noviembre 29, 2020

“Con las botas bien puestas”: historias de mujeres revoltosas, rebeldes y revolucionarias


Por Javier Larraín P.-.


Hace ya algunos años escribió el más universal de los uruguayos, Eduardo Galeano: “El viento borra las huellas de las gaviotas. Las lluvias borran las huellas de los pasos humanos. El sol borra las huellas del tiempo. Los cuentacuentos buscan las huellas de la memoria perdida, el amor y el dolor, que no se ven, pero no se borran”.

Noche de ensayo: diálogo a seis voces

Ni el reconocido dramaturgo Antonio Peredo ni las jóvenes actrices Daniela Lema, Tania Quiroz, Alexis Maceda y Claudia Ossio son —en estricto rigor— cuentacuentos, aunque sí buscadores y buscadoras de “huellas de la memoria perdida”, revoltosos y revoltosas de la historia reciente de Bolivia y nuestra mayúscula América, la que de manera magnífica representan en la obra teatral: “Con las botas bien puestas”.

A horas de su estreno, una fría noche paceña me abren las puertas de la Sala Teatro El Búnker y, previo a un ensayo general, sentados y sentadas en semicírculo en la tarima, hacen un paréntesis y se explayan alrededor del argumento central de la obra, así como de sus particularidades, mientras confiesan el desconcierto, los anhelos, esperanzas, temores y contradicciones que en la intimidad de cada cual suscitó la aproximación a las vivencias de María Martha Gonzales —madre del Director y militante del Ejército de Liberación Nacional (ELN) — y las de otras centenares de mujeres de una valerosa generación dispuesta al “todo o nada” en la lucha por la construcción de una sociedad socialista, y cuyo desenlace no les supo ser otro que la detención, tortura, exilio, muerte y desaparición por la dictadura gorila de Hugo Banzer y aquella internacional del terror como lo fue el “Plan Cóndor”.

De esta manera, la conversación parte por ahí, por la precisión temporal de “Con las botas bien puestas”, a la que Daniela refiere “se relata cronológicamente, en este caso la dictadura de Banzer”, mientras Tania complementa: “Hay dos tiempos claros, uno es el de la dictadura de Banzer —que va desde 1971 hasta 1978—, y otro es el presente, en que hablamos desde nosotras mismas”.

Si bien la historia transversal es la de María Martha, no hay un solo instante en que el guion no se articule en plural, en la voz de mujeres, cuestión en la que repara Alexis: “Pasamos por el reclutamiento, por el golpe como tal. El hecho de que la toman presa y revivimos interrogatorios. Cómo es víctima del Plan Cóndor y se la llevan, para terminar en el exilio”. A modo de síntesis, Claudia pronuncia: “Hay una mujer, que son muchas mujeres”.

Pero la puesta en escena, con cuatro actrices que no se despegan del escenario y que a ratos se expresan mediante brevísimos soliloquios, prolíficos diálogos y llamativos coros, requiere a la vez de una complementariedad, de un riguroso y sui generis desempeño colectivo, en palabras de Claudia: “Vamos entrelazándonos. No es que tengamos un personaje y un rol específico, a ratos es una voz la que habla y las otras son las voces que responden desde el mismo pensamiento; en otra ocasión podemos representar una situación que la vivimos las cuatro simultáneamente y la voz de mi compañera resuena en mi corazón, en mi mente, en mi piel, sin que podamos desprendernos. Es como si fueras un ser y cada una fuera un trozo de ese ser, tal vez por eso en una parte me toca ser la víscera, en otra el pensamiento y en otra ser el pie o el cuerpo”.

Para recrear una esquinita de ese pasado no tan remoto, Daniela, Tania, Alexis y Claudia me cuentan que se sumergieron en una rigurosa labor investigativa que, de la mano de Antonio, las llevó a una revisión de filmes y literatura de época, e inclusive a sostener conversaciones con las verdaderas protagonistas, las de carne y hueso, las de las “botas bien puestas”.

Aquel ejercicio, como jóvenes con una singular experiencia de vida, a la vez las transformó a ellas mismas. Nos dice Daniela: “Realmente no tenía mucha idea de lo ocurrido, sabía que había habido una dictadura, pero nunca la había estudiado en profundidad. De hecho, mi familia era militante de Banzer cuando fue la reelección democráticamente, eran adenistas, aparezco en fotos en marchas por Banzer. Y, por su puesto, esta labor me ha motivado a preguntarles: ¿por qué me llevaron? ¿Sabían o no sabían de lo ocurrido? Si sabían, ¿lo olvidaron? ¿No tenían memoria? La obra me ha movido muchísimas cosas, me he cuestionado yo, he cuestionado a mis familiares y los he hecho cuestionarse a ellos mismos. Siento una responsabilidad como artista, como mujer y como madre, de que esos horrores no pueden repetirse. Y, claro, ahora todo tiene un sentido, veo los rostros de las personas desaparecidas cuando menciono sus nombres; porque esos nombres ya no son simplemente números, tienen rostros”.

