octubre 28, 2020

George Floyd, Fernando Vázquez y el racismo en América


Por Julio A. Muriente Pérez-.


Se han dado simultáneamente las impresionantes protestas en decenas de ciudades de Estados Unidos, tras el asesinato del ciudadano afroestadounidense George Floyd por un policía blanco, y la reacción provocada por las expresiones racistas del exministro de Minería del gobierno dictatorial de Bolivia, Fernando Vázquez.

No son casos aislados ni inconexos. Constituyen la muestra más reciente de una larga historia de discrimen que ha marcado al continente americano desde el inicio de la conquista europea, hace más de cinco siglos.

La vorágine social que estremece a Estados Unidos está relacionada directamente con las ejecutorias de una administración gubernamental extremista y prepotente, que se sostiene precisamente en la exacerbación del supremacismo blanco pero, más allá, del supremacismo imperial.

No todos los estadounidenses son racistas. No todos los estadounidenses comparten la idea cultivada por décadas de que ese país es dueño del planeta, del que puede disponer a su antojo. Ese es un pueblo sometido como pocos a la imposición imperialista, para que sea la base social que justifique y aplauda los desmanes cometidos por sucesivos gobiernos e intereses económicos, políticos y militares alrededor del mundo.

Es cierto que muchos ciudadanos de ese país comparten las ideas de la supremacía racial/nacional. Son los mismos que llevaron a Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos en 2016. Pero también es cierto que, más allá del color de la piel, muchos estadounidenses rechazan el discrimen racial, la xenofobia, las agresiones internacionales y la prepotencia de su gobierno.

Observemos que buena parte de los miles de manifestantes que han tomado las calles en decenas de ciudades estadounidenses, son blancos. Ciudadanos y ciudadanas para quienes el brutal asesinato de George Floyd ha sido la gota que ha colmado la copa.

En el afán de imponer su voluntad, Trump ha llegado al extremo de movilizar al Ejército de Estados Unidos para que enfrente a su propio pueblo. Ese mismo ejército que tantas veces ha sido utilizado contra nuestros pueblos. Lejos de ser una manifestación de fuerza, es una dramática expresión de debilidad del extremismo neofascista estadounidense. Es la muestra más elocuente de que aun en su propio país, la oposición al fascismo y las injusticias crece y se manifiesta, sin miedo y contundentemente. Y que al discurso torpe, demagógico y vulgar, solo le puede seguir la represión más descarnada.

Mientras tanto, en Bolivia, las expresiones racistas del funcionario golpista Fernando Vázquez ocurren muy a tiempo, para que no quede duda de la real naturaleza ideológica y humana de quienes tomaron el poder hace varios meses en ese país suramericano. Si en Estados Unidos el racismo supremacista se manifiesta principalmente –aunque no únicamente– contra la población afrodescendiente, en este país andino el desprecio ancestral es contra la población originaria, contra los llamados indios.

Las expresiones de este sujeto son muy reveladoras. Van más allá de consideraciones raciales o culturales. Tienen que ver con el resentimiento enorme de la minoría blanca privilegiada, que no acaba de tragarse la experiencia de que esos indios inferiores e incultos se hayan podido constituir en gobierno y llevado a Bolivia a un nivel económico y social sin precedentes. Eso no se lo perdonan, no ya a Evo Morales en lo particular, sino a toda esa multitud que todavía se cree con el derecho de ser gobierno y de ser poder.

El racismo y el discrimen de todo tipo adquieren muchos rostros en Nuestra América. Estos han sido apenas dos casos relevantes. Dos casos que le imprimen enorme sentido y pertinencia a la lucha por la igualdad y la justicia en pleno siglo veintiuno.


* Catedrático Universidad de Puerto Rico y dirigente del Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH) de Puerto Rico

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