enero 12, 2022

La crucial batalla de los medios

Una audiencia convocada por la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado de Estados Unidos oyó, de labios de un alto oficial de las Fuerzas Armadas de ese país, la siguiente aseveración: “en el mundo de hoy la guerra antisubversiva se libra en los medios, no en las junglas y selvas o en los suburbios decadentes del Tercer mundo. Ese es el principal teatro de operaciones.” Dado que esto indudablemente es así se entiende el empecinamiento de la derecha vernácula y sus mandantes imperiales para controlar el sistema de medios de cada uno de nuestros países, para impedir la democratización de la comunicación social y el acceso a información genuina y veraz que exponga ante los ojos de la opinión pública las mentiras seriales que emite la prensa hegemónica en nuestros países. Se entiende también el odio visceral en contra de TeleSUR, censurada y acallada en la mayoría de nuestros países porque hace visible lo que nuestras clases dominantes no quieren que se vea. No por casualidad una de las primeras decisiones que tomó Mauricio Macri ni bien asumió la presidencia fue modificar mediante un Decreto de Necesidad y Urgencia los componentes centrales de la Ley de Medios y disolver el AFSCA, la autoridad de aplicación que velaba por su efectiva implementación. No sólo eso, decidió también expulsar a TeleSUR de la grilla de los canales de cable dejando al público argentino a merced de las noticias producidas por las señales informativas de la derecha. Y hace pocos días atrás logró que un periodista crítico de su gestión fuese despedido de C5N y Radio 10. En Ecuador, el candidato perdidoso Guillermo Lasso elevó un pliego de peticiones a Lenin Moreno exigiendo la inmediata adopción de una serie de medidas, entre las cuales figuraba, no por casualidad, la derogación de la Ley de Comunicación. Desgraciadamente, la izquierda demoró mucho en tomar nota de todo esto. Pero el imperio, por el contrario, siempre tuvo un oído muy perceptivo a la necesidad de controlar la conciencia de sus súbditos y vasallos, tanto dentro como fuera de Estados Unidos. En suma, la derecha comprendió muy bien la importancia de triunfar en la batalla por la hegemonía cultural.

Las reiteradas exhortaciones de Fidel a librar la “batalla de ideas” conservan toda su actualidad, pero sus raíces se extienden en el tiempo. En efecto, esta necesidad había sido precozmente detectada por Simón Bolívar cuando concebía a la “opinión pública como la primera de todas las fuerzas políticas”, razón por la cual le solicitó a Fernando Peñalver, uno de sus colaboradores, que le mande “de un modo u otro una imprenta que es tan útil como los pertrechos.” José Martí compartía esta visión al decir que “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”. Fidel, digno heredero del Apóstol, convocó a continuar con esa batalla al comprobar que el fracaso económico y político del neoliberalismo no se traducía en la conformación de un nuevo sentido común posneoliberal debido, precisamente, a la derrota sufrida en el terreno de la cultura, de las ideas, de los valores.

En ese crucial campo de la lucha antisubversiva que son los medios (y recordemos que quienes nos oponemos al capitalismo y al neoliberalismo somos caracterizados como “subversivos”) se produjo en las últimas décadas un fenomenal proceso de concentración corporativa. En una intervención hecha hace unos pocos años atrás el cineasta y documentalista australiano John Pilger afirmó que este proceso de concentración remata en la instauración de un “gobierno invisible” e incontrolable, que no rinde cuentas ante nadie y que actúa sin ninguna clase de restricciones efectivas a su enorme poderío. Por supuesto, una estructura de este tipo, agregamos nosotros, es absolutamente incompatible con la democracia. Pero oigamos a Pilger: “Hay que considerar cómo ha crecido el poder de ese gobierno invisible. En 1983, 50 corporaciones poseían los principales medios globales, la mayoría de ellas estadounidenses. En 2002 había disminuido a sólo 9 corporaciones. Actualmente son probablemente unas 5. Rupert Murdoch (de la megacadena Fox) ha predicho que habrá sólo tres gigantes mediáticos globales, y su compañía será uno de ellos.”

Concentración mediática, oligopolios multimedia que medran también en Nuestra América: O Globo en Brasil, Televisa en México, Clarín en la Argentina y el duopolio massmediático en Colombia son exponentes regionales de esta tendencia que, por doquier, constituye una mortal amenaza a la democracia. Porque, ¿qué duda cabe?, no puede haber estado democrático, o una democracia genuina, si el espacio público del cual los medios son su “sistema nervioso” tiene una estructura profundamente antidemocrática, en cuyo vértice se encuentra un puñado de enormes corporaciones multimediáticas que dominan a su antojo la escena mediática. Gracias a los grandes avances de las ciencias de la conducta y las neurociencias un enorme intelectual norteamericano como Noam Chomsky asegura que los medios han adquirido una formidable capacidad para “formatear” la opinión política, imponer su agenda de prioridades y, en algunos casos –no siempre- son capaces de fabricar a los líderes políticos (caso de Silvio Berlusconi en Italia) que habrán gobernar. Y si no los inventan del todo ayudan a la emergencia de algunos, a los que brindan toda su protección y le ofrecen un “blindaje mediático” que los torna prácticamente inmunes a toda crítica, como lo comprueba, en estos días, el papel de los medios hegemónicos en la Argentina y Brasil. La amenaza a la democracia es enorme porque con la concentración de los medios y la instauración de una aplastante hegemonía se consolida en la esfera pública un poder oligárquico que, articulado con los grandes intereses empresariales, puede manipular sin contrapesos la conciencia de los televidentes y del público en general, instalar agendas políticas y candidaturas e inducir comportamientos políticos, todo lo cual desnaturaliza profundamente el proceso democrático.

De ahí la enorme importancia de TeleSUR, creada por obra de la sabia inspiración del Comandante Hugo Chávez, que percibió como pocos la gravísima amenaza que para el futuro democrático de Nuestra América representaban los medios controlados por una coalición absoluta e intransigentemente enemiga de cualquier proyecto democratizador. La situación exigía una lucha permanente en contra de esos bastiones del autoritarismo y la reacción, batalla que debía ser librada a escala continental. En las reuniones previas a la creación de TeleSUR Chávez recordaba una sentencia de Simón Bolívar más que apropiada para los tiempos actuales: “nos dominan menos por la fuerza que por la ignorancia y la superstición.” Precisamente, para combatir ambas fue creada TeleSUR. La beligerancia de la derecha no es casual si se tiene en cuenta la trascendental labor hecha por esta señal informativa desde el momento en que apareciera, once años atrás. Gracias a ella no sólo estamos informados, cuando antes estábamos desinformados; sino que estamos bien informados, con periodistas que comparten nuestra cultura y nuestros sueños, que nos muestran lo que las oligarquías locales y el imperialismo no quieren que veamos, como las infames maniobras perpetradas durante el golpe en Honduras o los crímenes perpetrados por la OTAN en Libia. Con haber hecho sólo esto TeleSUR habría justificado con creces su existencia.

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