agosto 11, 2020

Otra vez julio


Por Carla Espósito Guevara-.


El 17 de julio se cumplieron 40 años del golpe militar perpetrado por García Mesa y Luis Arce Gómez que, aparte de una estela de muertos, torturados y desaparecidos, dejó un país saqueado y en ruinas. Aún hoy, 40 años después, aquella mañana de julio me resulta inolvidable con todos los sonidos metálicos que la acompañaron. Sin duda, mi generación ha quedado marcada por la experiencia de las dictaduras. La lucha por la democracia costó mucha sangre y un numeroso panteón de héroes compuesto de seres queridos y familiares que dejaron su vida por ella.

A 40 años de aquel golpe, que creímos el último de nuestra historia, y en el contexto actual que vive Bolivia, la pregunta que cabe formularse es ¿qué hemos aprendido en estas cuatro décadas sobre democracia?

Es imposible no hacerse esa pregunta cuando recordamos que el movimiento social de octubre pasado se organizó en torno a una consiga democrático liberal que consistía en defender la alternancia; eufemismo bajo el cual se ocultó el retorno de la burguesía en alianza con la oligarquía terrateniente al poder. Eso explica porqué, lo que el gobierno emergente de ese movimiento político terminó ofreciendo al país, no es ciertamente un proyecto democrático, sino uno autoritario de saqueo económico, sostenido únicamente con la represión.

La oligarquía, al no poder estructurar un programa que genere un mínimo consenso, se oculta tras las botas, la doctrina de la seguridad nacional y la recuperación de la institucionalidad contaminada por la plebe marxista, como lo hizo antes. Por eso, una vez en el gobierno, este decidió deshacerse de la consigna democrática porque le estorbaba y empezó a trastocar no solo la institucionalidad democrática, sino todas las mediaciones y formas de comunicación entre Estado y sociedad, los derechos conquistados, así como cualquier forma de participación política de los sectores populares, los mismos que fueron acallados a base de bala, gases y apresamientos.

Lo paradójico es que durante octubre pasado, a nombre de “recuperación de la democracia”, vimos numerosos sectores sociales aplaudiendo las masacres perpetradas en Senkata y Huayllani y afirmando sin rubor que las víctimas se lo merecían, mientras otros sectores de izquierda guardaban un ensordecedor silencio frente a tal derramamiento de sangre.

A partir de entonces, diariamente somos testigos de violentos comentarios en las redes sociales que claman por el cierre de la Asamblea –el único órgano en el Estado emergido del voto popular que queda–. Escuchamos ciudadanos que dicen preferir un golpe de Estado antes de que el Movimiento Al Socialismo (MAS) regrese por voto popular y pedir la proscripción de este partido. Vemos grupos paramilitares organizados y armados por el propio gobierno para ayudar en la represión de sectores populares movilizados, que son celebrados como si de “héroes” regionales se tratara.

Durante la cuarentena tuvimos que presenciar desfiles de tanques militares aplaudidos por los vecinos de las zonas centrales. Luego asistimos a un inconstitucional ascenso de los militares realizado por decreto y vimos a la Policía destituyendo un sargento por haberse negado a amotinarse durante los conflictos de octubre y, como si fuera poco, tuvimos además que escuchar las declaraciones de cierto ministro sobre su fascinación por las armas y sus promesas de no reconocer los resultados de las elecciones, si el MAS gana en septiembre. Pero lo más preocupante de todo es que a esto se le ha denominado democracia.

Es imposible no preguntarse entonces ¿qué significa hoy la palabra democracia en Bolivia? ¿Puede hablarse de democracia en un país donde se quiere impedir un proceso eleccionario, donde se desconoce la Defensoría del Pueblo, donde se amenaza con matar a todo aquel que se manifieste? ¿Puede haber democracia en un país sin Parlamento? ¿No será que, en vez de democracia hemos entrando a un nuevo periodo de autoritarismo? Sin duda la palabra democracia se ha banalizado tanto en este país que hemos llegado al punto de significarla exactamente como su opuesto. Vivimos un vaciamiento total de su significado.

Parafraseando el título del libro de Marcelo Quiroga, ¿cómo no sentir que desde octubre estamos viviendo Otra vez julio? La repetición de aquel julio de 1980. Parece entonces que en estos 40 años no aprendimos nada y como sombrío dejavou, volvimos tristemente al punto de partida.


* Socióloga

Be the first to comment

Deja un comentario