junio 20, 2021

Liderazgos y reglas de juego

por: José Galindo

Todo se reduce a una cuestión: no es quién sino cuando. Bolivia es un país herido en crisis, cuando hay crisis necesitas liderazgo. Evo es el resultado de una crisis profunda, hoy nadie parece estar a esa altura.

Existen dos formas de interpretar la historia desde la perspectiva del papel de los individuos en el devenir de una sociedad: Primero, como un conjunto de procesos que se imponen como una fatalidad inescapable a través de hechos objetivos que condicionan la acción de los hombres; y segundo, como el resultado de la voluntad y la acción de personalidades singulares que sobresalen entre los miembros de la masa.

¿Qué tan libres somos para moldear nuestro futuro? Para responder esta pregunta deberíamos partir de la primera ley de la dialéctica: la unión y lucha de contrarios, donde una tesis y una antítesis colisionan para dar luz a una síntesis que se forma al interior de esta contradicción. Y acá surge una verdad de Perogrullo: la historia, como dijo alguna vez un hombre muy sabio, la hacen los hombres, pero en el marco de unas condiciones objetivas que limitan su capacidad de acción.

Y si es tan fácil de entender este principio, el principio de que los liderazgos importan, ¿por qué, entonces, se insiste tanto en afirmar la supuesta intrascendencia y pequeñez de una figura como la de Evo Morales? Después de todo, aunque la cubana es la etapa más alta de una larga acumulación de rebeldías que datan desde finales del siglo XIX, esta no es explicable sin la figura de Fidel Castro, como tampoco lo es la Rusia soviética sin Lenin o la estadounidense sin Abraham Lincoln.

Esta es una cuestión importante, sobre todo cuando aún se debate una posible repostulación del presidente Morales en las elecciones generales de 2019. Liderar pues, no es una tarea fácil, y esta no puede ser realizada por cualquier persona. Y si esto es verdad para Estados tan desarrollados como la Alemania de Merkel o el Brasil de Lula, aún más lo es para países como el nuestro. La pregunta no es si el presidente Morales debe o no debe participar en nueva justa electoral, sino ¿qué hace un barco tan conflictivo como Bolivia sin un mando capaz de poner orden?

Se dice comúnmente que la boliviana es una sociedad no muy afecta a los formalismos y a la institucionalidad y es muy probable que esta no sea una apreciación equivocada. Nuestro devenir como país parece más un desfile interminable de grandes hombres que el tránsito racional de unas ideas a otras.

La cantidad de modificaciones constitucionales que hemos tenido desde 1825 hasta hoy cuestionan la idea pacto social o poder constituido, así haya sido previamente alcanzado y con mucho esfuerzo, sangre, sudor y lágrimas. Como si todo aquel sacrificio popular fuera tan endeble que el capricho de un solo individuo bastara para cambiar lo que se supone estaba escrito en piedra.

Sabemos, no obstante, que nada lo está, sobre todo luego de este 2016, tan cargado de sorpresas.

En Bolivia la cuestión del liderazgo importa mucho. Desde Bolívar hasta Morales, con Santa Cruz, Quiroga Santa Cruz e incluso Barrientos en el medio. Ni que decir del Tata Belzu o el endemoniado Melgarejo y sí, incluso Oscar Eid; y más, muchos más. Pero he ahí la cuestión, en los perfiles de aquellos que sí lograron trascender, que no son pocos, por las buenas o por las malas; para mejor o para peor.

Esto importa bastante a pesar del impacto apocalíptico que las organizaciones sociales (obreras o campesinas) han tenido en diferentes momentos clave de nuestra historia. Si el movimiento obrero creció orgánicamente influenciado por la figura de Juan Lechín Oquendo, entonces no se puede negar que mucho del movimiento campesino es herencia del presidente Morales.

Cambio de las reglas de juego

Las reglas de juego de este campo de batalla que llamamos Bolivia han cambiado repentinamente en los últimos meses, resultado de otra de las leyes de la dialéctica, la del paso de lo cuantitativo a lo cualitativo. Es decir, cambios pequeños e imperceptibles que sumados hacen un cambio gigantesco y trascendental.

