octubre 16, 2021

¿Qué pasó, pasa, y pasará, en Cataluña?

11 de septiembre. 12 de octubre. Dos días nacionales, el de Cataluña y España. Tan cercanos en lugar pero tan lejanos en conciencia. Cataluña lleva semanas siendo noticia en portadas internacionales por un conflicto territorial. La trifulca tiene siglos de historia. Tanto tiempo que incluso se dice, burlescamente, que las américas son más españolas que Cataluña, comparando la invasión de los Reyes católicos en 1492 con la de Cataluña en 1714 por el primer rey Borbón, Felipe V.

A pesar de la política autoritaria y centralista de los Borbones, Cataluña siempre ha sido una tierra de resistencia en defensa de su cultura, lengua, e incluso una región de comercio internacional que le ha hecho enriquecerse de interculturalidad chocando con la retrógrada y tradicional España.

El conflicto entre España y Cataluña no solo se nutre de historias bélicas y de simbologías nacionales sino incluso de cosmovisiones diferentes por sus divergentes modelos productivos. Cataluña fue la tierra de la Revolución Industrial en la península ibérica, convirtiéndose en el siglo XIX y XX como centro de la producción textil internacional. Mientras una parte de España seguía viviendo en el feudalismo, tanto en infraestructura como superestructura, Cataluña se estructuraba en un capitalismo más avanzado a la europea entrando en la fase de la lucha de clases entre burguesía y proletariado. A la vez que también era evidente, a diferencia del latifundismo español, la existencia de la pequeña burguesía.

Cataluña hasta la Guerra Civil (1936-1939), tras el golpe de Franco, fue el centro de las miradas del anarquismo internacional con experiencias de colectivización contra el poder elitista del catolicismo. Mientras la nación española se dibujaba durante siglos de un cuerpo tradicional, militar, católico, monárquico, … Cataluña se reflejaba como una nación subyugada, progresista, laica, … En plena II República, el presidente catalán Lluis Companys declaró como repulsa a la derecha tradicional española la República catalana en 1934, una declaración que no tardó en ser reprimida militarmente. Como dijo el ministro fascista José Calvo Sotelo en 1935, “España antes roja que rota”. Por ello, durante la dictadura franquista (1939-1975) no solo fueron reprimidos comunistas y progresistas, sino cualquier acto que hiciera referencia a las naciones periféricas, como vascos, gallegos y catalanes. “España es una, grande y libre”, donde la política represiva se imponía a las realidades sociales de un país multicultural y plurinacional.

Aunque muriera Franco, y España aprobará una nueva Constitución en 1978 legalizando a todos los partidos y culturas, hoy es visible que aquella Transición fue un proyecto corto. España llevó más un proceso de modernización, dejando el proteccionismo económico del fascismo tradicional para entrar en las reglas del juego del capitalismo internacional e insertarse en la Comunidad Económica Europea y la OTAN, que un proceso de democratización. Una transición, llena de miedo y temores de los perseguidos por el fascismo, que no hacía memoria histórica de la Guerra Civil y los casi 40 años de dictadura, con sus miles de muertos y exiliados, donde su Constitución dejaría claro los dos primeros artículos como intocables: “España es una monarquía y España es indivisible”.

El inicio del proyecto de un nuevo Estado en los años 80, las burguesías vascas y catalanas sabían que era un momento de pragmatismo cediendo intereses nacionales para defender sus intereses económicos junto con la burguesía española. Una alianza formalizada por Felipe González. El pacto entre Estado y naciones periféricas empezó a vivir sus primeras grietas cuando José María Aznar ganó la Presidencia en 1996, y sus valores del centralismo del nacionalismo español prevalecieron en la agenda.

El primer gesto del Gobierno español contra la descentralización o la plurinacionalidad del Estado fue la negativa a negociar una propuesta de Estatuto Político de la Comunidad de Euskadi que aprobó el Parlamento vasco en 2004. La reforma del Estatuto de autonomía vasco podría ser una herramienta para acabar con el conflicto con el grupo armado independentista ETA. El parlamento de Madrid rechazó la propuesta en febrero de 2005. Y el segundo gesto contra cualquier negociación con naciones periféricas por parte del Gobierno central fue la sentencia del Tribunal Constitucional en 2010, tras la demanda del Partido Popular, de considerar ilegal un nuevo Estatuto de Autonomía de Cataluña que fue aprobado por referéndum legal en 2006. El status quo del Partido Popular contra cualquier descentralización o propuesta de plurinacional alimentó al mismo movimiento independentista catalán saliendo el 11 de septiembre del año 2010, Día Nacional catalán, miles de personas a la calle.

