julio 9, 2020

Bolivia: la izquierda revolucionaria y la democrática en tiempos de dictadura

Por BAYARDO MARTÍNEZ VILLARROEL-.


A propósito de las bravuconadas del gorilismo por los pasillos de la Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP) en Bolivia, decimos que quien no conoce su historia, está condenado a repetirla.

Aunque algunos por ahí dicen que la historia la escriben los vencedores, lo cierto es que el debate que tuvo lugar en las filas de la izquierda durante la década de las dictaduras militares fue más complejo de lo que parece.

El desarrollo ideológico del movimiento obrero latinoamericano, de la mano del materialismo histórico, había empezado a poner en pie sus programas de lucha para el avance hacia el socialismo, y Bolivia no fue la excepción.

El movimiento obrero local fue referente importante para el comunismo internacional, por sus aportes primero en la Tesis de Pulacayo, luego en la tesis del IV Congreso de la Central Obrera Boliviana (COB) y, finalmente, en la puesta en pie de la Asamblea Popular de 1971. Ante este escenario, en el marco de la Guerra Fría y buscando la forma de salir a la crisis global auspiciada por la crisis del petróleo de 1973, el imperialismo norteamericano tuvo que patrocinar y articular a varios gobiernos militares bajo la sombra del Plan Cóndor.

En ese contexto, la izquierda boliviana tuvo que adecuar sus estrategias de lucha, en medio de la resistencia armada, los asesinatos, los exilios, las desapariciones y torturas a las que la sometía el gorilismo (término que caracteriza a los militares golpistas de derecha); sin embargo, no se trataba solo de la desaparición física de los cuadros políticos, sino fundamentalmente de la extirpación del marxismo de la consciencia del movimiento popular.

La clara identificación de los intereses antagónicos de clase, las perspectivas de la revolución y la toma del poder por los obreros y campesinos, poco a poco se vieron disminuidas y borrosas ante el pragmatismo de las corrientes reformistas y democratizantes de izquierda, que se empeñaban en sustituir esta contradicción de clase, por otra aparente, “dictadura versus democracia”.

Las libertades democráticas son herramientas fundamentales para la lucha social y política de los pueblos, aunque el hacer de la democracia la finalidad estratégica o asimilarla sin contenido de clase, contribuye a la despolitización y desideologización del movimiento obrero, un camino sin retorno hasta el día de hoy.

La izquierda marxista anticipó en lo último de su influencia que no existe contradicción entre democracia y dictadura, que no son excluyentes; son dos formas de gobierno del Estado capitalista, una aparece en su auge y la otra en su crisis. De hecho, cuando la sociedad capitalista comienza a desintegrarse, una de sus expresiones es el fascismo, que se encarga de sepultar todo rasgo de democracia burguesa y destruir al movimiento obrero que se rebela, muchas veces utilizando el recurso militar, pero sin perder de vista el propósito fundamental del saqueo de los recursos naturales.

La izquierda revolucionaria fue diezmada por las dictaduras y desapareció, advirtiendo sobre el carácter colaboracionista y los alcances reformistas del programa político de la izquierda democrática que emergía. La izquierda democratizante, por su parte, se impuso y sustituyó la lucha socialista por la lucha en defensa de la democracia representativa; desorganizó la movilización popular para trasladar la lucha a los curules del Parlamento y poco a poco empezamos a conocer las bondades de la democracia que habíamos conquistado.

Los antes izquierdistas democratizantes terminaron siendo los verdugos del neoliberalismo, y proliferaban a montones pidiendo a los obreros y campesinos su apoyo para llegar al Congreso (MIR, MBL, UCS, CONDEPA y otros más).
Tuvieron que pasar más de dos décadas para que el movimiento popular boliviano entendiera que la democracia también tiene contenido de clase, en manos de la burguesía es opresora y en manos del pueblo es liberadora, por ello en octubre de 2003 se vuelca a las calles y retorna al camino revolucionario interrumpido en 1971. Hoy, cuando nuevamente se ha consumado un golpe de Estado y empieza a surgir la amenaza del retorno de la bota militar y desde la izquierda se plantea la taxativa consigna de ¡Elecciones Ya!, se siente la gran ausencia del materialismo histórico en las filas del Proceso de Cambio, condición peligrosamente que puede hacer caer nuevamente a la izquierda de nuestro tiempo en la errónea idea de estar ante la polarización “democracia versus dictadura”, como planteaba la izquierda democratizante en el pasado.

Debemos tomar en cuenta las amenazas del señor Orellana, comandante de las Fuerzas Armadas, y la posibilidad de la bota militar en el marco de las lecciones de la historia política pasada. El gorilismo no puede abstraernos de la contradicción fundamental de clase. Para ser gráficos, la burguesía mantiene las relaciones de explotación capitalistas agarrando en una mano la papeleta electoral y en la otra el garrote, te ofrece la posibilidad de escoger entre explotación “democrática o fascista”. La contradicción sigue siendo de clase, no hay denominaciones abstractas, sino que dependen de los objetivos, la democracia o es representativa, opresora y de las élites, o es participativa, directa y del pueblo. Lo mismo ocurre con las Fuerzas Armadas, o son represoras, fascistas y al servicio de las oligarquías y el capital o son liberadoras, revolucionarias y al servicio de su pueblo. La experiencia política de la llamada “recuperación de la democracia” a través del lente del materialismo histórico nos enseña mucho a los de abajo y nos hizo comprender que cuando la burguesía habla de democracia, se refiere a “su” democracia.

Hoy, en caso de concretarse el avance del gorilismo, el movimiento popular debe continuar construyendo su propia agenda de lucha popular, en defensa del litio, por un Sistema Único de Salud Pública (SUS), contra los transgénicos, expropiar a los grandes terratenientes las tierras productivas para garantizar la soberanía alimentaria, entre otros, porque en caso de agotarnos (como en el pasado) en la idealización de la democracia podemos caer en los brazos de un neoliberalismo restaurado.

A veces se lucha en las ánforas y otras en las calles, entre fusiles y sangre, las elecciones son un espacio más de lucha, pero no un fin en sí mismo. No debemos olvidar jamás quiénes son los enemigos históricos de clase, quiénes somos nosotros y cuál es nuestra verdadera historia.


* Cientista político

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