octubre 26, 2020

La transición como territorio en disputa y el peligro de la restauración neoliberal


Por Fernando Rodríguez Ureña *-. 


Si la transición es un territorio en disputa, la consigna debe ser “ni reformismo ni restauración: revolución”. Esa ha de ser la consigna que guíe el accionar y la dirección histórica del nuevo momento electoral del proceso de cambio. Ni reformismo, porque ya sostuvimos que ninguna forma de capitalismo es viable para la liberación de los pueblos, y ni restauración porque debemos ser vigilantes e impedir se restaure el viejo régimen, aun sea con nuevos rostros y con un discurso más democrático e inclusivo.

No prohijemos, como efecto perverso del potenciamiento de la clase media, el surgimiento de nuevas élites pro-capitalistas que se engendren durante la revolución democrática y cultural y usen la corrupción, el enriquecimiento ilícito, el contrabando, el tráfico de tierras, el comercio ilegal, el narcotráfico, la democratización del viejo discurso oligárquico o la vía que sea. No podemos engendrar a quienes para supervivir tendrán que plantearse la destrucción de los movimientos sociales y organizaciones revolucionarias. Los capitalistas o la clase de los propietarios explotadores, siempre será la misma, más allá de los barnices que pueda asumir en diferentes momentos históricos.

El rostro hoy pintado de democracia, mañana -acumulando poder y en nuevas alianzas con el imperio-, puede convertirse en un rostro derechista radical, que pretenda hacer abortar el proceso de cambio, en situaciones similares a lo que se destruyó el socialismo de Allende, ahora utilizando el argumento de las nuevas correlaciones de fuerza a nivel internacional.

Por eso, el programa de profundización del proceso de cambio, no puede plantearse la búsqueda de acuerdos o alianzas que vayan contra los principios y objetivos del proceso de cambio.

Hacer concesiones a los enemigos de clase, no solamente es históricamente innecesario, sino que también puede poner en riesgo el destino de la revolución democrática y cultural, el territorio en disputa, pretendiendo iniciar un nuevo período de “capitalismo desarrollista soberano” o si se explica mejor, de nacionalismo revolucionario.

El socialismo comunitario no es sinónimo de pobreza. El socialismo comunitario no niega el desarrollo de las fuerzas productivas, no niega los procesos de industrialización y el tener una economía que permita mejorar la vida material y espiritual del pueblo.

Lo que niega es un desarrollo sin límites, con una economía atrapada por el mercado mundial, transformando la naturaleza en un simple “recurso” y la explotación de los seres humanos.

Por tanto, no podemos contradecir nuestros principios en torno al Vivir Bien, recordando que el crecimiento sólo debe llegar hasta donde no se afecte a la madre naturaleza, evitando la acumulación y promoviendo la vida digna, sin riqueza “capitalista”, pero con felicidad de los pueblos y naciones que formamos el Estado Plurinacional.

Por eso, en los prolegómenos de un nuevo proceso electoral debemos retornar a las ideas que originaron la revolución democrática y cultural: librar lucha política e ideológica contra las corrientes nacionalistas, capitalistas y mantenedoras de la sociedad dividida en clases al interior y fuera del instrumento político.

Además de no desmayar en la construcción y consolidación del bloque social revolucionario, consolidando la organización y sus corrientes revolucionarias, desarrollando la organización territorial para la defensa del proceso ante los seguros ataques del capitalismo e imperialismo, promoviendo dirigentes revolucionarios locales para construir el poder desde los barrios, las comunidades, los municipios y los gobiernos departamentales.


*         Sociólogo. Militante Guevarista


 

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