junio 20, 2021

Manipulación informativa y guerra de redes


Por Matías Caciabue *-.


Los golpes blandos, la manipulación informativa y la guerra jurídica (law-fare) son instrumentos de una estrategia militar definida como soft-power.

El soft-power es la estrategia central de la net-war o guerra de redes. Este tipo de guerra, cuando incorpora elementos de la estrategia de hard-power, es decir, cuando necesita del uso de los instrumentos militares o de seguridad, se convierte en guerra de enjambre (swarming).

La guerra de redes se basa en la estructuración de unidades de combate autónomas y diseminadas que se dedican al ataque hacia un objetivo común. Esas unidades están coordinadas para golpear desde múltiples direcciones y dimensiones, con el objetivo de destrozar la voluntad de lucha, la unidad y la cohesión del enemigo.

Esta forma de concebir la guerra surge a partir de la consolidación de la denominada cuarta revolución industrial, que refiere a la implementación de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC’s) en todos los ámbitos de la vida social, incluso en el militar.

En los cuadernos de la cárcel, Antonio Gramsci planteó una de sus tesis centrales, aquella que refería al famoso “paso de la guerra de movimiento (y del ataque frontal) a la guerra de posición también en el campo político”.

En pleno siglo XXI, con la “Revolución de las TIC’s” estructurando una nueva fase del sistema capitalista, debemos animarnos a estudiar el paso de la guerra de posición a la guerra en red, también en el campo de la política.

Así como el “asalto al palacio de invierno” quedó superado en la sociedad del capitalismo industrial de posguerra, la “ocupación de las posiciones y trincheras” irá quedando en la obsolescencia en este Siglo XXI.

En ese sentido, se observa como cada vez más los medios de comunicación, y particularmente el inmenso territorio de lo virtual, están organizando, mediando y conduciendo la política en los tiempos actuales.

Pero los medios conducen a las masas no desde la defensa de intereses, sino desde la “conmoción”, es decir, desde la apelación a las emociones.

Con esto logran que el individuo, ante un hecho determinado, pierda racionalidad y pase a evaluar todo desde la moral. En esa situación, poco a poco y casi sin darse cuenta, irá construyendo su apoyo a un proyecto de país contrario a sus intereses económicos y sociales objetivos.

Esta situación de “conmoción” le permite a los medios construir lo que en la teoría de la guerra se denomina como “escenarios estratégicos”, con la promoción de un hecho aislado como un conflicto central cuando este, en su esencia, refiere a algo inherente al sistema social -que escapa a las capacidades de “corto plazo” de quién gobierne como por ejemplo, la inseguridad- o posea una significación poco relevante. Visto desde la distancia argentina, los hechos de la “medalla presidencial” en Bolivia adquieren exactamente esta última característica.

La construcción de estos “escenarios” le permite a los grandes medios ir montando la fuerza necesaria para tener injerencia política, y los partidos políticos de las elites que cuenten con escaso peso específico terminarán cayendo, más temprano que tarde, en la conducción estratégica de los medios de comunicación y en la capacidad de estos de construir esas agendas políticas también en las redes sociales.

La virtualidad se ha erigido, por tanto, como un territorio donde no sólo se construye una nueva forma de relacionamiento entre los sujetos, sino que también en ella se configura la relación entre estos y la realidad que los rodea.

En ese sentido, en la Guerra de Redes los sujetos son organizados en el territorio virtual a partir de lo que podríamos denominar “tribus”, es decir, comunidades homogéneas de intereses.

Cataratas de información falsa –o “fake news” – son arrojadas al territorio virtual, donde no importa su correlato con la realidad, sino cómo reaccionan cada una de las tribus. Para ello, se utiliza una estrategia de marketing llamada “storytelling” (contar historias).

En el uso de “Storytelling” ningún contenido está completo. Es un cuento que presentan de forma muy simple pero segmentada, por ejemplo “luchar contra la dictadura te hace un héroe” y luego otro pequeño relato que afirma “Evo es un dictador”. Se generan múltiples mensajes articulados en los inconscientes de las personas, para generar múltiples reconocimientos con un “sentido común” milimétricamente construido.

Utilizando la Big Data y el procesamiento de datos se clasifican perfiles de personas con diferentes preferencias e intereses para que la “historia contada” penetre más allá de la posición política e ideológica de cada individuo en particular.

Esta táctica comunicacional es operada en favor de los intereses de los grandes grupos económicos locales y transnacionales a partir del uso de antinomias, es decir, falsas contradicciones, que no permiten observar quién es realmente el otro polo de la disputa social objetiva.

En la guerra de redes, las estrategias de soft-power hacen de cada mente un campo de batalla. Las fronteras de la guerra y de la paz, entonces, desaparecen.

La supuesta “hiper-conectividad” virtual y mediática enmascara el más crudo intento de disolución de las articulaciones y mediaciones sociales de las personas, así como sus pertenencias de clase.

Es que la “revolución de las TIC’s” en los últimos tiempos fue cambiando el “qué hace” y el “cómo piensa” de las clases sociales porque la mediación de lo virtual ha cambiado profundamente los procesos de socialización y de aprendizaje de los individuos y, con esto, su forma de comportarse y organizarse.

Utilizando la guerra de redes, las elites económicas, en más de una oportunidad, conducen a los individuos –al ciudadano genérico no organizado- a la lucha callejera.

Pero la calle es un territorio peligroso. El ámbito de lo real siempre ha sido territorio de las clases subalternas. En las calles, éstas pueden hacer crisis con lo que les acontece, y disponerse a construir la organización social necesaria que les permita transitar un cambio de las estructuras sociales.

Debemos tener capacidad, por tanto, de disputar en ambos territorios, el virtual y el real, y poder atacar los puntos débiles del proceso de conducción del capital. Para ello se debe mantener, recrear y potenciar una “guerra de guerrillas” en el territorio de lo comunicacional.

Los movimientos sociales tienen la tarea de generar una mayor capacidad de influencia, que les permita intervenir con éxito en el proceso de desarrollo del conjunto de las luchas sociales, sabiendo que tienen a favor toda una historia de lucha que sigue siendo constitutiva de la personalidad social de las clases subalternas.

En otras palabras, necesitamos potenciar nuestra propia red de lo popular y lo revolucionario.

La teoría es la chispa para encender la transformación. En ese sentido, se torna imprescindible estudiar a fondo las dinámicas de esta “guerra de redes”, para que los Pueblos puedan romper la manipulación informativa y sigan construyendo el destino de su propia emancipación.


*            Miembro del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico, CLAE (Argentina)  www.estrategia.la


 

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