Así, lo que en principio parecía pasividad de las organizaciones sociales luego de derrotar a la derecha más primitiva de nuestra historia se fue transformando en una cómoda complicidad que no tuvo problemas en adoptar los peores hábitos de quienes condenábamos por corruptos, buscapegas, logieros y pragmáticos pactistas.

Esa complicidad se enquistó en el aparato del Estado, alcanzando algunos niveles altos y muchos niveles medios. Galeano decía que si la contradicción es el motor de la historia, entonces la ironía es el espejo que usa la vida para tomarnos el pelo. ¡Qué irónico! Fueron las propias organizaciones sociales las que rompieron lo que parecía el sello de oro de nuevos tiempos duraderos. Eran masas impotentes ante sí mismas, diría otro autor que acaba de pasar de moda.

El resultado: las organizaciones sociales pierden legitimidad ante una Bolivia cada vez más urbana y cada vez más de clase media (o al menos eso creen ellos, mientras puedan pagarse esa ilusión) Las reglas del juego cambian. El apoyo popular y las calles ya no son los escenarios definitorios de la política. Ahora lo son las redes sociales y los medios de comunicación.

Los medios de comunicación siempre fueron un factor incómodo de poder, y no porque defendieran a los desamparados o por cuestionar a los que mandan y el status quo (eso lo hacían pocos en tiempos en los que disentir quería decir un balazo y no una cabreada del presidente), sino por farandulizar la política boliviana hasta convertirla en un programa de televisión de poco gusto.

Pero con las redes es peor. Es como pasar del arte erótico, que puede no ser del gusto de todos, a la más vulgar pornografía. En las redes no hay espacio para el contenido o el análisis serio. Con un meme basta para explicar la realidad. Y este es justamente el escenario al que la pasividad y la complicidad de las poderosas organizaciones sociales nos han condenado.

Y es un escenario exclusivo, donde no pueden participar aquellos de áreas rurales que son quienes justamente aún se creen parte del Estado Plurinacional y no vecinos de zonas de clases altas. Es un escenario donde un buen chiste vale más que mil sesudas palabras apoyadas por datos y argumentos. Si la comunicación “vertical” dio al traste con el diálogo basado en opiniones informadas y razonamientos lógicos, Facebook realmente acaba de matar a Aristóteles. Sin mucho esfuerzo acabó con el legado más valioso de los griegos: el diálogo.

Ya no hay “grandes hombres”

Pero volvamos a nuestra reflexión inicial. Si la historia depende de las decisiones de grandes hombres cómo también de procesos que los constriñen y a veces los liberan, es de suponer que la clave no es “quién” sino “cuando”. La crisis de los misiles fue desviada de un resultado que probablemente hubiera sido catastrófico gracias al temple de justamente “grandes hombres”. Era un momento crítico donde la política se reducía a su mínima expresión: la toma de decisiones.

El problema de Bolivia es que esos momentos críticos suceden cada dos semanas. Por ello nuestra cultura caudillista, siempre en busca del nuevo mesías que tenga todas las respuestas. Este factor sumado al anterior, el del cambio de las reglas de juego, proyectan un futuro ensombrecido para todos nosotros, pues si todo lo que queremos son grandes hombres pero basamos nuestras decisiones a partir de una caricatura en Facebook, puede que nuestras elecciones no siempre sean las mejores.

Y peor aún, no hay grandes hombres. ¡No hay grandes hombres en un contexto donde ni los estadounidenses, los más institucionalizados en cuestiones de poder, saben lo que va hacer su futuro presidente!

El presidente Evo Morales es un gigante en medio de muchos enanos. Y con esto no queremos contribuir al endiosamiento de su figura. Puede que haya personas muy brillantes en las filas del oficialismo como también de la oposición, pero ninguno resistió golpizas de policías pagados por la DEA o marchó bajo la lluvia y contra el viento de los Andes ni hicieron huelgas de hambre sin pollos Copacabana de contrabando. En otras palabras, no tienen el temple para lidiar con un país con tantos problemas como lo es Bolivia.

