enero 9, 2022

Fukuyama y las lecciones olvidadas de Rousseau

Posiblemente este divorcio entre ideas como libertad y justicia, democracia e igualdad, es sólo un artificio aparente pero no real inventado no por socialistas ni liberales, sino por aquellos que niegan la posibilidad de una sociedad justa y rica, democrática y sin pobres, donde se gobierne para todos y no para pocos.

Vivimos en una era en la que todos los paradigmas para entender la vida del ser humano en sociedad atraviesan una profunda crisis de legitimidad. Ningún modelo ideado durante los dos siglos pasados ha dado los resultados esperados, sea desde la izquierda, sea desde la derecha. Marxistas y liberales enfrentan realidades que hacen contradictorios los resultados y el discurso propugnado durante años y años de debate.

Por un lado, tenemos estados que se levantaron con las banderas de la igualdad y hermandad humana pero terminaron en regímenes totalitarios y altamente represivos controlados por un reducido grupo de burócratas sacrificando, libertades individuales y derechos humanos fundamentales. Por el otro, bajo el nombre de la libertad, se levantaron Estados plutocráticos no menos violentos pero sí más sutiles que emprendieron una globalización capitalista que extendió la ideología liberal a la par que la desigualdad y la pobreza, con EE.UU. como la mejor ejemplificación de esta hipocresía.

Este país no sólo extendió su dominio sobre el planeta mediante invasiones, implacables intervenciones y una inacabable lista de violaciones a los derechos humanos, sino que construyó un sistema político que encumbró a un reducido grupo de oligarcas que llevaron al mundo a una nueva crisis económica durante la primera década de este siglo y de paso pagó sus deudas a costa de millones de desempleados y desalojados en su propio territorio.

Si bien las utopías socialistas cayeron junto con el muro de Berlín, las ilusiones liberales explotaron con la crisis de la burbuja inmobiliaria de 2008. En el centro del debate, por lo tanto, colisionan conceptos como libertad política, desigualdad económica, democracia y justicia. Todas palabras que expresan algún anhelo de la especie humana y, por alguna extraña razón, hoy en día son sumamente contradictorias.

Francis Fukuyama, célebre por su tesis sobre fin de la historia, el triunfo de la economía de mercado y la democracia liberal, se ha propuesto, muy tardíamente, comprender la relación entre estabilidad democrática y desigualdad económica. El punto de partida: los gobiernos “populistas” que se extendieron por Latinoamérica durante las dos primeras décadas del siglo XXI. En su ensayo Dealing with Inequality, publicado en 2012, Fukuyama se cuida de hacer nuevamente afirmaciones categóricas, muy consiente ahora de que no es posible señalar ni muertos ni vencidos con toda seguridad. Más bien, se pregunta sobre la aparente contradicción entre democracia liberal y desigualdad económica, o si se quiere, libertad individual y pobreza colectiva.

En su trabajo, no reconoce todavía la relación entre incremento de la pobreza y desmoronamiento de las instituciones de la democracia liberal, pero sí se cuestiona si es posible erigir regímenes políticos que garanticen la libre empresa y un gobierno mínimamente interventor al mismo tiempo que puedan proveer cierta igualdad de oportunidades para los individuos entendidos tanto como agentes económicos como ciudadanos. Conclusión: ninguna. Elocuente forma de expresar el desconcierto de liberales como él ante la crisis que las democracias de todo el mundo atraviesan, y no sólo en países sub desarrollados como los de Latinoamérica, sino también en Estados económicamente exitosos como los EE.UU., donde el conservadurismo más recalcitrante se sobrepuso a la socialdemocracia desde antes de la llegada de Trump al poder.

“Algunos han sostenido que la desigualdad global también ha aumentado durante estos años, aunque esta afirmación es muy debatida y depende de la forma en la que uno defina y mida la desigualdad”, dice Fukuyama al referirse a las primeras décadas de implementación del modelo neoliberal no sólo en los países desarrollados sino en el mundo. Curiosa forma de desconocer que sólo ocho multimillonarios concentran actualmente mayor riqueza que 3600 millones de pobres en todo el mundo, como indican Birgit Mahnkopf y Elmar Altvater en su artículo El planeta limitado y la globalización del 1%, publicado en la prestigiosa revista Nueva Sociedad, en su número de septiembre de este año.

