noviembre 29, 2020

Una lección que nos dejó Battisti: a ellos no les importa


Por José Galindo *-.


Tal vez el detalle al que más se le debería prestar atención en medio de todo éste embrollo donde se mezclan juicios, principios, miedos y lamentos, es que Bolsonaro ni siquiera mencionó la cooperación de la justicia boliviana en ninguno de sus muchos mensajes sobre éste episodio. Olvidamos que al igual que los tiburones nacen para matar, la sombra reaccionaria que está invadiendo el mundo sólo tiene un objetivo, que no puede ser amansado de ninguna forma: acabar con nosotros.

Sabemos que la entrega de Cesare Battisti al gobierno italiano por parte del ministerio de Gobierno de Bolivia, a partir de una resolución de la CONARE, despertó una polémica entre la propia izquierda oficialista de nuestro país; y esto sin sopesar que aún no sabemos lo que pensará el resto de la izquierda en el mundo. Todos los indicios apuntan a que su extradición se realizó vulnerando sus derechos como individuo según las propias leyes bolivianas que debían ser cumplidas, en primer lugar, por la cartera de Estado que tomó la última decisión.

La explicación general que dan tanto analistas como militantes de distintas facciones de la izquierda boliviana sobre este tema es que dicha acción se realizó principalmente basada en cálculos diplomáticos más que en el cumplimiento de la normativa boliviana respecto personas refugiadas. Brasil es un gobierno de extrema derecha del cual dependen una buena parte de los ingresos por venta de gas de Bolivia: enojarlo no parecía muy prudente, así esto signifique pasarse por alto tanto conceptos como solidaridad revolucionaria o el simple apego a la Ley.

De acuerdo al Art. 6 del Reglamento de la Ley Nº 251 sobre Protección a Personas Refugiadas, la expulsión de personas refugiadas o solicitantes de refugio “procederá única y excepcionalmente por razones de seguridad del Estado o de orden público” y de ser rechazadas ¡jamás entregarlas donde peligre su seguridad, su libertad o su vida! Aún peor, la Comisión Nacional para los Refugiados (CONARE) ni siquiera lo entrevistó ni notificó a tiempo acerca de su determinación final de rechazar su pedido de refugio en Bolivia.

¿Era Battisti un terrorista, un criminal disfrazado de político o un sobreviviente de uno de los muchos episodios de terror político de la historia del siglo XX? A juicio del que escribe éstas líneas, a pesar de no compartir la idea de que la violencia puede cambiar las cosas (mucho menos la violencia política que involucre la eliminación física de alguien), Battisti era lo último: era un refugiado. Pero supongamos que no lo era. Debían emitirse criterios jurídicos para negar su condición de perseguido político y no justificar su entrega bajo el argumento de ¡haber ingresado ilegalmente al país!

Decisiones, decisiones…

Pero vamos más allá de los lamentos; la leche ya fue derramada. Las consecuencias son de tres tipos: Primero, se deslegitima la integridad del régimen legal de Bolivia en cuanto a la protección de los derechos de migrantes; Segundo, aunque sin provocar un quiebre dentro de la izquierda oficialista del país, se develan las diferencias internas dentro de éste bloque político; Y tercero, se añade otra incongruencia entre el discurso y la práctica efectiva de éste gobierno.

Respecto a la primera consecuencia, Bolivia ha aportado durante los últimos años con nuevas propuestas para enfrentar el problema de la migración en el mundo desde una perspectiva de izquierda o al menos en contraposición a la ola conservadora que se va apoderando del mundo desde hace un par de años y que ve en los migrantes simples transgresores de la ley. El problema de los refugiados es parte de éste problema. Se muestra así, una inconsistencia que puede tener repercusiones simbólicas a nivel nacional e internacional, dañando la imagen de Bolivia como referente del progresismo mundial.

