octubre 24, 2020

Áñez y la electoralización de la pandemia

Por Marcos Peralta * -.


La crisis sanitaria del Covid-19 que azota al mundo, llegó a Bolivia a mediados de marzo, justo cuando se desarrollaba un proceso electoral que buscaba elegir al nuevo presidente del Estado.

Ante la pandemia, el órgano electoral determinó suspender temporalmente las elecciones. Todas las fuerzas políticas proclamaron abandonar el proselitismo y llamaron a enfrentar al virus, mostrándose puritanos y libres de escrúpulos (como lo hace un buen candidato).

Sin embargo, más allá de algunas propuestas interesantes, los candidatos reconfiguraron sus estrategias de campaña. Sobre la mesa saltaron temas de interés colectivo, como la fragilidad del sistema de salud, la pobreza no superada, la recesión económica mundial, la pérdida de empleos, el cambio del modelo de desarrollo, entre otros. Estas temáticas son las que debieron ser consideradas para la reformulación de sus programas de gobierno y la conformación de sus ofertas electorales. Por lo tanto, los actores que pugnan por la silla presidencial saben muy bien que la campaña no está en pausa, como dicen, sino que tiene plena vigencia pero de una forma camuflada, mimetizada con mensajes que tratan de dar sutiles soluciones a los problemas que aquejan al grueso de la gente.

Sin embargo, existe una diferencia sustancial entre los candidatos que proponen alternativas y los que toman decisiones de fondo y manejan los hilos del poder. Jeanine Áñez es la presidenta en ejercicio y candidata a la vez. Por ende, todas sus acciones están transversalizadas por la campaña electoral y eso lo saben sus asesores. Su éxito o fracaso del manejo de la crisis del coronavirus pueden terminar de sepultarla en las encuestas o catapultarle algunos puntos.

De acuerdo a los últimos estudios de percepción de CIESMORI, poco más de un 50% de los encuestados en ciudades capitales aprueba la gestión de la crisis sanitaria, no obstante esos datos no pueden traducirse mecánicamente en futuros votos para Áñez. Recordemos que antes de la pandemia, la presidenta quedó estancada en las encuestas y su contendiente más fuerte, Luis Arce Catacora, del Movimiento Al Socialismo (MAS), llegaba a un 38% de voto útil, es decir, a solo dos puntos de ganar en primera vuelta.

Es evidente que el manejo de la emergencia sanitaria nacional provocada por el coronavirus será un factor muy influyente en las elecciones próximas y así lo acaba de aseverar un estudio realizado por las Naciones Unidas, junto con la Fundación alemana Friedrich Ebert, a diferentes líderes de opinión a nivel nacional. Los datos son poco alentadores para el Gobierno: de una puntuación del 1 al 10 sobre el manejo de la crisis, obtuvo un 4,2.

Este panorama tan desfavorable pone en aprietos al Gobierno/candidato. Su débil gestión se explica por la ausencia de liderazgo, su cuestionada legalidad y su carencia de legitimidad, aspectos que configuran a un gobierno inestable. Es por eso que, ante la falta de consensos con la sociedad civil, se apuesta por aplicar una política que criminaliza y estigmatiza, a través de la Policía, Fuerzas Armadas y el poder judicial, a sus rivales electorales.

Esa estrategia es parte de la campaña del régimen. Hoy existe una matriz discursiva que se expande por todos los medios de comunicación, donde se presenta al Gobierno como el salvador de la crisis que lucha contra sus malévolos opositores encarnados en el MAS. Se quiere instituir en el sentido común de la gente que los ignorantes que rompen la cuarentena son del MAS; los que protestan por sufrir alguna carencia son los delincuentes del MAS; los que emiten alguna opinión contraria y se expresan por redes sociales son los terroristas virtuales o guerreros digitales del MAS y no otros. Ejemplos sobran.

Los ministros de Gobierno y Defensa no se ahorran epítetos en sus conferencias de prensa. Todos los improperios son lanzados contra una candidatura (la del MAS obviamente). Desde acusarlos de «salvajes» hasta socapadores del narcotráfico. Estas acciones discursivas son parte de una campaña muy bien estructurada bajo la lógica del amigo/enemigo.

La negativa de la presidenta a viabilizar las elecciones los próximos meses responde a este catastrófico escenario electoral. Además denota una preocupación latente ante la pérdida del poder y sus consecuencias inmediatas. Por lo tanto, la pandemia se convirtió en la coartada perfecta para ganar tiempo suficiente que le permita posicionarse mejor en las encuestas. En su último comunicado afirma tener «la suficiente fuerza para ganar», sin embargo ello está sujeta a la ampliación de su mandato mientras prosiga la pandemia. Vaya suspicacia. En otras palabras, Áñez hace campaña todo el tiempo, pero se opone a llamar a elecciones, sino es cuando ella y sus colaboradores (alguna embajada en particular) lo determinen.

La campaña negativa, como se conoce en el marketing político, contra el MAS, parece no haberle resultado del todo ya que paralelamente se conocieron escandalosos casos de negociados, prebendas, mal uso de bienes del Estado, corrupción y un largo etcétera, hechos que hundieron mucho más su preferencia electoral. Desde esa óptica es que se debe comprender la nula voluntad de llevar adelante las elecciones.

El Covid-19 transformó la vida en todos sus sentidos y el plano electoral no está ajeno a ello. Bolivia tiene más de mil contagiados y 62 descensos, una situación preocupante pero no crítica, como la de otros países. El privar al pueblo de elegir a sus mandatarios es un atentado contra la democracia y es una característica de todo gobierno autoritario. La pandemia no puede servir de pretexto para aferrarse al poder ni debería ser utilizada para atacar a los militantes de un partido político. Está en manos de todos nosotros hacer prevalecer nuestro derecho y la democracia, de la que algunos se jactan pero rara vez la practican.


* Es comunicador social

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