abril 11, 2021

La pandemia en tiempos de Murillo


Por MARÍA BOLIVIA ROTHE *-.


La historia de Bolivia colecciona muchos personajes que se hicieron célebres, no porque le hayan aportado al país algo bueno, sino por pertenecer al oscuro bando de aquellos que llegan al poder de pura casualidad y lo asumen como un espacio para desplegar todas sus frustraciones y complejos personales no resueltos, utilizándolo como una válvula de escape.

Arturo Murillo es un ejemplo de esto, como lo fueron Luis Arce Gómez (con quien Murillo hasta tiene parecido físico), Claudio San Román y otros por el estilo, que en la historia contemporánea son recordados por su perversidad.

San Román fue entrenado por el FBI en técnicas de persecución, castigo y tortura, que ejerció con violencia extrema, contra todos los enemigos del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) de ese entonces. Fue el creador de la policía política organizada en Bolivia.

Arce Gómez amaba torturar a las personas, sobre todo si eran mujeres; era sádico hasta el hartazgo y conminó a caminar a las y los bolivianos con el testamento bajo el brazo.

Arturo Murillo pertenece a esta pléyade de renegados con la vida. Su primera declaración, apenas fue nombrado ministro de Gobierno por Áñez, fue una paráfrasis de Arce Gómez, cuando arremetió contra Juan Ramón Quintana, quien fuera, hasta el día del golpe, ministro de la Presidencia del gobierno de Evo Morales, diciendo: “Vamos a ir a la cacería de Juan Ramón Quintana, ¿por qué es una cacería? Ese es un animal que está matando gente en nuestro país y no lo vamos a permitir”.

Este triste personaje, a partir de ese oscuro momento, se convirtió en un ordinario comisario; todos aquellos que no gozan de su simpatía, han sido acusados de sedición y terrorismo, siendo encarcelados con una eficiencia nunca antes vista. Aquellos que no fueron hallados, cargan hasta el día de hoy procesos penales, acusados de una variedad de cargos, siempre encabezados por esos dos máximos cargos contra la patria.

Cuando la pandemia del Covid-19 llegó a Bolivia, las cosas no cambiaron. Este oscuro personaje asumió el control de la pandemia, desde la represión y el terror. Cambió los cargos de sedición por delitos contra la salud pública y, con este pretexto, sigue hasta ahora su estela de persecuciones y encarcelamientos injustos, sembrando más miedo y destrucción. Las personas se quedan en sus casas encerradas, más que por una genuina consciencia de luchar contra el virus, por el miedo que ha sembrado Murillo a lo largo y ancho del territorio boliviano, plagado de militares en traje de faina y armados hasta los dientes, en un absoluto irrespeto de la Constitución y las leyes.

Van más de 30 días de persecuciones, encarcelamientos, represiones e intimidaciones indiscriminadas y generalizadas, donde hasta el simple acto de regalar algo de comida a los que menos tienen, es un delito.

En este confuso panorama de terror, ilegalidad e ilegitimidad, las acciones sanitarias son débiles, erráticas o inexistentes. No se entiende porqué el capricho de no extremar esfuerzos para realizar pruebas laboratoriales que son imprescindibles para proyectar el curso de la pandemia, como en todo el mundo, no solamente a personas con la enfermedad declarada, sino también a sus contactos estrechos y posibles contagiados, y mantienen en dudoso secreto el destino de los millones que han llegado a Bolivia, ya sean producto de donación o préstamo, para la lucha contra el coronavirus.

Por si fuera poco, hacen unos días atrás, mientras la linda hija de la autoproclamada presidenta y su apuesto embajador marido disfrutaban de un “desestresante» viajecito a las aguas termales del natal Beni de su señora madre, desplegando en este propósito aviones oficiales en un despilfarro obsceno, el ministro Navajas, en una mezcla de desfachatez y absoluta falta de respeto a las y los bolivianos declaraba, palabras más o menos, que al final, todos, tarde o temprano, nos vamos a contagiar. Nunca entendí, les confieso amables lectoras y lectores, si esa fue una declaración de impotencia máxima frente a la situación o el prototipo, que quedará en la historia, del rico a quien la muerte de “unos cuantos pobres y enfermos” le da lo mismo y, por lo tanto, no vale la pena gastarse.

En este escenario, los hospitales y los profesionales que trabajan en ellos se preguntan en qué momento se tendrán que enfrentar con situaciones límite como las que se vivieron y se viven en España, Italia o Estados Unidos y si estarán preparados; si en ese momento, el actual gobierno boliviano será capaz de enfrentar con responsabilidad esa potencial tragedia.

Pero todo este complejo panorama no parece afectar a Murillo, dotado de una actitud soberbia, muy afecto al desplante y las malas maneras, amén de un desagradable lenguaje que lo hace más abyecto aún. Sus dichos son célebres, no solamente en ocasión de hablar del brote epidémico, sino en todos aquellos hechos en los cuales emite una opinión.

Así descripto, este contexto configura un escenario muy peligroso para Bolivia y parece que Murillo no lo logra entender; su capacidad de empatía y de comprensión del dolor y el miedo humano, no solo están ausentes, sino que utiliza su efímero poder para hacer pagar a todas y todos los bolivianos las cuentas que tiene pendientes con la vida, vaya uno a saber de qué pasados inconfesables.

Murillo, al igual que su jefa, alumna aplicada del imperialismo fundamentalista, carecen de la más elemental característica que hace que los humanos nos diferenciemos de las bestias: la compasión y la empatía. Los exabruptos religiosos que los caracterizan, no son más que poses convenencieras y políticamente correctas, acordes al libreto que deben desempeñar para que sus amos –que quieren convertirse también en amos de Bolivia– les dejen enriquecer sus pobrezas materiales y espirituales mientras ellos, los verdaderos, se comen Bolivia a pedacitos.

Más bien que la pandemia pasa y más bien que no estamos solos en el mundo y que habrán elecciones. Más bien que esto de tener que soportarlos, de sufrir cada que se mandan una barbaridad, como si el país que se construyó en 14 años con tanto esfuerzo, fuera su coto de caza, ya va a llegando a su fin y la memoria de la historia, así como la nuestra, que es fuerte al igual que nuestra capacidad de resistencia, les cobrará con intereses, su desatino y su maldad.

* Médica salubrista

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