octubre 6, 2022

Fidel es mucha historia

El fallecimiento de Fidel Castro, este 25 de noviembre, nos impone, en honor a su memoria, a explorar con más profundidad su pensamiento en todos los campos de la realidad.

Fidel es mucha historia. Con solo pronunciar su nombre, la pluma fina con la que se escribe la historia profunda de nuestros pueblos nos conduce al ser humano, al combatiente infatigable, al ideólogo de las causas nobles y al incansable internacionalista que hizo posible la construcción del primer Estado socialista en “Nuestra América” como decía Martí –el apóstol de la revolución cubana-, la primera derrota militar del imperialismo y, sin que signifique exportar la revolución, la configuración de la tercera ola emancipadora de América Latina y el Caribe sobre la base de gobiernos revolucionarios y progresistas.

No en vano el domingo 24 de febrero de 2008, poco después de ser electo Presidente del Consejo de Estado y de Ministros, el actual presidente de Cuba sentenció: “Fidel es Fidel”. Por eso, el alcance de su figura ha trascendido las fronteras de su propio territorio y la dimensión de su influencia ha sobrepasado los límites del pensamiento socialista. Fidel es el líder más sobresaliente del complejo siglo XX e incluso, como lo establecen las evidencias, del reciente siglo XXI.

El octogenario cubano es de esos extraños y raros personajes, de los cuales nace uno cada siglo, que reúne múltiples capacidades: de intelectual orgánico, como diría el italiano Gramsci, pero también, como ha quedado demostrado a lo largo de su vida, de conductor político y estratega militar, además de profundo humanista.

Fidel, el cuarto de seis hermanos, se perfiló como líder de masas cuando a pocos días de pisar las escalinatas de la monumental universidad de La Habana, convocó a los estudiantes a terminar con las bandas gansteriles que atemorizaban a los universitarios y los llamó a seguir con el ejemplo de Julio Antonio Mella, el joven dirigente universitario que fundó la FEU y luego el primer Partido Comunista de Cuba en los años 20.

Su inclinación por la política como medio de ponerse al servicio de la sociedad y de realización de las más profundas aspiraciones humanas están fuera de toda duda. Ya en su condición de estudiante de derecho ingresó a militar en la juventud ortodoxa, una organización política liderizada por Eduardo Chivás, luchador incansable por la honradez, de quien es conocida su frase: “vergüenza contra dinero”.

Su carácter internacionalista se fue forjando en las acciones de solidaridad con las luchas independentistas de los patriotas de Puerto Rico, República Dominicana y de Haití. En esta su faceta adquirió particular importancia el “Bogotazo” de 1948, cuando participando de un encuentro universitario en Colombia se registró el asesinato de Eliecer Gaitán, un destacado liberal que se oponía a la concentración de la tierra en pocas manos.

El jefe de los barbudos, de esos que regaron su sangre por la independencia cubana y de los que hoy constituyen testimonios vivos de las alegrías y las tristezas que les provocó la lucha contra la tiranía de Fulgencio Batista, se convirtió en un símbolo de dignidad y consecuencia nacional e internacional desde el audaz asalto del Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, un 26 de julio de 1953. En la acción sufrieron una derrota militar pero cosecharon una victoria política cuando Fidel, –que en Cuba articuló el pensamiento de Martí y Marx- asumió su propia defensa en el juicio instaurado en su contra, presentó su alegato conocido como “la historia me absolverá” y junto al resto de compañeros pasó varios meses en prisión. Condenado al exilio, parte a México, donde reagrupa a sus más cercanos colaboradores y conoce al Che, a quienes les asegura: “…si salgo, llego; si llego, entró; si entró, triunfo”.

De vuelta a Cuba, en diciembre de 1956, establece victoriosamente la columna guerrillera en Sierra Maestra contra el ejército de Batista, el mejor armado por los Estados Unidos en América Latina. Tras casi dos años de triunfos militares acumulados y de sostenido crecimiento político en todo el país, se produce la heroica toma de la ciudad de Santa Clara por el Che y de Yaguajay por Camilo, a fines del 58, lo que coronó el triunfo revolucionario, en enero del 59, y ratificó la primera medida popular emitida ya durante la última fase de la lucha guerrillera: la reforma agraria con la cual cerca de 20 mil campesinos accedieron a la tenencia de la tierra.

Humanismo revolucionario

El humanismo de Fidel se materializaría dentro y fuera de Cuba. En su país, desde enero de 1959, cuando los revolucionarios oficializan la toma del poder y a pesar de la invasión mercenaria organizada y financiada por la CIA en abril de 1961 por Playa Girón y no obstante el bloqueo del imperio más poderoso que la humanidad haya conocido jamás, el líder revolucionario impulsó un proyecto que fue construyendo la plena igualdad real y no formal de los cubanos y las cubanas. El acceso a la educación y salud de calidad serían sus conquistas más conocidas en el mundo, aunque los cubanos y cubanas saben que es mucho más.

Internacionalista

Entre las décadas de los 60 y 70 se las jugó, con la visión latinoamericanista de José Martí, Simón Bolívar y Máximo Gómez, al apoyar los esfuerzos de rebelión política y militar en varios países de la América y que, además, representaba una respuesta a los Estados Unidos y a los gobiernos latinoamericanos que se prestaban al proyecto imperial de atentar contra la revolución. Pero también hasta los 80 lo hizo, contra el celo de la otrora URSS, al respaldar los movimientos de liberación nacional africanos en Namibia, Mozambique, Angola y el Congo y, sobre todo al apoyar la rebelión de la Sudáfrica de Nelson Mandela contra el Apartheid.