Fuera de lo que la academia liberal más recalcitrante puede llegar a desconocer, lo cierto es que esta desigualdad no sólo se presenta ahora en países en vías de desarrollo o sub desarrollados como sucede en la mayor parte de Latinoamérica. Así, mientras países como Sierra Leona enfrentan un índice de Gini del 0,62, países como EE.UU. hoy registran un índice de 0,47. El índice de Gini es un coeficiente que mide la distribución del ingreso por países mediante una escala que va del 1 al 0 y donde 1 representa el nivel más alto de desigualdad, mientras que cero el más bajo. Es decir, la desigualdad hoy afecta a países del propio centro desarrollado, a pesar de que los ingresos per cápita entre países pobre y países ricos sigan siendo altamente desiguales. Así, mientras en Bolivia dicho ingreso es de 3 mil dólares por persona, en EE.UU. es de 57 mil dólares.

Pero la preocupación de Fukuyama, no lo olvidemos, no reside en la pobreza por sí sola, sino en cómo la pobreza afecta negativamente a los regímenes democráticos. “Comencemos con los argumentos de que la desigualdad mina o pone en peligro la democracia. Kate Pickett y Richard Wilkinson presentan datos (…) que indican que altos niveles de desigualdad están correlacionados con un cúmulo de enfermedades sociales, como uso de drogas, criminalidad, obesidad (…) poca confianza social (…) Mientras ninguno de estos resultados desmejora la democracia, sociedades democráticas están claramente mejor cuando sus ciudadanos son sanos, bien educados, seguros y así…”, sostiene Fukuyama, también desconociendo los efectos políticos como los corralitos financieros en Argentina y la pobreza extrema de Venezuela o Bolivia.

Es decir, el autor que aquí nos ocupa no parece ser capaz de analizar fenómenos indiscutibles como los experimentados por Latinoamérica durante las últimas décadas. Extremos niveles de pobreza acompañados por otros clivajes sociales como aún lo son étnicos, de género, religiosos y más, dieron por resultado una crisis política que dio paso a gobiernos criticados de populistas que, obviamente, cuestionaron, y en muchos casos socavaron, las instituciones de unas democracias que no sólo no resolvieron los problemas económicos y sociales de estos países, sino que los empeoraron crónicamente. Ser ciudadano, entonces, es una categoría política sumamente dependiente de la situación económica que la acompañe. Lo que quiere decir que los pobres no son los mejores demócratas, ni los ricos que están sobre ellos.

El fin de toda esta crítica no es, por supuesto, defenestrar a Fukuyama como académico, sino señalar la profunda ruptura que existe no entre liberales y no liberales, sino entre puntos de vista que desconocen o aceptan la existencia de la desigualdad socioeconómica en el mundo actual. Desigualdad socioeconómica que se traduce políticamente, en forma de gobiernos como los de Hugo Chávez, Donald Trump o Evo Morales.

Por supuesto, existen grandes diferencias entre cada uno de estos, enormes e imposibles de salvar. Pero todos son una respuesta, ya sea por la derecha, ya sea por la izquierda, de una deslegitimación del modelo de democracia liberal que terminó dando luz no a sociedades gobernadas bajo principios de libertad, justicia e igualdad, sino por principios de simple y llana acumulación de riquezas, sea desde el Mercado o desde el Estado. La emergencia de “populismos”, del signo que sean, es un claro síntoma de que ninguna forma de gobierno es estable con altos niveles de desigualdad. Sucedió con la unión Soviética y sucede hoy en EE.UU.

Posiblemente este divorcio entre ideas como libertad y justicia, democracia e igualdad, es sólo un artificio aparente pero no real inventado no por socialistas ni liberales, sino por aquellos que niegan la posibilidad de una sociedad justa y rica, democrática y sin pobres, donde se gobierne para todos y no para pocos. Dos pilares de la filosofía política pueden darnos una respuesta para esta aparente contradicción en el mundo de las ideas.

La primera de uno de los padres pensamiento occidental, Aristóteles, quien en su famosa obra, “Política” sostiene que hay un momento en el que toda democracia degenera en demagogia, toda aristocracia en oligarquía y toda monarquía en tiranía. Ese momento es cuando se gobierna a favor de pocos, en vez de gobernar a favor de la sociedad como conjunto. O como Jean Jaques Rousseau lo dijo en su famosa obra El Contrato Social, y posiblemente Fukuyama haría bien en recordarlo: libertad es cuando nadie es lo suficientemente rico como para comprar a otros, ni nadie lo suficientemente pobre como para verse obligado a venderse. Existe un punto, entonces, donde toda forma de gobierno se hace mala, donde todo régimen político se hace insostenible y donde la palabra justicia se hace más urgente que la palabra libertad, sin ser por ello contradictorias.


*    Es politólogo.

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