Después de un breve y emotivo silencio, Claudia nos habla de sus propios aprendizajes: “Hemos leído libros y hecho entrevistas, después nos hemos mirado a nosotras mismas y he comprendido que lo que estamos contando es esta voz colectiva, algo que realmente ocurrió, cosas que se han dado. Y para mí lo más lindo ha sido el ser una portavoz de algo que ha sucedido en verdad”. Igualmente, Alexis da rienda suelta a sus emociones: “En mí ha abierto mil interrogantes, desde quién soy, en qué creo, qué permito y qué estoy haciendo desde esta época y desde mi lugar. Ha sido todo muy duro, porque lo lees y parece de película, hasta que te convences de que fue real. Para mí lo más fuerte fue darme cuenta que hay cosas que una no puede volver a permitir”.

Desde otra posición, Tania reflexiona a tiempo: “A mí me pasó un poco al revés, la parte de la investigación era algo que yo conocía —incluso los testimonios—, pero el asumirlo desde aquí, desde el presente, fue un descubrimiento. Si estas mujeres tenían muy claro un ideal, entonces me pregunto cuál es mi ideal, cuál es mi porqué. La parte histórica te lleva a pensar estos hechos de una manera, pero cuando lo interiorizas en ti, en quién eres, lo que estás viviendo, lo que te toca hacer y lo que quieres hacer, al menos en mi caso ya no hablaba de la Historia sino de mi historia, mis metas, mis proyecciones y mis miedos. Me he dado cuenta que también deseo cambiar el mundo, pero desde el teatro”.

Antes de concluir la cita, vuelvo la mirada hacia Antonio y le pido me revele sus motivaciones por atizar las cenizas de lo pasado, encontrándome con justas y meridianas razones: “Porque nací y crecí con esa historia. Porque a diferencia de muchas familias en mi casa se hablaba bastante de este tema, todo el tiempo. La sobremesa era cómo habían agarrado a mi madre presa. Por eso, cuando me puse frente a mi yo creador, me pregunté: ¿qué hago? Y descubrí que no podía hacerme el loco, que más allá de un compromiso político era algo que estaba muy presente y debía sacarlo, claro, es doloroso porque hace ocho meses falleció mi madre, y no es algo que me cause placer verla reencarnada en la escena. Pero, yo necesitaba confrontarme con esa historia, no solo ser un actor pasivo”.

Respecto al proceso creativo, Antonio se toma una pausa y manifiesta: “Cuando empecé a escribir, lo hice escuchando la voz de ella contando su vida. Me hablaba en mi cabeza su vida, y así quedó el texto. No había personajes —en lo que convencionalmente se entiende por estos en la dramaturgia—. A la vez contaba y a la vez vivía esa voz; hasta que se fue convirtiendo en un texto de muchas voces que aparecían, el que terminó de escribirse en la escena, con las cuatro actrices, con quienes fuimos reescribiendo algunas cosas, rearmando, dando una mejor estructura narrativa. En definitiva, no solo ha sido un reto a nivel político, sino además a nivel artístico”.

Crónica de un estreno

El reloj indica las 19:40 hrs. Se enciende un radio e irrumpe Carlos Mejía Godoy: “Son tus perjumenes mujer, los que me sulibeyan, los que me sulibeyan, son tus perjumenes mujer…”. Las cuatro actrices son María Martha y todas, bordan rojos lienzos plenos de frases libertarias, cantan y bailan. Irradian vida, son la vida misma.

De pronto, una voz en off. América del Sur cae bajo el peso de la noche militar, irrumpe Alfredo Stroessner en Paraguay, Mazzilli en Brasil, Banzer en Bolivia, Pinochet en Chile, Bordaberry en Uruguay y Videla, Massera y Agosti en Argentina. Nace el “Plan Cóndor”.

“Era un sueño tan grande, era un sueño tan bello… estábamos dispuestas a entregarlo todo”, dicen las actrices, cuando del hoy nos llevan vertiginosamente al ayer. De pronto, resuenan los nombres de decenas de mujeres, escritas debidamente en las paredes de la sala, de que cuenta la obra. Las voces se amplían y apagan, ondean, hasta que se entremezcla María Martha, Nila, Monika, Amalia, Chelito, Loyola, Domitila…

Después una mujer divorciada y madre de cuatro hijos, la militancia izquierdista, los sueños rotos. Banzer y las alas del Cóndor sobre Bolivia. La internacionalización de la crueldad, la propagación de la tortura y el horror. Bolivianos, argentinos y chilenos, cómplices de tormentos. Sueños perpetuos de libertad. Y la vida, que se escabulle y retorna, la vida fija en lontananza. La vida en los hijos, en los compañeros, en la patria, en el baile y en el canto. En la fe de vivir.

“Con las botas bien puestas” es un merecido y emotivo homenaje a las mujeres bolivianas de ayer y hoy, las que en cuerpo y alma se volcaron a luchar por una vida mejor en su país, plena de nuevos valores.

De notable guion, a lo largo de más de una hora Daniela Lema, Tania Quiroz, Alexis Maceda y Claudia Ossio captan nuestra atención, invitándonos a abrazar las huellas de la memoria, darnos de cabeza con la historia y reflexionar en torno a la vida y la muerte de mujeres revoltosas, rebeldes y revolucionarias.


* Para mayor información visitar en Facebook: El Búnker Espacio Alternativo.

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