mayo 27, 2020

Medios de comunicación: la punta de lanza del régimen totalitario fascista


Por CARLOS ECHAZÚ CORTÉZ *-.


Contrariamente a lo que con frecuencia se escucha como si fuera un sentido común, los medios de comunicación, en sí mismos, no son garantía de una sociedad abierta y democrática.

Veamos, la doctrina liberal nos ha contado el cuento según el cual los medios son la garantía de una sociedad democrática, abierta y plural, dado que canalizan y difunden no solo información muy amplia –para que el ciudadano pueda estar informado–, sino también las opiniones e interpretaciones más diversas, para que el sujeto de la democracia, teniendo ante sí un panorama de enfoques diversos y multilaterales de una problemática cualquiera, pueda formarse un criterio propio, fundado, no manipulado, sobre la temática en cuestión. Se ha considerado que esta es una de las garantías básicas para que una sociedad democrática pueda estar vigente, ya que la opinión informada, fundada e independiente del individuo es la condición para que, en base a ella, puedan estructurarse instituciones legítimas, entendiendo por estas no solo al gobierno y parlamento, sino todas las instituciones en la sociedad.

Este cuento lindo e idealizado no obedece, ni de lejos, a la realidad de una sociedad capitalista en la que todo, absolutamente todo, es transformado en mercancía. Así, los medios caen en las manos de empresarios que paulatinamente se convierten en propietarios monopólicos, si no individualmente, sí como clase social. A partir de allí, el supuesto básico de la multilateralidad, pluralismo, diversidad, entre otros, se viene abajo y comienza el monopolio de la información y de la opinión. Esto es disimulado y disfrazado por una apariencia de diversidad y multilateralidad, pues es cierto que en los medios atestiguamos una cantidad enorme de debates y diferencias.

Sin embargo, dicha variedad se enmarca en lo que es aceptable para el sistema. Dentro del sistema vale todo y rige la competencia, la lucha de opiniones, el debate, pero fuera de esos marcos, los medios callan, invisibilizan la problemática y, entonces, se convierten en exactamente lo contrario de lo que el cuento lindo de la doctrina liberal nos cuenta.

Una sociedad absolutista y totalitaria emerge, pues los medios –obedientes operadores de sus dueños– orientan toda su difusión de informaciones y opiniones hacia la preeminencia de sus intereses políticos. El grado mayor de esta tendencia es la posverdad, esto quiere decir, la generación de un imaginario por parte de los medios de comunicación, que no se relaciona a lo realmente ocurrido. No se trata ya de una tergiversación o distorsión de los hechos, sino de la negación de lo ocurrido o sencillamente de la instalación en el imaginario de la opinión pública de un «suceso» que nunca ocurrió. Cuando se ha llegado a estos extremos, estamos ya ante la instauración de un régimen totalitario y fascista.

Ahora bien, lo grave es que no solo se trata de una teoría. Más bien, el fenómeno hace carne en la sociedad boliviana, gobernada por la autoproclamada Áñez, en la que los medios de comunicación han sido la punta de lanza de la instauración de este régimen fascista en tanto fueron los que crearon la idea del fraude en las elecciones del 20 de octubre. Para hacerlo, fueron contra todo el sentido común. Dada la gravedad de las acusaciones, lo lógico era que se exigiera pruebas a los acusadores, las que estaban en las actas que todo partido político ha recibido de parte de los tribunales de las mesas electorales. Pero los medios instalaron la idea del fraude sin referirse siquiera a estos elementos objetivos, que en la investigación debieron ser tratados como los cuerpos del delito. De este modo, se tiene que «se cometió» un delito (el supuesto fraude) y el cuerpo del delito (las actas electorales) no ha sido presentado por los acusadores. Sin embargo, se anularon las elecciones, se detuvo a los miembros de los tribunales electorales nacional y departamentales, se conformó otro gobierno y se han convocado (y postergado) nuevas elecciones. La posverdad consumada.

En estos momentos, en los que la población se ve sumida en cuarentena por el coronavirus y el Gobierno golpista teme las repercusiones políticas de su negligencia, se genera otra posverdad para obtener el rédito político y trasladar su responsabilidad al anterior gobierno. La nueva posverdad es que «el gobierno de Evo no hizo nada por la salud en los 14 años de su gestión». Del mismo modo irracional que instalaron la idea del fraude, pretenden posicionar la matriz de que no se hizo nada en los 14 años de Evo. Poco sirve que el Movimiento al Socialismo (MAS) presente los mil 84 hospitales y centros de salud construidos o los 18 mil 550 ítems creados. Tampoco valen los datos de los logros en salud (reconocidos por organismos internacionales) sobre la reducción de la mortalidad infantil o de la desnutrición de los menores. Menos se tiene en cuenta que el presupuesto del sector ha crecido de 14 mil 900 millones de bolivianos en 2005 a 102 mil millones de la misma moneda en 2019. Con todo, se impone el imaginario en torno a que Evo no hizo nada en salud. Es la realidad negada.

Esta tendencia es francamente tenebrosa y el «mérito» de su instauración solo puede corresponder a un régimen fascista. De ahí la importancia de los medios alternativos para combatir esta tendencia que amenaza con destruir todo atisbo de democracia.

* Militante de la izquierda boliviana

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