septiembre 21, 2020

La narrativa de la mentira

No hay duda que los activistas de la oposición, militantes o no de partidos tradicionales que nunca hicieron nada bueno por el país, se han convertido en parte de la realidad política. Son protagonistas de un libreto cuya estructura narrativa gira entorno a la exaltación de una democracia idealizada que jamás fue conocida por la inmensa mayoría de la población.

Estos activistas, unos viejos, otros jóvenes, han optado por no aparecer con la sigla de sus partidos en el pecho. Es una decisión inteligente pues de lo contrario se verían en figurillas para defender la entrega de nuestros recursos naturales a las transnacionales, la sumisión vergonzosa a los mandatos de los Estados Unidos a través de su embajada, la concentración de la riqueza en pocas manos mientras se miraba con insensibilidad el crecimiento de la pobreza y la extrema pobreza, el racismo y toda forma de discriminación, la democracia basada en la repartija y el aprovechamiento de su condición de gobierno para acceder a dólares preferenciales y empresas con problemas financieros.

En su narrativa no está ese lado oscuro de su paso por el gobierno. No está los gastos reservados ni los elevados sueldos, mientras a la inmensa masa de trabajadores se les congelaba los ingresos. Quizá algunos aleguen que son jóvenes y que nunca ejercieron el poder. Eso es irrelevante, pues no es un tema personal sino la visión y los intereses que defienden. Es lo viejo que se pone un traje juvenil. Es lo viejo que quiere volver con rostro joven. En su relato está la estigmatización y el desprecio de todo lo bueno que hasta ahora hizo Evo Morales. Con el presidente indígena no estuvieron antes y tampoco estarán mañana.

Estos activistas de derecha poco o nada de relevancia tendrían sin el apoyo de algunos medios de comunicación que, en realidad, son los que le dan fuerza a la narrativa conservadora. Sus acciones son amplificadas por intrascendentes que fueran. Por tanto, de por medio está la mentira sistemática o la tergiversación a niveles que rebasan los más elementales principios de ética periodística.

Pero bueno, lo concreto es que esas plataformas están ahí. Es un dato de la realidad. Y de aquí a las elecciones no dejarán de actuar. Por tanto, los que apuestan por la continuidad del proceso de cambio están obligados a construir una narrativa mejor que la de ellos. Hay que ponerle creatividad, lucha y control territorial. Hay que disputar los imaginarios en los medios, pero principalmente en las redes. Y hay que retomar el trabajo político desde una perspectiva territorial pues eso garantizará la victoria popular.

Los movimientos sociales y los ciudadanos comprometidos con el proceso de cambio tienen de sobra argumentos para defender las conquistas de esta revolución. Hay errores, verdad. Hay metidas de pata, verdad. Pero hay más razones para defender lo que se hizo hasta ahora. No hay que temer reconocer los problemas, que de ello depende ser más fuertes para proyectar un país que no puede ni debe volver al pasado vergonzante.

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