septiembre 22, 2020

Tributo a Clarice Lispector

Por Lourdes Saavedra Berbetty * -.


Después del final de la palabra empieza el gran alarido eterno.
Clarice Lispector


Se debe reconocer que para leer a Clarice Lispector, como señala Gastao Moreira, es necesario tener una preparación psicológica; una vez que sus palabras te cautivan no hay vuelta atrás. Clarice nació casualmente en Ucrania, un 10 de diciembre de 1920, su familia de origen judío había decidido emigrar a América huyendo de los desastres de la guerra. Recién en 1922 los Lispector consiguieron embarcarse rumbo a Brasil, donde la hermana de la madre esperaba a la familia. Entonces, la que se llamaba «Haia» de nacimiento pasó a llamarse Clarice. Adelantándome un poco a los cien años de su nacimiento, estas palabras buscan la insondable misión de conocer a esta enigmática escritora.

Bruja, samaritana, hermética, varios nudos enlazan la vida de una de las principales narradoras del siglo XX, que detestaba dar entrevistas, con una belleza inusitada, una pasión ilimitada por escribir en la madrugada y contemplar la oscuridad de la noche en los ojos de su perro. Adoraba los caballos, respetar y contemplar la sonoridad el mar, refugiarse por días en hoteles para narrar sus historias y alejarse del mundo en la caverna de las palabras.

Lispector afirmaba «me darán un nombre y me alienarán de mí», de alguna manera el estigma de forastera en la tierra ya marcaba el misterioso magnetismo de su obra, que musitaba una revelación existencial «escribo porque no tengo nada que hacer en el mundo: estoy de sobra y no hay lugar para mí en la tierra de los hombres». Los primeros años de su vida los pasó en Pernambuco, Recife, la muerte de su madre a la temprana edad de 10 años y el traslado a Río de Janeiro, marcaron el escenario de sus crónicas, cuentos y novelas como «La hora de la estrella» o relatos como «Restos del carnaval», inspirados en el mundo nordestino del Brasil.

Antes de sus veinte años escribió su primera novela «Cerca del corazón salvaje», que le mereció a los 24 años el premio Graca Aranha (1944). Los textos de Clarice fueron varias veces rechazados de periódicos y editoriales, porque no tenían una trama definida, esa fluidez del lenguaje que experimentaba al escribir fue comparada luego con autores como Proust, Viginia Wolf y hasta Kafka. Cuando era una adolescente, al no poder compararla con nada, ni con nadie, le dijeron que escribir no era poner pensamientos como una polifonía absurda. A pesar de la crítica no muy favorable en sus inicios, se dio el lujo de tener una existencia que descubre objetos asesinados por el nombre propio y encarnados por un dominio único del lenguaje, por medio de un discurso galopante que retrataba la inocencia y la ferocidad del estar vivo.

Clarice estudió la carrera de Derecho, sus compañeros siempre la caracterizaban como un ser complejamente inteligente, ella misma admite que tenía una «inteligencia sensible» y que no tenía intenciones de ejercer su profesión. Se casó con el diplomático Maury Gurgel Valente, a quien conoció en la Facultad, de esa manera, tuvo la oportunidad de vivir en Berna, Nápoles, Suiza y Estados Unidos. En la Segunda Guerra Mundial trabajó de voluntaria atendiendo a pacientes brasileros en un hospital.

Tuvo dos hijos: Paulo y Pedro, de quienes escribe escasamente en su libro de crónicas «Revelación de un mundo». Se separó de su esposo en 1959 y regresó a vivir a Río de Janeiro, donde volvió a la actividad periodística buscando cierta independencia económica. En 1960 publica su primer libro de cuentos «Lazos de Familia», con éxito relativo; en 1961 salé su insondable novela «La manzana en la oscuridad», más tarde convertida en obra de teatro. En 1963 se publicó la que es considerada su obra-maestra, «La pasión según G.H», escrita en unos meses, abierta a infinitas lecturas por el peso de su introspección y existencialismo.

En 1966, justamente en una de las madrugadas, se durmió con un cigarrillo prendido, provocando un incendio que destruyó completamente su dormitorio, quemó parte de su cuerpo, y casi le amputan la mano derecha que fue milagrosamente recuperada. Este incidente repercutió en su estado de ánimo y acrecentó su hermetismo.

