es la primera vez que lo logra un hombre “populista y anti sistema”. Es decir, un hombre que llega al poder incluso por encima de su propio partido, los republicanos, y abiertamente crítico con líneas que parecían una política de Estado en EE.UU., como su rechazo a los tratados de libre comercio como la Alianza Trans Pacífica o a la presencia militar de su país en otras partes del mundo como Europa, mediante la OTAN.

¿Esto quiere decir que la administración de Trump dejará de impulsar acuerdos de libre comercio tan nefastos como resultaron ser para Latinoamérica? O incluso, ¿Se atreverá a retirar “asistencia” militar en otras partes del globo ignorando los intereses geopolíticos de su país? Creo que es seguro afirmar que se trata de inclinaciones que no podrán expresarse en hechos. Y esto por una simple razón.

Un Estado sólido

Federal, multiétnico y pluricultural, habitado por más de 300 mil millones de personas y actualmente con una población dividida por profundos clivajes sociales que emergieron durante los últimos 18 meses de campaña, EE.UU. es, con todo, un Estado consolidado, con una democracia liberal consolidada y, por lo tanto, con una institucionalidad difícil de romper, más allá de lo perniciosa que esta institucionalidad haya resultado para el mundo y su propio pueblo.

Tiene un sistema presidencialista que le da un rango de acción muy amplio al primer mandatario. Un ejemplo es cuando Busch hijo decidió atacar a Afganistán a principios de este siglo sin una declaración de guerra por parte de su congreso. No obstante, esto no quiere decir que dicha decisión no haya contado con el apoyo de otros actores institucionales, como el Pentágono.

Es decir, Trump, en materia de seguridad nacional, no puede actuar unilateralmente sin el apoyo de algunas instituciones clave de su Estado. Resultado: No dejará de haber tropas militares esparcidas por todo el globo. Más aún cuando el dominio global estadounidense depende de su nivel de influencia en áreas específicas del planeta, como la euroasiática, el Medio Oriente o la propia Latinoamérica.

Esto sin mencionar el instinto belicista de su partido, que controla ambas cámaras del Congreso estadounidense.

Una frase de su discurso de vencedor debería ser suficiente como para poderse apreciar que Trump no desconoce este requisito existencial de su país, que es su imperialismo. “Nos llevaremos bien con todas aquellas naciones que quieran llevarse bien con nosotros”

Este mismo sistema presidencialista se ve constreñido, como toda buena democracia liberal, por el mecanismo de los pesos y contrapesos de Montesquieu. No sólo en materia militar, sino también comercial, el ejecutivo de este país debe tener la aprobación de su Congreso, o al menos no tener su veto, para impulsar tal o cual iniciativa. Y hablando de los tratados de libre comercio, muchas corporaciones estadounidenses no sólo dependen de la existencia de los mismos tratados para asegurar una fluida acumulación de capital y recursos naturales, sino que son muy influyentes en el Congreso estadounidense, mediante un lobby institucionalizado desde hace mucho.

En otras palabras, será muy difícil para Trump sobreponerse a los intereses de las corporaciones de su país que necesitan abaratar costos de producción así sea a costa de empleos estadounidenses. No obstante, se trata de uno de los ejes de su campaña, por lo que es previsible que haya desarrollos interesantes en este aspecto, en un momento en el que el triunfo del comercio asiático impone la necesidad de alternativas que eviten, o por lo menos frenen, que EE.UU. sea un actor comercial preponderante. EE.UU. ya no debe competir, pues, solamente con Japón, Alemania, Corea del Sur o Gran Bretaña, sino también con Brasil, India, Rusia y, claro, China.

Lo mismo en cuanto al poder del lobby financiero, que torció incluso la mano de Obama cuando lo obligó a dictar un rescate a tres de los cuatro bancos que entraron en quiebra luego de la crisis de 2008. Trump ha sido ambiguo al respecto, diciendo primero que “sea financiándolos o sea nacionalizándolos, no importa, los bancos deben seguir funcionando” y luego que “no dejaré que Wall Street se saga de las suyas, Wall Street nos ha causado demasiados problemas”. De hecho, luego de enterados de su victoria, muchos inversionistas del gran muro comenzaron a embriagarse “por depresión”. Parece muy difícil que un individuo pueda cambiar la dirección de la historia, hoy dominada por el capitalismo financiero.

Nada es seguro

Nada de lo sostenido, sin embargo, quiere decir que Trump será una continuación del establishment. No puede, pues sus orígenes políticos son anti-establishment. Como todo populista, debe mantener aunque sea algunas de sus promesas, sea el muro anti inmigrantes o un proteccionismo comercial que multiplique los empleos de su país. Haga esto en armonía o discordia con las élites financieras, militares y empresariales es un asunto que sólo su ejercicio del poder nos podrá revelar.

Pero no olvidemos que un populista tiene siempre un pueblo detrás de él; en su caso, más de 50 mil millones de votantes que cargan con problemas reales y que lo llevaron a la presidencia esperando resultados. Trump no llegó de la nada, es la obvia y comentada consecuencia de un sistema político percibido como injusto por una gran parte de su población. Y esta población, aunque menos influyente que las élites militares, empresariales y financieras, es de todos modos un factor de poder. Si asumiéramos que los únicos que mandan allá son las élites mencionadas, la victoria de Trump sería inexplicable, como lo es hoy, seguramente, para Clinton.

Clinton tenía la mayor cantidad de donaciones y apoyo político y ese apoyo y esas donaciones venían principalmente de estas élites empresariales, militares y financieras. No obstante, ganó Trump.

EE.UU. no es un país pobre, pero sí con muchos insatisfechos que han demostrado tener voluntad de influir en la toma de decisiones de su gobierno. Trump tendrá que equilibrarse entre los intereses de su nuevo entorno, repleto de corporaciones, especuladores y militares guerreristas, con las demandas de su electorado.

Y recalcamos, Trump sí tiene herramientas para imponerse a su entorno y sus diferentes actores de veto. Tiene la posibilidad de emitir decretos y hacer pactos de toda clase con los miembros de su congreso, sin mencionar el apoyo de la mitad de los estadounidenses. Un ejemplo de esto es su relación con la comunidad cubano-americana, que se entusiasmó con Trump cuando este condenó el acercamiento de EE.UU. con Cuba logrado por su predecesor.

Muchos miembros de esta comunidad anti cubana son ahora congresistas por los próximos dos años, lo que nos da una idea de lo que le espera a Latinoamérica, pues aunque Trump no haya dicho mucho respecto a los gobiernos progresistas de la región, mantiene la misma mentalidad colonial que la de sus predecesores más agresivos respecto al Sur del mundo. Y se trata de una mentalidad que aunque retrógrada, es compartida por ambas cámaras de su legislativo, el pentágono y muchos de sus actuales colaboradores.

Añadamos a esto que aún no sabemos quiénes serán parte de su gabinete, que seguramente nos dará más pautas sobre la continuidad o discontinuidad de su administración con las anteriores.

Trump es un político con un perfil psicológico cuando menos particular, y este factor también es muy importante. Piensen en Busch durante la crisis de los misiles o Carter luego de las torres gemelas. El mundo no existiría o sería muy diferente. Y un rasgo sobresaliente de su perfil psicológico es su impulsividad. Después de todo, no es muy común que se quite el tweeter a todos los candidatos a la presidencia durante el día de elecciones.

La diferencia con Busch o Carter es que Trump es una pieza que no encaja con el engranaje político estadounidense. Por ello, no tenemos más que dudas e incertidumbre.


* Politólogo.

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