septiembre 23, 2021

Intromisión imperial y sumisión opositora

El 31 de enero, un proyecto de resolución contra la postulación del presidente Evo Morales fue aprobado por tres senadores de Estados Unidos, republicanos y demócratas, y luego pasó a consideración del Comité de Asuntos Exteriores del Senado de ese país.

La iniciativa de este grupo de legisladores hay que verla dentro de un contexto más amplio. Aunque la administración Trump y los congresistas estadounidenses tienen su atención centrada en Venezuela, donde sólo mediante el uso de la fuerza podrán imponer un gobierno de transición que responda a sus intereses, eso no quiere decir que la mirada no esté dirigida, por orden de importancia, contra Nicaragua, Cuba y Bolivia, todos países miembros del ALBA que le resultan molestos a Washington.

Por lo tanto, no se trata de un hecho aislado. La primera señal de que la “política aislacionista” de Trump tiene matices que sería un error ignorar desde Bolivia, se dio los primeros días de diciembre de 2017, cuando un comunicado del Departamento de Estado instaba al presidente Morales a no presentar su candidatura para las elecciones generales de 2019. El pronunciamiento fue en respuesta a la sentencia constitucional del 28 de noviembre de ese año que habilitaba a todas las autoridades nacionales y subnacionales a presentarse a la reelección cuantas veces quisieran.

Otro comunicado similar se registró el 17 de diciembre de 2018 y en él además se puso en duda la credibilidad del Tribunal Supremo Electoral (TSE).

La intromisión imperial en asuntos internos de América Latina, y de Bolivia entre ellos, se fortaleció a partir de que los sectores más ultraderechistas de la política norteamericana, en su mayor parte de origen cubano-americano, presionan sobre la administración Trump para que tome medidas orientadas a acabar con los gobiernos de izquierda al precio que fuese. Entre los activistas figuran Bob Menéndez, Dirk Durbin, Ted Cruz e Ileana Ros-Lehtinen, quienes promueven acciones de esta naturaleza en coordinación con la oposición boliviana.

Y eso es lo que llama la atención por su intensidad. Que EEUU no observe con buenos ojos al gobierno del Proceso de Cambio no es una novedad, pues hay que recordar las conspiraciones del embajador Philip Goldberg en 2008, por lo que tuvo que ser expulsado; el uso de la DEA para labores de Inteligencia política y los programas de subversión financiados por Usaid.

Queda todavía fresca en la memoria el chantaje al que recurrió en 2002 el embajador Manuel Rocha para que no se votara por Evo Morales, quien ya había sido identificado como un político “no deseado” por el poder imperial. Como se verá, lo normal en la historia latinoamericana es la intromisión, lo raro sería que no hubiese conspiración.

Empero, tan condenable como la injerencia norteamericana es la complicidad de los políticos bolivianos de oposición y de algunos medios de comunicación. El odio al Jefe de Estado indígena puede más que asumir una posición de defensa de la soberanía del país y cuidar la estabilidad económica que hemos gozado durante 13 años. La oposición no sólo no dice nada sobre este tipo de intromisiones, sino que aplaude cobardemente a sus protagonistas.

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