octubre 21, 2020

Globalización e identidad: crisis y autoritarismos en el siglo XXI


Por Andrés Zamora, Mauricio Ramírez, Jiddu Rojas y Rodolfo Weidenfeller *-.


La constante búsqueda de sentido y certezas por la que pasa la humanidad, se ve reflejada en los volátiles y complejos procesos de cambios políticos, sociales, económicos y geopolíticos de nuestros días. Los nuevos fenómenos ideológicos contemporáneos son cada vez menos definidos y con contradicciones que no fácilmente se pueden pasar por alto, situación objetiva que los vuelve débiles y marginales para la hora de realizar un intento de aproximación crítica a la realidad.

La modernidad clásica brindó opciones sólidas de apertura, crecimiento, seguridad y sentido de pertenencia, esas certezas básicas que toda unidad humana necesita para existir en relativa paz interior y exterior, era evidentemente un nuevo mundo que emergía de las sombras europeas de un oscurantismo religioso sin precedente. De la mano de este nuevo orden mundial, venía la revolución industrial, tecnológica y el expansionismo del modelo económico que hasta hoy, ha sido gran responsable de un proceso bien conocido: la mundialización, mismo que no se puede confundir con la estrategia anglosajona de poder denominada globalización.

Esas épocas de modernidad sólida como llamaba el sociólogo polaco Zygmund Bauman, han acabado y por el contrario, la liquidez, lo efímero y volátil es lo que verdaderamente marca la pauta de los tiempos actuales; no hay compromiso real, el pacto social está en entredicho ya que se ha convertido en un mecanismo de exclusión social debido al fundamentalismo utilitario del mercado y la pérdida de credibilidad de las sociedades en las antiguas formas de representación política; llámese sindicatos, partidos políticos, ideologías y demás. Esto es cada vez más evidente y preocupante, como todo proceso dialéctico, ese exceso de apertura, velocidad, auge de actores internacionales más importantes que el Estado, están provocando, como bien lo explica el francés Paul Virilio, que nuestra civilización esté viviendo los tiempos accidentales de la modernidad.

Ante el exceso de apertura deviene por naturaleza su proceso contrario, realidad que se puede palpar materialmente en lo político con el auge de la nueva derecha extrema en América y Europa, lo cuál es además, una manera de exteriorizar la profunda crisis espiritual e identitaria en que se encuentra gran parte de la humanidad. Ello implica que sea nuevamente el Estado, en manos de grupos extremistas, el actor internacional que otra vez más, vuelve a ser el ente canalizador por excelencia de esos nuevos procesos de fragmentación o relocalización.

El problema también es que el cambio político que se está dando en materia ideológica está siendo muy rápido. Si la sociedad ya no es capaz de percibir un orden, y no encuentra por sí mismo la raíz del problema, el Estado es el que de nuevo toma relevo y construye con el otro extremo los vacíos que no han podido tapar conservadores y progresistas. Es cierto que Max Horkheimer en su Crítica de la razón instrumental abogó por la tesis de un cambio en el statu quo después de la Segunda Guerra Mundial, el cual daba por finalizada la era de los autoritarismos en sus estratos más extremos, y el auge de una autonomía social (propagado por el fenómeno de la globalización) que iba a suplantar dicho paradigma. Pero el ciclo natural del devenir histórico comienza a invertir la idea de Horkheimer, al menos de manera progresiva. Frente a la globalización, el Estado Nacional y el Estado Social de Derecho o Welfare State en EE. UU., aparecen o reaparecen como mediación social necesaria. Así el Estado y el Gobierno vuelven a jugar un rol de poder regulador de la voracidad capitalista internacional, y de su lógica mercantilista, así como de su irracionalidad autodestructiva. En consecuencia, y cuando la izquierda abandona la categoría de Patria, se la regala a la derecha populista Neoconservadora.

Donald Trump, Jair Bolsonaro, Jimmy Morales, por citar ejemplos concretos en América Latina, todos ellos representan el logos comunitario que se quiere de vuelta, y el enojo de la sociedad ante la pérdida de libertades, entendia como pérdida de valores por la globalización, cuyo componente ideológico más importante es la comprensión de la propiedad privada y el libre mercado como proyecto de igualdad humana. Trump por su parte, con una evidente contradicción por su retórica antiglobalización, que en el fondo es una defensa del capitalismo imperialista, se ha convertido en un globalista selectivo, disfrazado con un hábil y oportuno discurso nacionalista populista. De esta conclusión se parte que el voto en nuestras convulsas sociedades es y será más pragmático que otra cosa, buscando el mal menor.

Cabe recordar además, la ola de diferentes nacionalismos con muy distintos matices y discursos, desde Polonia a Rusia, Ucrania, los racistas Bálticos, desde Le Pen hasta Hungría, pasando por el Brexit y llegando a los neofascistas, la nueva derecha italiana, los neofascistas del Sur de Italia, la Liga Lombarda del Norte (separatista), la derecha castellana «Españolista», los nacionalistas de izquierda o de liberación nacional de Cataluña o País Vasco o Galicia o Canarias, Escocia, Gales, Irlanda del Norte, etc. Más los regionalismos, diferentes de nacionalismos, sólo para hablar del nacionalismo en países centrales (no periféricos). O sea, de los nacionalismos en Europa.