Y el contexto internacional requiere, justamente, “grandes hombres”, que puedan tomar decisiones, tercas o conscientes, hasta sus últimas consecuencias. EE.UU. no desaprovechará la oportunidad para quitarle el espacio conquistado al capital chino, mientras China no tiene otra opción que seguir creciendo, empujada por la mejora de las condiciones de vida de su colosal población. EE.UU. tampoco desaprovechará la crisis política de Brasil para poder bajar los humos a un actor que estaba a punto de convertirse en lo que en relaciones internacionales algunos llaman un “global player”, el único que imponía respuestas, aunque sutiles, a su creciente presencia militar en el hemisferio.

Pero no es necesario preocuparnos por lo que sucede fuera de nuestras fronteras para apreciar la magnitud de nuestros problemas. De continuar la tendencia históricamente regular de precios bajos del petróleo, es muy probable que las regiones comiencen a sentirse susceptibles ante cualquier reforma fiscal, por muy urgente que esta sea.

Los regionalismos no están muertos, como tampoco las demandas de varios sectores corporativos de la sociedad que requieren el control o la influencia sobre el Estado para mantener sus frágiles ventajas de trabajo. Cooperativistas, colonizadores, comerciantes, gremiales, trabajadores públicos, empresarios y hasta personas individuales. Mantener todas esas ambiciones a raya requiere más que buenas ideas, requiere una palabra clave: liderazgo.

Y la competencia se hará mucho más dura sin el presidente Morales. Con él fuera de la pelea no habrá enano que se crea grande. Si incluso dirigentes sindicales recién conocidos por una que otra declaración contra el presidente o el gobierno creen que pueden ser presidentes, como lo creía Adolfo Chávez antes de que los medios lo atraparan parrandeando en plena y solemne marcha, entonces habrá un ejército desorganizado con soldados golpeando a diestra y siniestra hasta que quede solamente uno en pie para sentarse en la silla presidencial. Es decir, caos total.

No hay vacío

Pero no hay ni puede haber vacíos de poder. Bolivia está lejos de su dramática situación de principios de siglo. Si los hubiera querría decir que ya no somos un Estado, es decir, poder organizado sobre un territorio delimitado sobre el cual se tiene más o menos un control soberano y monopolizado. Aunque muchos de los datos con los cuales podemos predecir el futuro nos dicen que hay una hecatombe en ciernes, lo cierto es que las crisis de Estado no se dan cada 15 años, sino cada medio siglo.

La pregunta es ¿quiénes llenarán ese vació que podría dejar el presidente Morales?

Cotas sólo tiene proyección regional. Patzi tampoco puede salir de su habitad andino. Tuto Quiroga y Doria Medina parecen ser más la resaca de otros tiempos que una respuesta actual a los retos de la Bolivia del siglo XXI y Revilla no tiene el genio político que tenía, innegablemente, Del Granado.

Carlos Mesa depende solamente de su carisma y aunque el carisma es un elemento esencial del liderazgo, también lo es la tenacidad, que no demostró durante su corta presidencia hace más de una década. Y es necesario tener tenacidad cuando hay poblaciones enteras que legalizan el contrabando o cuando la cantidad de cooperativistas en el país supera a la de los efectivos policiales. Por muy deslegitimadas que estén las organizaciones sociales, su número y su capacidad organizativa las hacen, de todos modos, un factor de poder.

Están, por otra parte, una recién nacida camada de jóvenes líderes que hasta el momento no pueden salir de la sombra protectora de sus progenitores y benefactores, tanto de la izquierda, la posible y la imposible; como de la derecha. 

Los liderazgos se notan sobre todo en tiempos de crisis. Lo que suele ser catastrófico son tiempos de crisis sin liderazgo a la vista. Por el momento, a los bolivianos no parece quedarnos otra cosa que esperar y observar cómo se desenvuelven los eventos que le darán forma a nuestro futuro, tan de arcilla, tan maleable, pero tan difícil de abarcar como nuestras montañas. No existen dudas al respecto, Bolivia necesita líderes, siempre lo ha hecho y siempre lo hará. Al menos hasta que este barco llegue a su destino.


* Politólogo.

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