julio 13, 2020

¿Legitimidad o pandemia?


* POR MARÍA BOLIVIA ROTHE -.


Áñez y sus ministros son el producto de una crisis de Estado que le arrebató el poder a un presidente democráticamente elegido, producto de una larga conspiración en la que intervinieron muchos actores locales –apadrinados por el sempiterno apoyo norteamericano–, cuya meta era destrozar la democracia para dar lugar a un gobierno de facto, en un Golpe de Estado que, con otras variantes a las de los años 80, ha destruido el Estado de derecho en Bolivia.

Hasta aquí nada nuevo. Vivimos esta pesadilla desde el 10 de noviembre de 2019; a la fecha, ya van 141 días. Lo que es nuevo es que, en el medio de esta crisis, sobrevino la pandemia del Covid-19. Y nada como una pandemia para exponer, con todo detalle, la solidez y la legitimidad de un gobierno.

El 10 de marzo pasado, el ministro de Salud, Aníbal Cruz, informó la existencia de los dos primeros casos confirmados de coronavirus. Se trata de pacientes de sexo femenino, que habían realizado viajes desde Italia y Estados Unidos, provenientes ambos de Europa, y que se encontraban en los departamentos de Oruro y Santa Cruz. A partir de ahí, se instaló en Bolivia un manejo militar represivo de la pandemia, con una ausencia casi completa de medidas sanitarias para controlar la situación que, para esas fechas, ya había tomado varios países en Europa y había explotado en China. Recién el 22 de marzo se declaró la cuarentena total nacional, después de que ya lo habían hecho, unilateralmente, Oruro y Santa Cruz.

¿Qué hizo Áñez en todo este tiempo? Estaba ocupada en hacer campaña electoral. Como si viviera en un mundo paralelo, siguió impertérrita haciendo campaña, incluso después de que el Órgano Electoral Plurinacional (OEP) decretó la suspensión de las elecciones a causa de la emergencia sanitaria. Circularon y siguen circulando en las redes, las alegres fotos de la presidenta y sus correligionarios, dándose abrazos y besos, sin medidas de protección alguna.

Este es un irrespetuoso mensaje a los bolivianos y bolivianas, que pareciera decir: “La pandemia no es conmigo, yo paso de recto, a mí lo único que me interesa es mi campaña”. Y es que es así. Áñez no está gobernando Bolivia con sentido de servicio público, lo que es su obligación; ella está sentada en esa silla –a la que se encaramó solita y sin ninguna legitimidad– porque su única finalidad es perpetuarse “democráticamente” a través de elecciones. Dicho de otra manera, para Jeaninne Áñez esta es la oportunidad de su vida de hacerse del poder total de manera legal y seguir mermando un Estado Plurinacional que era próspero y sólido –cuando ella llegó– y que a la fecha está camino a ser desbaratado.

Para Áñez las vidas que vayan a perderse en la pandemia del Covid-19 son solamente daños colaterales; no son asuntos que le vayan a quitar el sueño. Y para que parezca que le importa, tiene a su Ministro de Gobierno, un títere con aires de capataz criollo que está convencido que va a matar al virus (y a l@s bolivian@s que lo porten en su sangre, supongo) a punta de bala, represión militar y policías en las calles. A esto se suma, en triste y patético papel, el Ministro de Salud convertido en un mero informante, que, literalmente, solo sirve para hacer la cuenta de enfermos y muertos, revelando la mayor crisis de Rectoría Sanitaria de Bolivia en los últimos 100 años. Esto es tan evidente que, desde los cuarteles generales de la Organización Mundial de la Salud (OMS), existe enorme preocupación, porque la pandemia va mucho más allá de estos juegos perversos del poder y amenaza con instalarse en Bolivia y producir más de una muerte. Por cierto, en estos momentos que escribo ya está confirmada la primera muerte por Covid-19 en el territorio.

Hay una manifiesta ausencia de medidas de contención epidemiológica y mucho menos un plan de acciones a corto, mediano y largo plazo. Tampoco existe una estrategia de salida de la cuarentena y no hay información que permita predecir el comportamiento del virus en la sociedad boliviana.

Se ha declarado cuarentena total sin tomar en cuenta que el país necesita respuestas para su población económicamente activa, cuya gran mayoría vive del comercio informal; la canasta familiar decretada hace algunos días resulta insuficiente. Se requieren medidas microeconómicas, para que la epidemia no empobrezca más a aquellos que viven al día, pagan alquileres y no tienen seguridad financiera. Si a esto sumamos que no se informa oportuna y correctamente sobre el cuidado que hay que implementar, más allá de la militarizada cuarentena, todo esto en un contexto de ausencia total de legitimidad y credibilidad del Gobierno que dice una cosa y hace otra, el pronóstico es muy sombrío y no vemos luz al final del túnel, ni respuestas concretas para las y los bolivianos.

En este terrible escenario, el Gobierno tiene la tarea fundamental de tomar medidas: sanitarias, económicas y sociales. No son suficientes declaraciones lacrimógenas de: “Dios salve a Bolivia”, porque ningún dios va a salvar a un país que no tiene Gobierno, ni líderes que conduzcan a sus gobernados. En este sentido, y por haber demostrado una absoluta incapacidad de leer la realidad y actuar en consecuencia, la Presidenta debe renunciar. Está claro que no sabe gobernar. Está claro que es una persona que juega al poder y no entiende la verdadera dimensión ni significado de conducir un país, más allá de su proyecto personal. Está claro que ella no entiende que gobernar es servir al más necesitado, no perpetuar los espacios de poder y dinero de los más poderosos.
Está claro, en fin, que Jeanine Áñez es el resultado de lo más abyecto a lo que la política puede llegar, ahora, combinado con el enorme riesgo de la muerte de nuestros compatriotas. Y esto es algo que no podemos tolerar más y que es nuestra obligación suprema denunciar.

* Médica salubrista

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