octubre 26, 2020

Progresismo, liberalismo y fascismo en las elecciones de Brasil


Por  Gustavo Codas *-.


El 7 de octubre próximo se producirá la primera vuelta de las elecciones generales brasileñas. Si todo ocurre como hasta ahora, se enfrentarán en la segunda vuelta un candidato fascista y uno progresista. ¿Qué harán el centro-derecha y la derecha no fascista? ¿El fracaso de Macri en Argentina está llevando a sus vecinos a abandonar veleidades democráticas? Todo indica que la tentación es grande.


Si las elecciones en Brasil fuesen hoy, según todas las encuestas, iría a la segunda vuelta el militar retirado Jair Bolsonaro, y su contrincante sería Fernando Haddad, exalcalde de Sao Paulo, propuesto por el PT de Lula. Bolsonaro y su candidato a vicepresidente, el general retirado Hamilton Mourão, expresan una amplia gama de prejuicios machistas, racistas contra negros e indígenas, y homofóbicos, además de manifestar públicamente su defensa de la dictadura militar (1964-1985) y de los torturadores y asesinos de presos políticos, así como de la eliminación de derechos sindicales y laborales. Mourão avisó que podrían darse un autogolpe – a lo Fujimori – en caso de que las instituciones no funcionen, y que harán una nueva Constitución que será escrita por “personalidades”, no por constituyentes electos. También proclaman su sumisión a los Estados Unidos de Norteamérica. Autodeclárandose ignorante en temas económicos, Bolsonaro entregó por completo su programa económico a un banquero neoliberal, Paulo Guedes.

¿Como es posible que un sector considerable del electorado brasilero se incline por un perfil como el de Bolsonaro después de 8 años de neoliberalismo refinado (1995-2002) y 13 de progresismo moderado (2003-2016)? En 1983, cuando se discutía el final de la dictadura militar brasilera, el periodista Alipio Freire dio la siguiente definición sobre la clase dominante del Brasil: “en este país los neoliberales son fascistas de vacaciones”.

Para interrumpir el ciclo de gobiernos progresistas, los neoliberales que se consideran democráticos primero esbozaron lo que ya es tradicional en Brasil cuando se trata de enfrentar a gobiernos progresistas, acusar a sus líderes de corrupción. Lo hicieron contra Getúlio Vargas en 1954 (una crisis que lo llevó al suicidio) y contra João Goulart para justificar el golpe militar en 1964.

La campaña de desgaste contra el PT, con acusaciones de corrupción, comenzó en 2005-2006, pero mientras Lula fue presidente no fueron capaces de tumbarlo. La oportunidad se presentó cuando en 2013-2014, al final del primer mandato de Dilma, a las dificultades económicas resultado de la crisis internacional se sumó una conspiración empresarial que tomó la forma de “huelga” de inversiones privadas, lo que llevó al estancamiento económico y mayores dificultades para mantener políticas sociales distributivas y el pleno empleo.

Los neoliberales “democráticos” incendiaron la coyuntura. Derrotados en las urnas en octubre del 2014 por Dilma, desconocieron el resultado, acusando de supuesto fraude. La Presidenta se equivocó y designó a un ministro de economía neoliberal para contemporizar con el gran capital. El resultado fue el peor posible, la burguesía ya le había condenado y el pueblo que la había apoyado en las urnas quedó paralizado.

Fue el momento en que los neoliberales “democráticos” aprovecharon para tentar a los sectores conservadores aliados al PT, ofreciéndoles la presidencia – ya que el propio Vicepresidente Michel Temer, tenía ese perfil. La derecha ganó las calles aguijoneada por la prensa y los jueces y fiscales que acusaban al PT de corrupción en Petrobras, y condujo al golpe de estado parlamentario de 2016. Con elecciones previstas para 2018, faltaba impedir que el PT jugara su principal carta, la vuelta de Lula. Se inventó una condena judicial, precedida de condena mediática, para sacarlo de la carrera electoral.

Para interrumpir el ciclo progresista, la derecha tuvo que sepultar el pacto político que impuso la promulgación de la Constitución Federal en 1988, mediante el cual quien ganaba las elecciones gobernaba, como había sido las seis veces anteriores. Para realizar esa tarea, la derecha no dudó en pisotear las prácticas democráticas más elementales.

Cumplieron 100% de sus objetivos contra el PT. Pero como resultado “no esperado” incubaron el huevo del fascismo. Una parte significativa del electorado que votaba al Partido de la Social Democracia (PSDB) que gobernó el país con Fernando Henrique Cardoso entre 1995 y 2002; y estados importantes como Sao Paulo desde 1994 hasta el presente, se volcó hacia la extrema derecha, atraída por un discurso que repetía aquel menú de intolerancias mezclado con una agitación típica de la guerra fría, agitando los fantasmas de Cuba, Venezuela y el Foro de Sao Paulo.

Tanto así que, Geraldo Alckmin, quien fuera gobernador de Sao Paulo y actual candidato del PSDB a la presidencia no consigue superar el 7% de intención de votos, a pesar de los inmensos recursos financieros, del gran espacio que tiene en la televisión y de la máquina de la gran coalición conservadora que lidera. Es más, no solamente su electorado lo ha abandonado sino también sectores tradicionales del poder fáctico, como banqueros y CEOs del mercado financiero y grandes empresarios, que públicamente ya expresan su apoyo a la candidatura de Bolsonaro.

Cuando Macri ganó la elección presidencial en la Argentina, la derecha brasileña festejó la “nueva vía” de neoliberales llegando al gobierno por vía democrática. Su fracaso, el hundimiento de la economía argentina, las crecientes dificultades políticas de la coalición oficialista, que apenas consigue tapar inventando y acelerando un proceso judicial para intentar encarcelar a la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, tal vez parece haber convencido a la burguesía brasilera de que la mejor fórmula es la que les promete Bolsonaro: fascismo político + neoliberalismo económico + entreguismo neocolonial en la política exterior.

Frente al fascismo solo se alzan fuerzas progresistas. Hasta ahora, además de Haddad, tiene chances el candidato Ciro Gomes del PDT (Laborista), que busca recrear una alianza del espectro progresista con sectores conservadores. Pero, desde su celda Lula – que según todas las encuestas si pudiera ser candidato estaría disparado en primer lugar, pudiendo incluso ganar en la primera vuelta – lanzó a Haddad candidato y este tuvo un sorprendente ascenso en la preferencia electoral, mostrando la gran capacidad de transferencia de votos que tiene el preso político y expresidente.

El martes 18 de setiembre una encuesta mostraba a Bolsonaro liderando con 28% de las intenciones, 2 puntos más que en la anterior. Haddad aparecía con el 19%, 11 más que la semana pasada, resultado de su lanzamiento el 11 de septiembre cuando la justicia acabó de bloquear a Lula. Ciro, tiene 11% pero estancado en ese porcentaje desde hace un mes. El resto de candidatos no llegan a los 2 dígitos.

Desde los sectores sociales la principal reacción contra el fascismo ha venido de las mujeres que lanzaron una campaña suprapartidaria unitaria de rechazo al binomio Bolsonaro-Mourão por los ataques que han hecho a las madres solteras, la apología de la violación, y los prejuicios contra las mujeres negras.

¿Volverá el neoliberalismo brasileño a asumir el fascismo como lo hizo en 1964? El 7 de octubre lo sabremos. Mientras tanto hoy, la tarea de salvar a Brasil de la barbarie le corresponde al progresismo.

 

*            Es miembro de la Fundación Perseu Abramo, militante del PT.

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