En cuanto a la segunda consecuencia, aunque por el momento hay mucho en juego como para que la izquierda oficialista se divida entre sus diferentes facciones, el hecho puede sumarse a otros factores que podrían, a la larga, justificar un divorcio de algunos sectores de izquierda frente a un gobierno que ya no verían como propio, o por lo menos levantar suspicacias que debilitarían la moral y la organización de nuestras propias fuerzas. No se dividirán por esto (hay mucho más en juego, huelga decirlo), pero ya no se mirarán igual, a sabiendas que no todos dentro de éste proceso comparten los mismos principios…

Sobre la tercera consecuencia, no es sólo el discurso sobre la migración el que resulta vulnerado con ésta acción, sino también otro muy fuerte, relacionado a la soberanía frente a potencias extranjeras. La percepción de que se entregó a Batisti con el objetivo de no despertar susceptibilidades frente a Brasil a pesar de que se trataba de un militante de izquierdas y de que había un marco legal que lo protegía, de paso respaldado por un discurso a favor de los refugiados, puede debilitar, también, la fuerza del discurso sobre la soberanía. La situación se complica si se confirma que la inteligencia italiana opero en el país semanas antes de la detención del comunista italiano.

¿Fue una buena o mala decisión? Supongamos dos cosas, desde la peor hasta la mejor:

Suposición primera: un gobernante tiene como primera preocupación mantenerse en el poder. De ser así, molestar a Brasil podría repercutir negativamente en la oposición pública de Bolivia, temerosa por la venta de gas. Más importante que Batisti, era demostrar a los bolivianos que eran ellos la primera preocupación por lo que se decidió no molestar a Brasil y así asegurar los ingresos del país. La geopolítica prima acá por sobre los principios. La decisión no fue equivocada, aunque tampoco fue correcta, al provocar disensiones dentro del propio bloque y al no repercutir sobre Brasil como se esperaba. ¿La opinión pública, el boliviano de a pie? Casi indiferente. Tal vez el logro fue no molestarlos.

Suposición segunda: un gobernante tiene como primer deber resguardar los intereses de su pueblo. En este caso, el presidente debe priorizar la venta de gas a Brasil. La geopolítica aún prima sobre lo demás. La decisión fue correcta, aunque el resultado fue imprevisto: Brasil no dijo gracias.
Nacidos para matar: dos cosas a tomar en cuenta.

Lo primero que debemos considerar: Brasil no agradeció para nada el gesto boliviano, en una muestra de menosprecio o de indiferencia, que en lenguaje diplomático expresa que Brasil está consciente de su posición dominante respecto a Bolivia. Brasil es parte de un movimiento no visto ni previsto desde hace décadas. Un movimiento agresivo cuyo objetivo y razón de ser es acabar con la izquierda. No es restaurar el neoliberalismo, pues ni ellos saben si es posible; tampoco es encumbrarse en el poder sólo porque sí, pues su discurso es muy claro.

Brasil, Argentina, Chile y Colombia sólo aspiran a una cosa: acabar con Bolivia, Cuba y Venezuela, y regresar al orden unipolar guiado por los EE.UU. ¿Podemos negociar con ellos? ¿Podemos negociar con una derecha que ya está cobrando vidas a sólo unos días de estar en el poder? Es posible que entregarlo haya evitado un choque prematuro con un gobierno que, de todos modos, parece estar decidido en embestirnos.

Lo segundo, y menos importante: La oposición hubiera criticado cualquier decisión al respecto, tanto entregarlo como no hacerlo. En el primer caso, se lo acusa de incongruente; en el segundo, de no entregarlo, hubieran dicho que se ponía a un extranjero terrorista por sobre los intereses de todos los bolivianos, que en éste momento dependen de que Brasil y Argentina compren nuestro gas. Ninguno de los comentarios hechos por representantes de la derecha sobre este caso merece mayor reflexión.

Hay una oposición, la última, que ya no está en los partidos ni en las plataformas ciudadanas. Tampoco es un solo gobierno. Es una santa alianza compuesta por Brasil, Argentina, Chile y Colombia, todos arrojados en jauría para aplastar al fantasma de un comunismo imaginario que, según ellos, se ha apoderado de Bolivia, Venezuela y Cuba. Entregar a Battisti no conjurará nuestros demonios.

* Es politólogo.

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