octubre 22, 2020

A seis meses del golpe


Por María Bolivia Rothe -.


Mayo es un mes frío y en el exilio el invierno se hace más frío todavía. Una es pero no es; se está en un territorio que es amigo, pero que no es de una. Se ha perdido la pertenencia.

En el exilio, una vive de prestado. Se presta una casa, se presta una vida, se presta un nuevo paisaje en el que nunca encajamos realmente, porque, verdaderamente, ahí no pertenecemos; hay que acostumbrarse a todo esto, lejos de lo verdaderamente nuestro, lejos de lo que realmente importa, de lo que es, en realidad, nuestra vida.

El exilio es un despojo violento de la identidad y de las bases que nos configuran como seres humanos. El exilio es un desgarramiento de la piel del alma, tan profundo, que deja cicatrices imborrables.

El exilio es vivir con los ojos y el alma puesta en el retorno; es atesorar una cotidianeidad que nunca valoramos. Es darnos cuenta, recién ahora, que éramos felices y no lo sabíamos.

El exilio es tocar la cara del amado en una pantalla e imaginar la textura y la suavidad de su piel; es besar, imaginariamente cada noche, a los hijos en un buenas noches virtual y es imaginar el aroma de las flores de nuestro balcón, la textura del pelaje de nuestra mascota o el viento frío de las noches paceñas en nuestro rostro. Es tratar de encontrar nuestros sabores y olores, en otros sabores y otros olores desconocidos. Es empezar a entender la lógica de nuevas miradas y nuevas presencias que nos acunan tan cálidamente, que parecería que verdaderamente entienden nuestro drama; caminar las calles con agradecimiento por la acogida tibia de la nueva ciudad-morada, sin perder nunca la nostalgia en el alma.

Pero el exilio es también la rabia acumulada y la impotencia incubando un odio silencioso de ver cómo se hace añicos, en segundos, todo lo que costó tanto construir. Es querer gritar y que nadie te escuche; es la soledad del paria que lucha, porque sabe que es la única manera de recordarle al mundo lo que nunca debe olvidarse.

El exilio es, en pleno siglo XXI, la prueba de que la intolerancia existe; que el odio existe y que hay que seguir luchando contra él.

Pero el exilio es un camino que sí tiene retorno; es un párate momentáneo para tomar fuerzas. Aquellos que creyeron que estábamos vencidos, se equivocan, nos estamos reinventando en el medio de nuestras heridas y nuestra rabia sempiterna.

Porque sabemos que volveremos, con la paciencia milenaria que nos caracteriza, a reconstruir sin pereza lo que nos destrozaron. Por los mismos caminos volveremos, triunfantes, con la mirada en alto, a devolverles la dignidad y la alegría a nuestro pueblo. Nosotros, los de siempre; los que nos caemos y nos levantamos; los que hemos hecho de la lucha y la resistencia, una forma de vida.

Volveremos con las mismas palabras y las mismas miradas, un poco más húmedas, pero más guerreras; en nuestro territorio liberado y luminoso, seguiremos construyendo, seguiremos sembrando.

Un pueblo que se sabe libre y digno, no lo olvida. A pesar de tanto dolor y de tanta conspiración, las y los bolivianos somos capaces de resurgir y evitar, desde la democracia, que una nueva época de oscurantismo y dolor, cubra nuestra bendita tierra.

Es cuestión de tiempo y aquí estamos, tercamente esperando el momento cercano, cuando en las urnas, legalmente y voto mediante, Bolivia grite: ¡Libertad!


• Médica salubrista

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