octubre 22, 2020

Los médicos cubanos


Por Julio A. Muriente Pérez * -.


Los llaman de todas partes. Y a todas partes van. A los lugares más recónditos, en cualquier punto del planeta. Sin importar los riesgos, limitaciones o adversidades. Exponiendo su seguridad y sus vidas. No desde ahora; desde hace años. Se han ganado el respeto y el reconocimiento internacional y han puesto muy en alto la sociedad que los educó y formó. Constituyen una muestra singular de solidaridad, en una dimensión cargada de amor y humanidad.

Son los médicos cubanos. Hombres y mujeres formados en la ciencia y, al mismo tiempo, en la responsabilidad social que trasciende fronteras. En eso que se conoce como internacionalismo. Conceptos estos, solidaridad e internacionalismo, que implican el desarrollo más alto posible de los sentimientos de un ser humano.

Es decir, cuando un ser humano asume los problemas, dificultades o sufrimientos del prójimo como propios. Cuando está dispuesto a entregar todo cuanto es, todo aquello para lo que puede ser útil, con tal de provocar la seguridad y la felicidad en otros y otras.

De ahí que, para comprender a plenitud el sentido de esa avalancha planetaria de cubanos y cubanas vestidos con sus batas blancas, lo mismo en Andorra o Italia, que en Nicaragua, Venezuela o en numerosos países africanos, es necesario reconocer que provienen de un país donde se ha dado una revolución social, ideológica y cultural, radical y profunda.

Bien sabemos que en las sociedades capitalistas la salud constituye una actividad extraordinariamente lucrativa. Los servicios médicos, los laboratorios, los medicamentos y los equipos especializados son una virtual mina de oro para un sector reducido de la población para la cual la salud es un gran negocio.

Si en alguna actividad social en nuestros tiempos se hace evidente la diferencia entre ricos y pobres, entre burgueses y trabajadores o campesinos, es en lo relacionado a la prestación de los servicios de salud.

Por eso, mientras la salud no llega a tantos, es frecuente escuchar en una familia “clasemediera”, con que alguno de sus hijos o hijas se haga médico. No para que sirva a su pueblo, sino para que se haga rico. No para que atienda pacientes; para que tenga clientes.

Mientras tanto, en Cuba se ha ido desarrollando una manera diferente de pensar y sentir, en la que no es el lucro el incentivo principal, sino el servicio. Cuba, isla-nación de casi 110 mil km² y poco más de 11 millones de habitantes, es uno de los países que cuenta con el mayor número de trabajadores de la salud per cápita en el mundo entero. Incluso más que muchas potencias capitalistas. Eso le permite garantizar la salud de sus ciudadanos y la prestación de servicios en distintas partes del planeta.

¿Qué si son revolucionarios y revolucionarias los trabajadores de la salud de Cuba, esos que hoy heroicamente se exponen para enfrentar la pandemia que nos asola? ¡Pues claro que son revolucionarios y revolucionarias!
Precisamente ahí está la diferencia. No son meramente médicos, enfermeras y especialistas. Son hombres y mujeres movidos, como dijera alguna vez aquel médico guerrillero que es inspiración universal, por grandes sentimientos de amor.

No nos extraña que los mezquinos, los prejuiciados, los poseídos por el dinero y los cegados por el oscurantismo primitivo, no entiendan de estas cosas. Esos, que se cocinen en sus odios.

Mientras tanto, los hombres y mujeres de bien, que somos muchos más, aplaudimos a los médicos cubanos, que nuevamente han dicho presente en beneficio de la humanidad; que exportan desde la mayor de las Antillas al mundo, lo más puro y sublime de la Revolución cubana, el amor a la vida.


* Catedrático Universidad de Puerto Rico y dirigente del Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico

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