Algo que debe quedar claro también, es que entre todos esos nacionalismos existen profundas contradicciones, ya que por sus características propias tienen un nivel de detalle que junto con el Capitalismo Financiero Global no se pueden entender de forma lineal sino más bien compleja, incorporando otro tipo de variables al análisis político. Por ejemplo, en América Latina el nacionalismo y nacionalismo popular generalmente devenía en antimperialismo. O sea, es indispensable para las transformaciones sociales populares, en Europa en cambio, -salvo los casos de nacionalidades oprimidas (Irlanda, Cataluña, Euzkadi, Serbia, etc)-, y después de la Segunda Guerra Mundial, es más conservador, aunque puede entrar en contradicción con EE. UU. o la ex URSS.

Inclusive si se analiza con detalle el devenir actual del mundo, la dialéctica de la ilustración pierde su racionalidad y, lo que se conoce como revolución industrial y tecnológica se comienza a considerar como limitación de la libertad humana. Ahí es donde Dios, el Estado (alias monarquía en el siglo XVIII) y la patria recuperan terreno. Si no se pudo realizar hace más de 70 años con el facismo y el Nacional Socialismo, ¿por qué no tomar las secuelas de la historia para que el rumbo vuelva a cambiar a favor de los regímenes fundamentalistas? He ahí el dilema. Esta misma disyuntiva también lleva a la pregunta del cómo revalidar el poder inteligente de Joseph Nye en tiempos donde el discurso por los derechos humanos, la diversidad de género y la ampliación del espectro tecnológico se oxidan como parte de la política exterior estatal que llega a concluir en una polarización ideológica-política entre las sociedades.

La globalización despoja, (según ella: libera ) al individuo de toda identidad colectiva, sea cultural o religiosa, según Aleksandr Dugin el individuo es atomizado y lo zambulle en una realidad a lo tabula rasa , en la que este tendrá que potenciar sus capacidades para construir su propio yo, es decir, encontrar en su auto-percibimiento un significado que lo ubique en una realidad preestablecida.

En dicho proceso, tanto el Estado como el mercado, en estrecha alianza, desempeñan roles de harta importancia a través, generalmente, de medios estructurales como el sistema educativo: una herramienta que reproduce la Weltanschauung (del alemán: cosmovisión, ideología) dominante, borra los aspectos que identifican y diferencian al colectivo como tal (v.gr identidad cultural e ideológica) y pone a sus componentes unos contra otros a través de la premisa de la superación al otro (divide ut impera!, suenan las campanas del realismo). Por otro lado, mediante mecanismos de poder suave como los medios de difusión de información dominantes, los cuales operan en nuestro contexto con ensañada destrucción de los elementos originarios que han identificado a aquellos primeros pobladores, en nuestro caso concreto: costarricenses, labriegos sencillos; y, en sustitución, impulsan una progresiva absorción de estilos de vida extranjeros, especialmente el american way of life.

Las fronteras para el gran capital así como a sus representantes no existen en ese mundo plano como lo denomina el ideólogo norteamericano Thomas Friedman. Los términos como Patria o Nacionalidad quedan obsoletos para el discurso globalizador, mientras que al mismo tiempo, en una época que se vanagloria de cosmopolita, el peso de la nacionalidad si se aplica con toda rigurosidad para los millones que viven en la pobreza y se ven obligados a abandonar su país en busca de ese anhelado sueño por una vida digna, para ellos lo que existen son muros, tragedia, muerte e ilegalidad. Resulta contrastante además, por ejemplo, en términos de turismo, que los latinoamericanos tengamos que solicitar visado para ingresar a los EEUU, mientras que los estadounidenses no requieren permiso alguno para ingresar a Latinoamérica.

Aproximadamente, desde el 2007, año en que Costa Rica aceptó por mayoría el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y República Dominicana (CAFTA-DR), el país poco a poco ha estrechado sus vínculos ideológicos con esta tendencia globalista. Con este tratado, el Estado y sus órganos consienten en obligarse a cumplir con lo estipulado (pacta sunt servanda), ejemplo concreto es que en el lapso 2015-2016, el Ministerio de Educación Pública modificó los programas de estudio de las asignaturas de Estudios Sociales y Educación Cívica. En la primera, se sustituyeron los contenidos sobre geografía e historia de Costa Rica, por historia universal: Egipto, China, Europa. En la segunda, se debilitaron contenidos como el Código de Trabajo, Garantías Sociales, Símbolos Patrios y funcionamiento de las instituciones públicas, y en cambio, se enfatizó en pensadores políticos de la modernidad, formas de gobierno, resolución de conflictos y valores (de corte liberal obviamente).

La paradoja social del mundo posmoderno: todo lo que implique acercamiento con el mundo de las ideologías, se relaciona a un torrente de sensacionalismo que muere más rápido que una flatulencia. Por eso se reniega a Marx y a los capitalistas del pasado y presente. Se está volviendo a las tesis fundamentales que van hacia los extremos, el punto medio (alias progresismo liberal) no tiene un significado político perenne en el tiempo. Las cosas funcionan según la dinámica en la que se mueve el mundo de los negocios. Por eso la consecución del espíritu absoluto hegeliano se vuelve consecuente ya no en la metafísica, si no en el plano existencial viviente de cada persona. La historia culmina para darle forma a algo nuevo (regresión hacia el mal menor). El devenir del tiempo siempre ha condenado al que sabe más allá de las reglas morales y éticas construidas por el Estado (Dios) y la sociedad. El que cuestiona muere en el intento por querer entender la crisis en la identidad de su prójimo posmoderno.


  • Andrés Zamora Gutiérrez es estudiante de Relaciones Internacionales, Mauricio Ramírez Núñez es profesor de Relaciones Internacionales y Jiddu Rojas Jiménez y Rodolfo Weidenfeller Reyes son profesores de Filosofía.

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