Al final de la década del 60 y principios del 70 publicó varios libros infantiles, trabajó de traductora, dio algunas charlas y conferencias en Brasil y otros países, la invitaron a participar en diferentes eventos a los cuales casi nunca asistía. Una vez esperó con ansias asistir al Congreso Mundial de Brujería en Bogóta en 1975, donde a último momento decidió no presentar su ponencia y pidió que a cambio se leyera su cuento favorito: «El huevo y la gallina», que es una joya narrativa que puede leerse mil veces y aún así no encontrar la cadena de significados «Ver el huevo es imposible: así como hay sonidos supersónicos, el huevo es supervisible. Nadie es capaz de ver el huevo (…) El huevo es el alma de la gallina. La gallina torpe. El huevo seguro».

En 1977 publica «La hora de la estrella» considerada personalmente su obra cumbre. En realidad es un libro de culto, que fue llevado al cine. Fue la primera novela que leí de Clarice Lispector, y la última que ella escribió (“Un Soplo de vida”, ya es póstuma). No podía creer que alguien escriba de esa manera, me sentí radiante, desconsolada y miserable, porque nunca llegaría a ese nivel narrativo. Leer esta novela cambió el rumbo de mi percepción respecto a la vida y me abrió nuevas alternativas para construir mi mundo. Comprar este libro significó gastar todo mi miserable sueldo, de manera devota odié y agradecí a ediciones Siruela por su carísima e impecable publicación. También guardo bajo mi colchón una descolorida publicación de “Atar a la Rata”, donde leí una entrevista fascinante que decidí ocultarla, porque es mi tesoro añejado por el tacto que no se cansaba de manipular las palabras como conjuro. Cuando viajé a Buenos Aires (en un mundo anterior a la cuarentena y el Covid-19) encontré una foto microscópica de Clarice en la revista Ñ, la compre y la leí en un largo viaje esperando que todos estén dormidos para que mi felicidad me atrape e ilumine. La vida no me ha dado muchos privilegios, por eso guardo palabras y momentos.

Tres descubrimientos insondables

  1. Clarice conoció a Chico Buarque, varias veces pasearon juntos en Europa y Brasil. Lo que más recuerda del músico es la tristeza de su mirada.
  2. La violación que sufrió la madre de Clarice Lispector en Ucrania es una de las mayores revelaciones que Benjamín Moser hace en la primera biografía en inglés de la autora brasileña. La madre de Lispector fue una mujer con su salud destruida y, ya casi paralítica, consiguió llevar a su familia hasta el Brasil, donde su hija menor la vio morir en el taxi que la llevó al hospital. Antes de morir le dijo al conductor: “Imagínate que no vamos al hospital, que no estoy enferma, que vamos a Paris”.
  3. En 1976, Clarice Lispector visitó la Feria del Libro en Buenos Aires para presentar las traducciones al castellano de algunos de sus libros. En esa ocasión, al ser entrevistada por la revista Crisis, una reportera le comentó intrigada: “Sus libros me han dejado llena de interrogantes”, a lo que Clarice se apresuró a responder: “seguramente yo no podré aclarárselos”.

Epílogo

Clarice Lispector fallece en Río de Janeiro el 9 de diciembre de 1977 a los 56 años, víctima de un cáncer de ovario. En el siglo XXI las palabras de Clarice Lispector viven más que nunca. Existen muchas lecturas de su obra, desde Helene Cixous a Olga Borreli, también muchos posgrados, tesis y talleres literarios; hace varios años atrás me inscribí a un curso de Alejandra Canedo respecto a «La Hora de la estrella y las posibilidades de la carencia», aún sigo en el aula de clases buscando a “pequeña flor” mitigando la violencia del silencio y mirando con cierta familiaridad a las cucharachas. La obra y vida de Lispector se calcina en el fuego de la lectura necesaria y recurrente de lectores ávidos, turistas del vacíp, los que buscan epifanías con los pies descalzos de la intuición. Mientras las feministas la reclaman, los hermenéuticos la interpretan y los psicoanalístas la analizan, yo me quedo con su misterio.


• Escritora

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