agosto 3, 2020

“Llegar a viejo” y la necropolítica


Por Carla Espósito Guevara-.


A propósito de su canción, “Llegar a viejo”, Serrat dice que “una de las tremendas insensateces de esta sociedad es el trato que se les da a los viejos. Cuando uno ve que una sociedad trata así a sus viejos, llega a aceptar que ese slogan de ‘se usa y se tira’, le es tan aplicable tanto al hombre como a un envase no retornable, porque esta sociedad, […] después de sacarles todo el jugo [a los viejos], acostumbra a condenarlos al pacto del hambre, a humillarlos, a olvidarlos y abandonarlos y esto no solo es una canallada, es peor, es mucho peor, es una demostración palpable de la estupidez de esta sociedad”.

Traigo a colación esta cita del cantautor catalán porque si hay algo que la pandemia ha desnudado, de forma muy amarga, es el trato que como sociedad estamos dando a nuestros ancianos, quienes han pasado a ser casi “cuerpos desechables”. El trato que en esta pandemia se les ha dado a los enfermos mayores señala un descarnado utilitarismo social que está surgiendo de la crisis sanitaria, por el que la sociedad está dispuesta a prescindir de determinados grupos sociales, generalmente los más débiles y vulnerables, para salvar otros.

Hoy en día, en varios países de América Latina, si un anciano tiene la mala suerte de enfermar con Covid-19, se verá obligado a peregrinar por los hospitales, para que al final le digan: regrese a casa porque ningún hospital ofrecerá ventiladores a personas mayores. Cientos de ancianos han pasado por este peregrinaje en los centros de salud de Bolivia, tanto que muchos han preferido morir en sus casas sin avisar y su muerte no ha sido ni siquiera registrada como una estadística.

El descarte de los ancianos es otra de las facetas de las múltiples desigualdades que engendra la sociedad capitalista, que se suma a la de ser pobre, ser indio y ser mujer. La socióloga Judith Buttler, quien se ha convertido en una de las teóricas de la pandemia, ha expresado una profunda preocupación por la forma en que las demandas capitalistas aceptan que la economía requiere de la muerte de las personas más vulnerables de nuestras comunidades para reabrir o salvar la economía.

Siguiendo a Foucault, ella ve en esto el surgimiento de una nueva forma de biopolítica, por la cual el personal médico se ve obligado a decidir “quién debería vivir y quién debería morir”. Podría decirse, extrapolando la perspectiva del filósofo Achille Mbembe, que este es el inquietante punto en que la biopolítica se convierte en necropolítica y deviene en el poder de decidir la vida o la muerte de bastos grupos de personas, en este caso, de quienes ya no son productivos y, por tanto, pueden pasar a ser desechados.

La generación a la cual se le está negando los respiradores y el derecho a morir con dignidad, es la que nació en la década del 40 y 50. La que revolucionó el mundo con los movimientos juveniles del 68, la que soñó con un mundo más justo y mejor y se jugó la vida por utopías, la que luchó por la democracia, la que sobrevivió a las dictaduras. Parece entonces una cruel paradoja del destino que sea justamente esa generación, que tanto dio a la humanidad y al país, la que ahora no pueda aspirar a morir con un poco de dignidad, que es lo mínimo que como sociedad deberíamos ofrecer a nuestros padres y abuelos.

Dedico este artículo a Lucy López, quien murió a los 80 años, en su casa, habiéndosele negado el acceso a un respirador.


* Socióloga

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