septiembre 28, 2022

Lo que realmente preocupa a Almagro

Que la Organización de Estados Americanos –OEA- no es más que una triste y reducida sombra de su antiguo ser lo sabíamos todos, incluso aquellos que tienen una opinión crítica sobre el gobierno bolivariano de Venezuela o los gobiernos progresistas de la región en general. El surgimiento de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños–CELAC- es una prueba de aquello. La indiferencia hacia las propuestas intervencionistas de su secretario general, Luis Almagro, es otra.

Las intenciones de Almagro no son otras que precipitar una guerra civil en Venezuela, a sabiendas de que la renuncia del gobierno de Maduro no sólo sería resistida por el propio gobierno de Maduro, sino por una amplia capa de la población venezolana pobre que aún mantiene la lealtad al proceso iniciado por Hugo Chávez a finales del siglo pasado. Dicha guerra civil sería la cabeza de playa que le permitiría a los EE.UU. reconstituir su hegemonía sobre Latinoamérica.

Donde se equivoca Almagro es que hoy vivimos tiempos diferentes a los de la OEA de los años 60s, de la Alianza para el Progreso que aisló parcialmente a Cuba del escenario internacional, de la Guerra de Vietnam como máxima expresión de la prepotencia del imperio estadounidense. El caos en el cual actualmente está sumido el Medio Oriente, la ampliación del terrorismo y la emergencia de China como potencia mundial ha entrado en la consideración de incluso los más radicales conservadores del Pentágono, que entienden las consecuencias que tendría para el mundo la inauguración de otra nueva región de inestabilidad política en el sistema mundial.

¿Por qué Almagro se empeña tanto en empujar a Latinoamérica a una nueva espiral de violencia? La respuesta es sencilla. Aunque es innegable que la popularidad del gobierno de Maduro está críticamente afectada por la crisis económica que sufre Venezuela desde hace ya algunos años, no menos cierto que el Chavismo es una fuerza política mayoritaría y con capacidad de resistencia, y no menos evidente que la oposición de ese país no ha logrado reunir el apoyo suficiente como para terminar prematuramente con el actual oficialismo. En otras palabras, es necesaria, para aquella oposición, el apoyo externo.

Supongamos que la línea editorial de este medio fuese opuesta al gobierno de Maduro y a los llamados “gobiernos populistas”. Supongamos que somos demócratas liberales educados en universidades estadounidenses en las que se reduce la democracia al solo acto de votar, aunque no se elija directamente como en Estados Unidos. Aún ese fuera el caso, la evidencia empírica de la historia universal demuestra que los procesos intervencionistas en contra de gobiernos” autoritarios” o “totalitarios” no produce gobierno democráticos. Todo lo contrario, produce Estados sin institucionalidad propia que ven hipertrofiados sus clivajes sociales a la manera de Kosovo, Irak, Siria, Afganistán, Egipto, Libia y otros ejemplos recientes.

Los modelos políticos no se exportan, como tampoco las revoluciones. Fuera de la directa interrupción que puede propiciar una potencia, los gobiernos y los Estados son hijos de sus propios contextos y tienen sus propias consecuencias.

Es decir, llamar a la intervención “humanitaria” de Venezuela podría tener consecuencias peores para este pueblo de los que la actual crisis inflinge. Lo que indica que el sangrante corazón de Almagro no es más que una pantomima que tiene poco interés por aquellas vidas y que es una ficha de bajo calibre moral que será derrotada por la capacidad y la conciencia de nuestros pueblos.

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