agosto 4, 2020

Contra la democracia falsa y entreguista


Por Fernando Rodríguez Ureña -.


El título de la columna, es una frase extractada de una conferencia que diera Augusto Céspedes (el “Chueco”), el 24 de julio de 1973m en el Instituto de Investigación y Capacitación Política “Carlos Montenegro”.

En esta conferencia titulada La táctica del golpe del 21 de julio de 1946, Augusto Céspedes caracteriza a la oligarquía en Bolivia como el grupo social y económico que “se mantiene en el poder mediante la violencia, una violencia sistemática y metódica”, de élite y casta, que además “asimilaba todo aquello que se llamaba revoluciones; las neutralizaban o las absorbían y continuaban mandando sin mayor preocupación”.

En esta misma conferencia hace referencia a esa democracia falsa y entreguista denunciando los abusos de la casa Grace, la Railway, las compañías molineras y las grandes empresas mineras.

Argumenta que el gobierno de Gualberto Villarroel, el presidente derrocado y asesinado en un farol de la plaza Murillo –ese aciago 21 de julio–, era acusado de nazi fascista, por exigir mejores precios para el estaño que se vendía a los Estados Unidos y sus aliados a precio de gallina muerta. Calcula, en base a estudios realizados entonces por Fernando Baptista, que Bolivia había regalado 600 millones de dólares de entonces para la defensa de la civilización occidental.

Céspedes explica que Gualberto Villarroel era enemigo de la rosca antinacional porque aplicó el decreto del 7 de julio de 1939 del presidente Germán Busch, para el control del 100% de las divisas producidas por las exportaciones. Impuso la Ley de retiro Voluntario, la ley del fuero sindical, reconoció el matrimonio de hecho y la igualdad de los hijos y se aplicó las leyes de trabajo, que existían, pero hasta entonces eran ignoradas. Además de esto, autorizó la realización del Primer Congreso Indigenal “donde los ministros se dirigen a los indígenas en quechua y aymara, hecho que causa un escándalo indescriptible entre las clases acomodadas y blancoides” sic.

Señala que las presiones de Estados Unidos obligaron a Villarroel de prescindir en su gabinete a Carlos Montenegro y a su persona y que además se le impone la misión norteamericana Warren, que como resultados de su consultoría sentencia que todos los prefectos del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) debían ser sustituidos por oficiales del Ejército y también sacar a todos los militantes del MNR de los puestos de importancia.

Refiere igual a otra frase del embajador Warren, quien en abierta injerencia señala que se debe dificultar que el MNR llegue a tener una mayoría de votos, impulsando una campaña por la que los electos sean en base a su propia reputación y no por su filiación política. A lo que el Chueco añade: “Warren quería formar un parlamento con los elementos independientes que reclutan los militares entre sus primos, hermanos y cuñados, a nivel de fiestas y cumpleaños o en la Masonería”.

Identifica a las tradicionales bases de la Rosca como: toda la prensa a excepción de La Calle, el Frente Democrático Antifascista conformado por: el PIR, la Unión Cívica Femenina y la Acción Social Democrática. Además dice que por detrás operan la Masonería, como red de enlaces e incrustaciones, viejos militares desplazados de Radepa, los gamonales que temen una reforma agraria, las poetisas de la rosca, los maestros piristas y los universitarios obedientes al rector Ormachea Zalles, quien es el primer presidente del Centro Boliviano Americano.

Hace una referencia interesante a la situación de sectores militares definidos por Carlos Montenegro como: “Fuerzas desmoralizadas por el sabotaje, divididas por ambiciones caudillistas, inutilizadas por la confusión que sembraron algunos jefes ineptos para comprender el valor de la revolución boliviana y que se corrompieron al contacto con la Rosca”.

Para explicar la generación de condiciones materiales y subjetivas que produjeran el estado de ánimo de los golpistas, hace cita al escritor italiano antifascista Ignacio Silone, quien afirma: “Las viejas clases tienen un instinto de conservación que suple su falta de inteligencia”. Y añade Céspedes: “Con ese instinto es que las oligarquías saben promover en las poblaciones ciertos impulsos que solo ellas pueden manejar sin que los impulsados se den cuenta. Poseen las viejas clases, en el caso concreto la boliviana, un dominio tradicional, un colonialismo psicológico, un dominio que se ejerce sobre el complejo de inferioridad y que no siendo permeable al análisis, es obedecido, actuando como un reflejo condicionado a la costumbre, el respeto, los mitos que esa oligarquía ha sembrado en el sentimiento de las clases sometidas. La oligarquía usa el prestigio que le da la prensa, especialmente sobre las clases medias, encubre sus verdaderas intenciones bajo slogans, palabras idealistas e instituciones apolíticas. En el caso este, la prensa de derecha habla de la Libertad con mayúscula, y el PIR en la izquierda, expone el viso de redención socialista al golpe reaccionario”.

Como bien señala Céspedes, su discurso es una es análisis del golpe como hecho de sociología política, sin renunciar a su punto de vista nacionalista revolucionario “ni excluir datos que hacen del 21 de julio uno de los acontecimientos más vergonzosos de la historia de Bolivia y también el más representativo de la sociología colonial. Ese hecho está vinculado a raíces y estamentos sobre los que se ejerce la dominación colonial”.

Al leer esta columna, algunos conocidos, amigos y no tanto, pueden pensar qué le pasó al autor para hacer apología a uno de los ideólogos del Estado del 52, proceso del cual siempre fue crítico al no haber logrado la liberación nacional, en un momento histórico en que tenía las condiciones materiales y subjetivas para hacer tal proceso, la primera revolución socialista de América Latina, con características propias y muy bolivianas. Aquí la explicación.

Si bien el Chueco Céspedes es una de los ideólogos del nacionalismo revolucionario y parte de la dirección ideológico-política MNR, también es cierto que su antiimperialismo y posición en contra de la rosca proimperialista era sincera e indudable, develando este discurso además su conocimiento y análisis de la estructura social y política de la Bolivia de entonces, que seguramente muchos intelectuales de las ciencias sociales de hoy deben sentir rubor al revisarlas y revisarse.

Y considero importante analizar y debatir en torno a este discurso –del cual nos espera aún una segunda parte–, porque nos permite develar la recurrencia en la historia, que si bien no se repite literalmente, puede dar giros y llegar a posiciones similares en su desarrollo ascendente y en espiral. Como Karl Marx expresara en el 18 Brumario de Luis Bonaparte: “La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”.

Considero que al continuar presentes elementos estructurales en la formación social y económica boliviana –que aún no se han transformado y continúan arraigadas a pautas de actuación social y conductas definitivamente coloniales y serviles a la antipatria, y que se encuentran hoy actualizadas en la sociología política boliviana–, el encontrar las lógicas de actuación de las clases conservadoras como de las potencialmente transformadoras de la realidad, puede inspirarnos a considerar algunas variables que podrían ser recurrentes en el desarrollo de los futuros acontecimientos políticos en nuestro país. Para concluir, Céspedes señala: “Conforme a las leyes de la dialéctica todo hecho histórico en su nacimiento, tiene el germen de su contradicción”, para hacer referencia a lo que seis años después sería la revolución de abril de 1952. Felizmente, y no sé porqué, ahora los meses pasan volando.


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