En las elecciones catalanas de 2012 participó por primera vez a nivel nacional una fuerza independentista anticapitalista, Candidatures d’Unitat Popular (CUP), que junto a la histórica socialdemocracia catalana, Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) y la derecha, Convergencia i Unió (CiU), presentaron un proyecto común para realizar una consulta ciudadana en 2014 sobre el futuro de Cataluña. Votó casi el 40%, con el resultado del 80% de votos a favor de ser Cataluña un estado independiente

La consulta fue declarada ilegal por el Tribunal Constitucional. Un golpe del nacionalismo español defendiendo legalidad llevo a otro golpe del nacionalismo catalán defendiendo la legitimidad. Se adelantaron elecciones autonómicas para septiembre de 2015 y se presentó una candidatura unitaria entre ERC y CiU (ahora llamado Partido Demócrata Europeo Catalán PDeCAT, para limpiar su imagen por amplios casos de corrupción) bautizada como Junts Pel Si (JXS), donde no quiso entrar directamente la CUP por sus contradicciones entre lucha nacional y lucha de clases. La campaña electoral de JXS se enfocó principalmente en realizar un referéndum de autodeterminación en 18 años, efecto que hizo también dar pie a los partidos nacionalistas españoles como el Partido Popular y la formación Ciudadanos ocultando así los impactos de la crisis económica española. El resultado de las elecciones dio mayoría absoluta a JXS, con apoyo de la CUP, y Carles Puigdemont se convirtió en el nuevo presidente catalán.

Dada la promesa electoral, el 1 de octubre se celebró el referéndum no legal para España, pero si legítimo para Cataluña, par definir el pueblo catalán su destino. Dado que miles de catalanes, hablando tanto en castellano como en catalán, habiendo nacido en Sevilla o Barcelona, de barrios humildes o barrios más opulentos, … querían votar, hicieron todo tipo de artimañas para librarse de los mecanismos de represión que había activado el Gobierno de Rajoy. Miles de policías enviados de todo el Estado entraron en colegios electorales, con el computo de 900 ciudadanos heridos, para prohibir que los ciudadanos tuvieran el derecho a votar. El tufo a franquismo moderno olía por las calles. La dura represión contra la ciudadanía, que dio la vuelta al mundo, no tuvo la condena, sino apoyo, del Jefe de Estado Felipe VI y las autoridades de la Unión Europea. Dejando claro que la “democracia occidental es solo democracia cuando es nuestra democracia”.

A pesar de la represión, los hackeos informáticos, y el robo de urnas y papeletas por parte de la policía estatal, el 43% de catalanes pudieron votar y de ahí el 90% dijo Si a la Independencia. ¿Y ahora qué? La última semana ha sido todo un estrés político y social. El presidente catalán Puigdemont, lanzó su pequeña piedra. Es consciente que si hacía la Declaración Unilateral de Independencia (DUI) de Cataluña la respuesta del Gobierno de Rajoy sería activar el artículo 155 de la Constitución Española donde el gobierno puede usar la fuerza para que Cataluña cumpla la legalidad. Por ello, Puigdemont, en un mensaje sin claridad y contradictorio, afirmó en el Parlamento catalán que “Cataluña se ha ganado el derecho a ser independiente” por los resultados del referéndum, pero “que suspende por semanas esta declaración”. Un mensaje para hacer tiempo y buscar apoyos internacionales para abrir diálogo con el Gobierno bajo mediadores.

¿Fue acertada la posición del presidente catalán? Veremos el resultado las próximas semanas. Aún así, lo que si podemos concluir, en nuestro presente, es que las declaraciones de Puigdemont más que conseguir que Rajoy, y el mismo Rey, cambien su belicismo por negociación haya generado un cambio de estado de optimismo a cierta incertidumbre y pesimismo a los miles de catalanes luchan por vivir en un estado independiente. ¿El sueño se cumplirá? ¿Que pesará más la legalidad o la legitimidad?

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