octubre 26, 2020

¿Y si la democracia que defiende la oposición nunca fue real? O peor ¿Y si nunca fue buena?


Por José Galindo *-.


El 36 aniversario de la democracia boliviana “celebrado” por organizaciones sociales y plataformas ciudadanas el pasado miércoles 10 de octubre demuestra que la izquierda debe esforzarse menos en desmentir el supuesto carácter autoritario del gobierno de Morales y un poco más en cuestionar y proponer una alternativa a la visión de democracia que fue formulada en universidades estadounidenses y europeas en tiempos de la guerra fría. Un modelo de democracia que no sólo puede ser criticado como parcializado o disfuncional, sino que también por anticuado o incluso obsoleto ante un contexto mundial con emergentes líderes fascistoides en países considerados antes tan democráticos como EE.UU. o Suecia.


Los simpatizantes al gobierno de Morales no fueron tan pocos como se temía desde las filas del Movimiento Al Socialismo (MAS), ni los bloqueos organizados por las plataformas ciudadanas tan contundentes como esperaban los partidos de oposición. De hecho, estos bloqueos, cuando sucedieron, lo hicieron en zonas tradicionalmente conocidas por estar habitadas por clases medias altas y altas y no de forma masiva, muchas veces con menos de diez personas, mientras que lugares más “plebeyos” como la periferia u otros barrios residenciales más modestos, se mantuvieron despejados.

Tampoco se puede afirmar que la determinación de los detractores de Morales no haya rendido frutos, empero. Aunque los bloqueos fueron un fracaso, la concentración opositora sí fue masiva y voluntaria casi en su totalidad. Esto, sin embargo, no es un indicador de que el rechazo al gobierno es genuino o espontaneo entre los que asistieron.

Concentración opositora ¿éxito o fracaso?

De la misma forma que el control sobre la burocracia gubernamental explica una parte de la asistencia de la concentración oficialista, la presencia de líderes de partidos opositores en lugares como la plaza San Francisco parece confirmar la hipótesis, pocas veces analizada por los programas de discusión política, de que las plataformas ciudadanas en realidad son organizaciones paralelas de las estructuras de partidos ya muy desgastados desde hace más de una década. Una forma de lavar su imagen, a falta de una mejor expresión.

Al respecto, se debe ser claro. La disputa por el poder en Bolivia está lejos de resolverse, y de hecho se puede decir que estamos sólo en los primeros minutos del partido. Ningún esfuerzo que se realice de ahora en adelante es plenamente espontaneo. Y ahí también se puede percibir la mayor debilidad opositora. Depende demasiado de los impredecibles ánimos de nuestra sociedad, con una base de militantes reducida y todavía no resuelta a transformar el escenario de la política en el país.

El oficialismo no sólo cuenta con funcionarios públicos, que son pocos y nunca han sido un factor de verdad relevante en sus demostraciones de fuerza, a diferencia de los cientos de miles de afiliados de la Central Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), la Central Obrera Boliviana (COB), las mujeres campesinas (Bartolinas), o las juntas vecinales de las ciudades. Un cuerpo basto, organizado y disciplinado de militantes adeptos a Morales.

Ahora bien, es difícil hablar de un empate entre plataformas ciudadanas/ partidos políticos opositores y organizaciones sociales. Los críticos al gobierno lanzaron un reto: movilizaciones y concentraciones en el “día de la democracia”. El gobierno respondió porque podía hacerlo, pero sus detractores también flexionaron sus músculos no sólo en La Paz sino en todo el país. Y si nos limitamos a eso, a demostrar que hay quienes se oponen al gobierno y que estos no son pocos, entonces las concentraciones opositoras sí han sido un éxito.

No obstante, esto no necesariamente debe tomarse como una derrota definitiva para el gobierno y el oficialismo. Al pasar por alto los resultados del referendo del 21F el gobierno hizo una apuesta arriesgada, que lo obliga a cuestionar no sólo una votación sino a la democracia como se la concebía antes. Se debe cuestionar no sólo el hecho de que aquel referendo se perdió gracias a una campaña de desinformación y calumnia que, por cierto, no contradice las reglas informales de la lucha política, sino que la democracia que los opositores supuestamente defienden sea una verdadera democracia.

¿Qué democracia estamos defendiendo?

Aunque malinterpretado, como siempre, Morales sí tenía un punto cuando acusó a Carlos Mesa de predicar una visión de democracia excluyente cuando anunció su candidatura. “La democracia ésta en riesgo” es un slogan que es usado por clases medias que se sintieron amenazadas por la emergencia plebeya de las últimas décadas en el país. Y pasó en Brasil, pasó en Argentina y pasó en Ecuador. La diferencia es que Bolivia siempre ha sido mayoritariamente plebeya, pobre. A diferencia de países como Brasil, las clases altas no son tan numerosas como para imponer un cambio radical al estilo Temer.

La democracia que defienden estos sectores es una democracia sin organizaciones sociales de tipo sindicato, pero sí gobernada por organizaciones empresariales. Por ello llaman a éste gobierno “Estado corporativista”. Y lo es, sólo que eso no es necesariamente malo. Aunque la cooptación vertical desde el gobierno de líderes sindicales es un riesgo en éste modelo de democracia, es más incluyente que lo sería una democracia compuesta por partidos, individuos afiliados aisladamente y sindicatos relegados a la defensa de sus pocos derechos.

Éste último un modelo de democracia que por otra parte está en desuso, en crisis y en declive, a juzgar por el asenso de líderes como Trump en EE.UU. o Bolsonaro en Brasil. Es un modelo equivocado que ha perdido legitimidad justamente por facilitar el acceso al poder a ricos y empresarios y excluir a obreros y otros sectores desposeídos. Además, aquellos que lo defienden, usualmente utilizan una tabla de doble rasero.

Las últimas tres evaluaciones o informes del Democracy Index, de la prestigiosa revista The Econosmist, le otorgaron puntajes mayores en todos los indicadores democráticos a Brasil que a Bolivia. Pero Brasil se encuentra atravesando momentos de turbulencia política como nunca en su historia, con una clase política deslegitimada en su totalidad, luego de un golpe de Estado impulsado desde el Congreso y su Poder Judicial, y con olas de fascismo llegando cada vez más alto. Y aún así, ¿Bolivia logra 5,49 en 2017, mientras que Brasil un 6,36? Bolivia es un Estado híbrido, dicen, una democracia con rasgos autoritarios, mientras que Brasil es una democracia con fallas.

Son esos indicadores y a los que califican que la izquierda en Bolivia debe cuestionar. De todos modos, admitámoslo, Bolivia nunca fue plenamente democrática. No lo fue antes, y debemos decirlo, no lo es ahora. ¿Cómo puede serlo cuando hay enfermos muriendo de cáncer en la calle mientras el Colegio Médico se empeña en defender a doctores acusados de lucrar con la salud de esos mismos enfermos de cáncer? O la justicia, que definitivamente se encuentra corrompida. O la Policía, las alcaldías, la violencia de género… Hay mucho que cambiar, en eso la oposición tiene la razón, pero los cambios deben tomar otra dirección a la que proponen y es nada creíble, hasta irónico, que la oposición de muestre como la operadora de esos cambios. Tuvieron la oportunidad en dos décadas y no lo hicieron.


* Politólogo


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