noviembre 28, 2020

Fidel Castro y el sueño de lo imposible


Por Javier Larraín Parada-. 


“26 de julio; rebelión contra las oligarquías y contra los dogmas revolucionarios” Ernesto Che Guevara

Anticipándose en ochenta días a unas elecciones presidenciales programadas, el militar Fulgencio Batista, que ya contaba a su haber con un nutrido prontuario represivo, el lunes 10 de marzo de 1952 promovió un golpe de Estado en Cuba, destruyendo la institucionalidad democrática de la nación caribeña y desatando una feroz dictadura.

Entre las numerosas protestas, huelgas, planes de magnicidio y otras acciones contra el tirano, una sobresale por su proyección histórica: los asaltos a los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba, y Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo.

Pero, ¿qué ideología abrazaban los rebeldes liderados por Fidel Castro? ¿Cuál era su estrategia y programa político? ¿Cuál es el real significado histórico de este alzamiento?

Desconcierto popular

A cuatro días del oportunista cuartelazo militar, la prestigiosa y combativa Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) –fundada por el joven comunista Julio Antonio Mella–, hizo público un comunicado que llamaba a la población a condenar a Batista y exigir la inmediata restauración de la institucionalidad republicana.

Ante la pasividad de los partidos políticos tradicionales, el también exdirigente estudiantil y joven abogado Fidel Castro, de tan sólo 25 años, el lunes 24 de marzo se acercó al Tribunal de Cuentas de La Habana para demandar al usurpador: “La lógica me dice que si existen tribunales, Batista debe ser castigado; y si Batista no es acusado, si continúa siendo jefe de Estado, presidente, primer ministro, senador, jefe civil y militar, depositario del poder ejecutivo y legislativo, dueño de la vida y los bienes de los ciudadanos, entonces, es que los tribunales ya no existen, él los ha suprimido”.

En efecto, apoyado por la burguesía agroexportadora azucarera local, en contubernio con el capital monopolista estadounidense –controlador del 100% de la minería del níquel, el 90% de los servicios de telefonía y electricidad, el 70% de las refinerías de petróleo, el 25% de las inversiones inmobiliarias asociadas al turismo–, el batistato ponía una lápida a cualquier reclamo de constitucionalidad, acabando de paso con las esperanzas de una población acostumbrada la última década al ejercicio democrático, por muy limitado y viciado que estuviese.

Planificando la esperanza

Como miembro de las juventudes del Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo), fundado en 1947 por el político Eduardo Chibás como fuerza nacionalista, antiimperialista y referente moral denunciante de la corrupción gubernamental, Fidel se apresuró en realizar una minuciosa labor político-ideológica con parte de la militancia de base de aquel partido, formada mayormente por obreros, campesinos y sectores de la pequeña burguesía urbana.

Junto a sus compañeros más próximos, Fidel logró crear, al interior del chibasismo, un aparato armado selectivo, compartimentado y secreto, de una dirección dual –política y militar– fuertemente centralizada, cuya organización en células se extendió por las barriadas periféricas de La Habana y otras provincias, como Pinar del Río.

Con una disciplina y voluntad férreas, durante 16 meses el joven abogado se dedicó personalmente a seleccionar y entrenar a 1200 potenciales rebeldes, de los cuales finalmente sólo poco más de 130 serían los escogidos para el planificado asalto al Cuartel Moncada, segunda fortaleza militar dela Isla.

Los sucesos del domingo 26

La totalidad de los insurrecto se congregaron la noche del sábado 25 en la Granjita Siboney, previamente alquilada y transformada en avícola como fachada, ubicada a 13 km. de Santiago.

Horas antes de enrumbar al Moncada, Fidel arengó a su tropa: “Compañeros: podrán vencer dentro de unas horas o ser vencidos, pero de todas maneras, ¡óiganlo bien compañeros!, de todas maneras este movimiento triunfará. Si vencen mañana, se hará más pronto lo que aspiró Martí. Si ocurriera lo contrario, el gesto servirá de ejemplo al pueblo de Cuba, a tomarla bandera, y seguir adelante. El pueblo nos respaldará en Oriente y en toda la Isla. ¡Jóvenes del Centenario del Apóstol, como en el 68 y el 95, aquí en Oriente daremos el primer grito de Libertad o Muerte!”.

De esta manera, armados de 40 escopetas automáticas, 35 fusiles Remington calibre 22, 24 fusiles Savage calibre 22, 60 pistolas de distintos calibres y marcas, 3 fusiles Winchester, 1 subametralladora sin culatín, 1 carabina M-1 y 10 mil proyectiles de distintos calibres, entre otras armas, a las 5:15 de la madrugada, al menos 16 autos trasladaron a los asaltantes para cumplir su objetivo: 1) Controlar el Hospital Civil Saturnino Lora (situado frente al patio trasero del cuartel); 2) Controlar el Palacio de Justicia (ubicado en uno de los flancos del cuartel); 3) Ingresar al propio Cuartel Moncada, reducir a los soldados dormidos, apropiarse de algunas armas y conminar a la tropa a la insubordinación. Tres acciones planificadas para llevarse a cabo de manera simultánea.

