noviembre 28, 2020

La república bananera y el Estado Plurinacional


Editorial La Época-.


Ya se mucho se ha escrito y opinado respecto a la carta que un grupo de legisladores bolivianos enviaron al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, hace unas semanas, solicitando se tomen medidas para evitar una nueva postulación del actual presidente Evo Morales en las elecciones generales de octubre de éste año y casi, casi, pidiendo la intervención de la potencia norteamericana sobre nuestro territorio.

Como no podía ser de otra forma, las reacciones fueron de mayoritaria condena, sin ninguna muestra de apoyo por parte de algún sector relevante de la actual oposición política al oficialismo y al gobierno. ¿A qué se debe esto? Ni siquiera Samuel Doria Medina, quien no tiene nada que perder debido a que no figura como posible competidor en los comicios venideros, se abstuvo de criticar la iniciativa de los mencionados asambleístas, que fueron además, también criticados por el principal rival electoral de Morales, Carlos D. Mesa.

La explicación puede partir desde diferentes ángulos y enfoques: la carta, tanto en su versión castellana como en inglés, adolecía de imprecisiones y abiertas mentiras, como aquellas que afirmaban la nulidad de las previas victorias electorales del actual presidente; o aquellas que hacían referencia sobre la situación socioeconómica del país con afirmaciones como que en el país 40% de la población subsiste con menos de dólares diarios.

Al mismo tiempo, al momento de justificar su pedido de intervención extranjera sobre el país, algunos de sus firmantes, como su principal impulsora Carmen Eva Gonzales, trataron de matizar sus intenciones indicando que en realidad era para pedir acciones concretas por parte de la OEA; dejando sin responder una cuestión muy simple: si fuera así, ¿por qué mandar aquella carta a EE.UU. en vez de a la OEA directamente?

No es necesario demostrar el grado de colonialidad desde el cual parte su lectura de la realidad boliviana, al encontrar como referente inmediato de autoridad a una potencia extranjera; como tampoco su desatino político, a juzgar por el aislamiento y rechazo que sufrieron por parte de sus propios compañeros detractores de Morales. Lo que sí es necesario, tal vez, es puntualizar que su acción no pudo haber sido ejecutada en peor momento, cuando los EE.UU. ya no gozan de la misma reputación que ostentaban hace unas décadas en Bolivia… ¡ni en el mundo!

De acuerdo a las dos últimas encuestas de la Gallup, una prestigiosa organización empresarial para nada inclinada hacia ideas antimperialistas, demostraron que el liderazgo de los EE.UU. viene mermando a niveles alarmantes desde que Trump asumió la presidencia de ese país, aunque la tendencia ya se venía desarrollando desde el primer mandato del expresidente George W. Busch. Así, a nivel regional sólo 18% de la población encuestada aprobó el liderazgo de los EE.UU. en el resto del mundo, mientras que su nivel de reprobación y rechazo se disparó hasta el 43%.

A nivel latinoamericano, para hacerlo peor, los cinco países que menos aprueban la idea de un liderazgo estadounidense para el resto del mundo son Chile, Uruguay, Nicaragua, México y, vaya sorpresa para esos diputados, Bolivia. Nótese que ni Venezuela ni Ecuador se encuentran entre los primeros lugares de rechazo a los EE.UU., y que tampoco nuestro país ocupa el primer lugar; pero somos todos parte de una corriente que parece ya no estar de acuerdo con ver al país del norte como un modelo a seguir ni como un posible arbitro para problemas internos. De hecho la tendencia es mundial, similar en casi todos los 128 países encuestados, con algunas notables excepciones, Israel entre ellas.

Todo esto nos lleva a afirmar no sólo que la actual oposición al país simplemente sigue con el patrón alienante, extranjerista y hasta casi antinacional que vienen denunciando intelectuales como Carlos Montenegro desde hace más de medio siglo; sino también que su concepción del mundo, los paradigmas desde los cuales interpretan la realidad, ya se encuentran totalmente superados por la realidad. Ellos siguen viviendo en una república bananera (así, con minúsculas), mientras que el resto del país está en el Estado Plurinacional.

Esperemos que ésta experiencia haya sido una lección si bien no de patriotismo, al menos de pertinencia y capacidad de lectura de la realidad política de nuestro país.

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