julio 2, 2020

Hacia un gobierno patriótico de salvación


Por FERNANDO RODRIGUEZ UREÑA * -.


No es cuestión de mala fe, deseos perversos, destino manifiesto o velada conspiración. Lo evidente es que el gobierno de Áñez, por contradicciones internas, ausencia de experiencia, malas prácticas, autoritarismo lindante en la bravata y una lista aún más larga de evaluaciones que resultan negativas, definitivamente no pudo con el manejo del Estado y, peor, en las extraordinarias condiciones que impuso la pandemia del Covid-19.

A lo largo de estos meses de gobierno de transición, se han visto cambio de dirección que no solamente han sorprendido a quienes esperaban una conducta diferente de quienes se hicieron del gobierno. Es evidente que el frente político que logró su objetivo coyuntural que fue la caída del gobierno de Evo Morales, no existe más.

La decisión de Áñez de ser presidenta y candidata a la vez, implosionó sus articulaciones.

Los operadores de Camacho reaccionaron en contra y lo denunciaron públicamente, amén de las tropelías cometidas por sus militantes en lo que se podría llamar un asalto del aparato del Estado. La respuesta fue inmediata: se los alejó del gobierno, generando un severo desequilibrio interno. Mesa, primero quiso diferenciar su proyecto estratégico de su decisión táctica de apoyo al sui generis golpe, hasta llegar a su decisión actual de solicitar a Áñez su renuncia a la candidatura y disputar voto a voto su condición de segundo más votado en una posible segunda vuelta electoral. Los Comités Cívicos, ahora cuestionados por sus regiones, restan apoyo al Gobierno y optan por el camino del silencio, pero otra vez en franca conspiración. Las plataformas ciudadanas empiezan a plantearse reconstituciones y refundaciones que sean más consecuentes con sus visiones de participación en un gobierno. Sectores sociales altamente activos en el proceso de desgaste del gobierno de Evo Morales, como los médicos, hoy cuestionan profundamente al gobierno de transición en el manejo de la crisis producida por la pandemia del Covid-19, al ver cómo Áñez prioriza su confianza política a la capacidad técnica de sus autoridades posesionadas. Entre policías y militares, pese a los bonos y aumentos indirectos de sueldos, es evidente que persiste el antiguo malestar al ver que sus instituciones y expectativas no cambiaron, como les ofrecieron al momento de convertirlos en su núcleo e instrumento de poder para lograr el alejamiento de Evo Morales, incumpliendo sus directrices constitucionales. Y para empeorar la situación, sus asesores norteamericanos e israelíes, que llegaron los primeros a estructurar un plan de gobierno y los otros a hacer “turismo en Beni y Santa Cruz”, se fueron de Bolivia en un cuestionado “vuelo solidario”, pésimamente justificado por sus ministros, dejando otra pata coja en la mesa sobre la que gobierna Áñez.

Si a esto sumamos la inexperiencia en el manejo del Estado en la pandemia del coronavirus, el cuestionado uso de los recursos de los trabajadores de las AFP, entregados a los bancos privados y al Banco Central, la inexistencia en los hechos de un Ministerio de Planificación (quien toma decisiones prácticas en todos los terrenos es el asesor personal de la presidenta Áñez, Erick Foronda, de quien conocemos su extenso CV), las constantes y permanentes declaraciones, unas veces desgraciadas por su contenido o forma, y otras ignorantes por sencilla ausencia de conocimiento hechas por funcionarios de primera linea en el manejo del aparato del Estado, además de la velada y continuada presencia de la masonería y el Opus Dei en el Gobierno, generan desconfianza en la población, aún entre sus seguidores, pese al bombardeo descomunal de propaganda oficialista desplegada en conocidos medios de comunicación.

Si seguimos sumando la administración del conflicto de la crisis de la pandemia, su ausencia de liderazgo para dialogar con la población, especialmente en áreas rurales y periurbanas, poniendo en riesgo los sacrificios hasta ahora asumidos con la cuarentena; el no conocer la realidad de los trabajadores cuentapropistas, que son la mayoría de los trabajadores en Bolivia, y que comen con lo que ganan en el día; sus contradictorias concepciones sobre las rentas y bonos; sus conceptos de quiénes pueden y quiénes no pueden cruzar las fronteras, como en el caso de la frontera chilena, produciendo casos de violación de DD.HH. que ni en tiempos de guerra se admiten; el practico abandono de connacionales que en el exterior están sufriendo los efectos de la crisis de la pandemia; la ausencia de propuestas económicas para enfrentar las consecuencias del paro obligado por la pandemia y sus posibles futuras consecuencias en materias de quiebra y desempleo, son algunas de las señales que auguran para el futuro inmediato, una profunda crisis social, económica y política, que podrían poner en riesgo hasta la pervivencia material de la patria.

Y esta crisis habrá que afrontarla con la seriedad y desprendimiento que hasta ahora no supimos dar. No se trata de arriar banderas ni abandonar proyectos de país; no se trata de rendirse frente al oponente; no se trata de seguir con la lógica schmithiana del amigo/enemigo para apoyarlo o destrozarlo. No.

Se trata de encontrar mínimos denominadores comunes que permitan que las mayorías bolivianas, de todas las clases sociales, puedan salir lo menos afectadas posibles de la catástrofe que se avecina. Se trata de enfrentar políticamente la crisis para dar respuestas sociales y económicas adecuadas y pertinentes. Se trata de brindar las capacidades de liderazgo instaladas, para lograr acuerdos mínimos, fortalecer el Estado y formular políticas de Estado (no de Gobierno), coherentes y apropiadas para salvar a la patria, que no solamente es el territorio y sus riquezas, sino la vida de cada uno de los bolivianos y bolivianas.

Como efecto de esta crisis multidimensional, hoy como nunca en nuestra historia republicana y plurinacional, estamos en peligro de despedazarnos y destruirnos como ya ocurrió con Yugoeslavia (Bosnia, Herzegovina), la exUnión Soviética (Crimea) o el África (Libia), entre otros desgraciados ejemplos.

Y si hubiera viejos líderes políticos que se oponen a una propuesta de salvación nacional, es mejor que se salven ellos. Que nos dejen. Que se vayan, y que permitan a los viejos y nuevos dirigentes dirigentes políticos, generosos y patriotas, la responsabilidad de reconstruir la patria, una Bolivia, esta vez para todos.


* Sociólogo

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