Después de agotarse la lucha armada como la vía para transformar el Estado y la sociedad, Fidel puso énfasis en el desarrollo de varias formas de solidaridad y cooperación internacional. El despliegue de un “Ejercito de batas blancas” –como se ha bautizado a la presencia de médicos cubanos en América Latina y África-, es una pero no la única de esas formas. En esta su apuesta audaz por la solidaridad y el internacionalismo, el Cmdte. Hugo Chávez, fue su gran acompañante y el que luego después le tomó la posta.

De hecho, en la actual nueva fase de la lucha latinoamericana contra la dominación del capitalismo mundial, particularmente contra el estadounidense, Cuba, de la mano de Fidel, es la referencia simbólica de los procesos políticos que países como Bolivia, Venezuela y Ecuador llevan adelante, pero también lo fue de otros menos profundos, por las condiciones concretas, como los de Argentina, Brasil y Uruguay.

No hay duda de que Fidel, quien siempre dijo que la revolución ni se exporta ni se importa, ha desempeñado un papel fundamental para que las relaciones de América Latina con los Estados Unidos sean menos vergonzosas y vayan adquiriendo niveles significativos de mayor autonomía frente a una estrategia imperialista que, a través del Plan Colombia y el ALCA, primero, y después los TLCs, buscaba restablecer su deteriorada hegemonía en el continente y hacer realidad la aspiración de la doctrina Monroe de “América para los americanos”.

A pesar de tener al imperialismo más poderosos que haya conocido la humanidad a menos de 90 millas, Fidel y su pueblo nunca dejaron de mantener una dignidad y una soberanía heroicas que han dignificado y enseñado mucho a la América Latina, aún en momentos tan difíciles como a principios de los noventa, cuando la mayor de las Antillas tuvo que enfrentar un “período especial” producto de la caída de la URSS y el bloque socialista europeo, con el cual tenía casi el 80% de su comercio, y del endurecimiento del bloqueo estadounidense.

La adversidad no frenó su lucha y compromiso con el mundo. Todo lo contrario. Su papel en la actual coyuntura, que el mismo bautizó como “la batalla de las ideas”, ha sido sobresaliente y quizá determinante en la profundización de la crisis de la hegemonía imperial, al punto tal de resignificar, a través suyo, el pensamiento libertario y la acción revolucionaria de grandes personajes como Carlos Marx, Simón Bolívar y José Martí, pero también de reivindicar a los indígenas de América Latina, que es algo poco conocido de su pensamiento pero profundamente martiano. De ahí su profundo respeto por el liderazgo de Evo Morales, quien conduce la revolución más profunda de la historia boliviana.

“Fuego ideológico”

Fidel jamás retrocedió en su compromiso con el destino de la humanidad y una alta dosis de entrega ha caracterizado a toda su vida, aún después del 31 de julio de 2006, cuando una complicación intestinal lo alejó de la vida pública y lo obligó a presentar la proclama. Sin haber superado su estado convaleciente, durante más de un año y medio, combinó su recuperación con la toma de decisiones estratégicas en el gobierno – muchas de ellas con impacto internacional-, con sus aportes a la “batalla de las ideas” a través de más de un centenar de reflexiones.

Sus escritos, sensibles con el desarrollo de su pueblo y el mundo, descargaron el “fuego ideológico” contra los enemigos de la humanidad y el planeta, como es por ejemplo su reflexión del 28 de marzo de 2007, cuando advirtió que más de 3.000 millones de hombres y mujeres están condenados y condenadas a morir prematuramente por hambre y sed producto de la decisión de los países desarrollados de fabricar biocombustibles, lo cual implicará una reducción considerable de la cantidad de hectáreas de tierra dedicadas a la siembra y cosecha de alimentos.

Su rechazo al culto

Fidel jamás hizo gala de su poder porque siempre lo concibió como “el poder del pueblo”. Nadie más reñido con el culto a la personalidad, al punto que siempre se mostró reacio a que su retrato sea colocado en las oficinas públicas y en las calles, de la que ninguna lleva su nombre.

Su carta del 19 de febrero de 2008, en la que ante la proximidad de la inauguración de la VII Asamblea Nacional del Poder Popular, adelantaba que no aspiraría ni aceptaría el cargo de Presidente del Consejo de Estado y de Ministros, y sus dos artículos siguientes, en los que, como él dice, abre “fuego ideológico” ante las malintencionadas interpretaciones de sus adversarios, da cuenta de su confianza, de toda la vida, en el Partido, la conducción colectiva y la conciencia del pueblo.

Es casi seguro que los términos de ese su mensaje le provocaron a más de uno en el mundo el mismo sentimiento que cuando se conoció la carta de despedida del Che, el 3 de octubre de 1965. La misiva no se orientó ni a la auto mistificación ni a sacarle provecho al beneficio de la enfermedad como diría Freud. Sus palabras eran más un derroche de desprendimiento y de plena confianza en el pueblo cubano y en la revolución que hizo posible el sueño de los mambises y del apóstol Martí.

La carta, bajo la forma de mensaje, no mostraba ni derrota ni impotencia. Al igual que la carta del Che, la misiva de Fidel era un grito insuperable de victoria y un llamado a continuar con la revolución que no es otra cosa que una manifestación de amor por el ser humano. El eterno Comandante en Jefe pasa pasaba, en ese momento, a cumplir humildemente su papel de soldado de la revolución cubana, latinoamericana y mundial como el mismo anunció.

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