enero 11, 2022

Nostalgias de reportero

El periodista, en su expresión más clásica, la del reportero, ha sido graficado de muchas maneras en novelas, películas y dibujos, siempre como una persona acuciosa en busca de cosas novedosas indagando sobre temas no siempre habituales. Su labor casi detectivesca concluía con la elaboración de una crónica, un reportaje o una noticia. Los temas variados, siempre buscando responder al interés ciudadano y que, además, sea novedoso. Los medios entonces, principalmente los periódicos, no solo informaban, sino que eran pequeñas piezas literarias para el goce de sus lectores.

Qué tiempos aquellos diría alguien -aunque toda comparación es odiosa- al observar el contenido de los actuales periódicos, todavía rescatables en alguna medida (pues es mejor no referirse a la tv o al internet, menos a las redes sociales) donde la noticia se ha reducido a la mínima expresión, privilegiando la imagen u otros elementos, casi ha desaparecido el reportaje y la crónica ha quedado confinada a los libros.

Es obvio que el periodismo ha cambiado, como todas las actividades humanas, con el desarrollo de la tecnología y con la rapidez con que ahora se intercambia información en el mundo. La primicia ha desplazado a la investigación, el golpe noticioso es más valorado que el trabajo profundo, la crónica roja se ha impuesto sobre los temas de interés social y la política se ha farandularizado dentro de los medios.

Los periodistas han visto “facilitada” su labor con la llegada del internet y las redes sociales. El reportero que antes debía buscar a sus fuentes, entrevistarlos libreta en mano, cruzar información, documentarse en hemerotecas y bibliotecas, ahora ha llegado a extremos casi inconcebibles e inimaginables. Hoy la noticia ya se busca en la fuente primaria, ya no es importante. La fuente es Twitter y de los 140 caracteres de sus mensajes se generan las más variadas noticias, logrando la inmediatez pero resignando la calidad, la veracidad. Los periodistas ya no salen a las calles, ya no se enfrentan cara a cara con los actores noticiosos, ya no observan los hechos, prefieren que se los cuenten, no buscan las fuentes ni las contraponen, pues resulta más fácil obtener información en Twitter o en Facebook y documentarse en Wikipedia o simplemente googlear, con todo el riesgo que significa aquello para la solidez de la información.

Se puede justificar este deterioro del trabajo periodístico, a título de desarrollo tecnológico, pero nada puede explicar que esto haya derivado en la pauperización de los periodistas y en muchos otros casos su reemplazo por expertos en redes, casi siempre jóvenes con menores exigencias salariales.

Pueden cambiarse los soportes sobre los cuales se publican los periódicos, pero aquello no justifica dejar de hacer periodismo. Porque no se puede llamar así a la labor que cumplen estos modernos medios más dedicados a la rentabilidad empresarial, en unos casos, o a la manipulación política en otros, que a llevar la información y la opinión sobre hechos de interés ciudadano a la población. Eran otros tiempos me dirán algunos, seguramente con unas palmaditas en la espalda, invitándome a tener resignación ante la desaparición del periodista reportero, el mejor oficio del mundo.

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