Por cuestiones azarosas, que van desde las malas condiciones del camino entre la granja y la ciudad, la rotura del neumático de uno de los autos destinados a la entrada del cuartel, el extravío de otros tres choferes y la aparición sorpresiva de dos patrullas policiales –a causa de los Carnavales– en las calles circundantes al Moncada, además de un accidente del automóvil que llevaba al propio Fidel –a escasos 30 metros de la puerta principal del recinto–, y aun cuando un grupo de vanguardia logró ingresara los patios interior del cuartel y reducir a decenas de soldados, contra lo esperado el combate terminó por darse fuera de la fortaleza, dispersando a los asaltantes, impotentes ante el colosal poder de fuego militar, provisto de una ametralladora calibre 30 emplazada en una azotea.

La frustración de los planes se tradujo en un saldo de cinco moncadistas y 11 soldados muertos en la acción. A las pocas horas, Batista dio una orden despiadada: “Por cada soldado muerto quiero 10 revolucionarios muertos”. En los días siguientes, efectivos del Ejército y los órganos represivos apresaron, torturaron y asesinaron a 55 de los asaltantes. A comienzos de agosto, Fidel fue capturado en la Sierra Maestra, siendo enjuiciado y sentenciado a un presidio de 15 años.

Propósitos y lecciones de la estrategia armada

Los documentos “A la nación”, redactado el jueves 23 de julio para ser trasmitido por radioemisoras a lo largo del territorio nacional a primera hora del domingo 26, y “La historia me absolverá”, autodefensa de Fidel en el juicio condenatorio por la rebelión, nos permiten reconocer de primera mano el carácter ideológico y los objetivos políticos de los moncadistas.

Lo más notable es que se trata de una estrategia de asalto inmediato al poder, destinada primero a hacerse de armas, para luego dividir al Ejército y seguidamente llamar a una insurrección popular; o sea, sería una acción militar combinada con luchas de las masas. Estrategia arraigada en la población cubana, desde las guerras por la independencia en el siglo XIX hasta las acciones del joven socialista Antonio Guiteras en las sublevaciones de la década del 30. En palabras del propio Fidel: “La operación Moncada fue el intento de tomar el poder de una cierta forma, fulminante. Apoderarnos del Regimiento y de sus armas, levantar la ciudad de Santiago de Cuba, lanzar la consigna de la huelga general en el país, y si en último caso no lo lográbamos, sencillamente marchar a la montaña con aquellas armas”. Aquí cabe destacar que los moncadistas se proponían constituir una fuerza auxiliar de las masas y no ser el “partido/movimiento vanguardia”.

Debido a su heterogeneidad clasista –cuyos elementos de una pequeña burguesía radicalizada son gravitantes–, el discurso de los asaltantes era amplio, demandando ante todo la democratización política y justicia social (herencia de José Martí y Chibás), de allí que en su programa se destaquen tres elementos centrales: primero, la identificación de la tiranía como el enemigo central a combatir; segundo, la definición de “pueblo” como algo concreto, clasista –punto que les distancia del populismo de la época–, que incluye a campesinos temporeros, pequeños propietarios rurales, obreros industriales, artesanos, desempleados, comerciantes, docentes, profesionales de clases medias, en otras palabras: a “los pobres del campo y la ciudad” –que en conjunto representaban casi el 70% de la fuerza laboral–; tercero, la exposición de tareas inmediatas a consumar, mismas que iban desde la reinstauración temporal de la Constitución de 1940, a una modesta reforma agraria, la confiscación de los bienes malversados por los politiqueros de turno y la participación obrera y campesina en sus respectivos espacios productivos.

En síntesis, se trataba de un programa de carácter democrático-burgués, nacionalista y antiimperialista, irresuelto aún en la Cuba dependiente de los ‘50. Al respecto, el propio Fidel ha dicho: “Nuestro programa, cuando el Moncada, no era un programa socialista, pero era el máximo de programa social y revolucionario que en aquel momento nuestro pueblo podría plantearse”.

El sueño de lo imposible

Un estudio riguroso de los hechos que rodearon el Asalto al Cuartel Moncada permite extraer valiosas conclusiones prácticas y teóricas a las y los revolucionarios comunistas de América Latina. En primer lugar, porque avizoramos la decisión de un líder que, asido de la tradición y partiendo de las condiciones objetivas materiales de la sociedad en que vive, decide ir a contracorriente de “lo posible” en su época y desafiar a todo un consolidado sistema de partidos políticos y generaciones de politiqueros para reivindicar el protagonismo de la juventud, al tiempo que desafía, hasta derrotar posteriormente, a un Ejército moderno.

En segundo lugar, la odisea de Fidel y sus compañeros debe apreciarse en la cualidad que tuvieron de metamorfosearse ellos mismos, de desbordar sus propias extracciones sociales y eventuales intereses de clase y su idea republicana de nacionalismo radical para, en menos de dos lustros, convertirse en conductores de una revolución socialista.

El Moncada sentó las bases para una etapa superior que permitió al pueblo cubano la construcción del socialismo, pues de la rebelión se pasó a la revolución. Llevándose con ello la historia por delante, aproximando el porvenir, y tirando para siempre al tacho de la basura histórica los manuales que, atestados de frases descontextualizadas y dogmas, en nombre del marxismo-leninismo definían qué era “lo posible” en Cuba y el resto de los países neocoloniales. En definitiva, Fidel demostró que el futuro es y será siempre presente: “No tendría tanta transcendencia esta fecha y lo que ella simboliza si no entrañara un sólido aliento, una firme esperanza de que hay remedio a los males de los explotados y hambrientos. ¡Esta fecha tiene valor no como hecho que se proyecta hacia el pasado, sino como hecho que se proyecta hacia el porvenir!”.

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