julio 24, 2021

Notas críticas al libro de Teoponte de Gustavo Rodríguez Ostria (segunda parte)

Por Boris Ríos Brito -.


 

  • La militancia del ELN

El autor va mostrando en la costura que realiza sobre la historia del ELN y su militancia cierto desagrado, descalificándola de manera constante. Por ejemplo, Rodríguez señala en su libro:

“La vergüenza de no poder enfrentar los cuestionamientos que arreciaban desde la izquierda en todo el orbe y la convicción que la guerrilla era una oportunidad única para la toma del poder en Bolivia generó una militancia disponible, atraíble.” (Rodríguez, 2015:59)

En América Latina, en la contraposición de proyectos de sociedad entre socialismo y capitalismo, o lo que por lo menos en ese momento se entendía de ello, se tuvo una mayor efervescencia en la década de los 60 y 70, periodo en donde se vivieron varios episodios de resistencia popular y de insurgencia de organizaciones político militares contra el capital y el imperialismo. No en vano, como señalamos anteriormente, el gobierno de Estados Unidos impulsó, conjuntamente las derechas locales y reaccionarias, acciones como el Plan Cóndor y otros. En este entendido, el que una parte de la izquierda boliviana se haya sentido comprometida a “tomar el cielo por asalto” en vez de discutir eternamente sobre ello o asumirse vanguardia revolucionaria desde un periódico y otros vicios izquierdistas, no es un hecho aislado o representa un método sin posibilidades de éxito. La crítica del ELN a la izquierda tradicional y a su actitud expectante es reprochada por nuestro autor que afirma que: “[…] civiles o retrógradas, que al final de cuentas para el ELN eran lo mismo […]” (: 167) sin profundizar en la crítica elena.

Para la militancia elena y para las otras que propugnaban el guevarismo, el interés común se imponía al interés individual, en contraposición a las visiones liberales. Por ello, nuestro autor califica a esta militancia como “jacobina”, “vengadora”, etc. (: 175-177). Incluso, en varios pasajes Rodríguez busca transponer la imagen del cristianismo con la del militante eleno, que encontraría en el martirio su salvación.

El ELN se desarrolló en un escenario ajeno al que nació, que fue en combate en la guerrilla de Ñancahuazú. En este camino, se autoconcibió como una entidad político-militar, desplegando y desarrollando sus capacidades de combate, como señalaron varios de sus integrantes. En esto, en una dinámica de guerra, nuestro autor busca y exige otros atributos, por lo que para este el ELN engendró una sociabilidad que exaltaba la pureza, el culto a las armas y los rituales de muerte (: 173). ¿Qué es esta pureza y cuáles son los rituales de muerte que tanto inquietan y sobrecogen a Rodríguez? Buscando responder a esta interrogante encontramos que no tiene sentido pedirle a un ejército ser un partido o que encuentre su equivalencia en la teoría de la izquierda tradicional, de la cual intentó alejarse. Tampoco guarda espacio que un ejército no desarrolle una dinámica militar, o en la máxima de la lucha de clases, el odio contra la domesticación y la subsunción estatal y del capital, aspectos que profundizaremos más adelante. Sin embargo, la pureza, a la que se refiere irónicamente el autor, se basa en una entrevista a Omar (Jorge Ruiz) (: 176), dándole un sentido, por decir lo menos, ajeno al que este usaba, pues el concepto de un revolucionario, uno guevarista, condice con dejar las ataduras de la sociedad capitalista. En contravención a nuestra afirmación, el autor concluye:

“…Para la militancia del ELN, que convivía en su cotidianidad con el martirio, ‘ser como el Che’ significaba en buenas cuentas ‘morir como el Che’. Y si no había patria al menos que haya muerte, bienvenida siempre. Ideología crítica que, como vimos, exalta la muerte, donde el sentido de la vida está en alcanzar su negación y en verter con alegría la sangre como don y sacrificio supremo para bienaventuranza del pueblo despojado. Es a través del dolor que se obtiene lo sagrado de la resurrección. El monte se transforma en el altar, que se traga los deseos burgueses de sobrevivir, de llevar una vida cómoda pero sin templanza. El humus será la mortaja donde caer con gloria. […]” (: 514)

Este párrafo trivializa varios aspectos entre los que sobresale el horizonte que marca el ELN desde su nacimiento: la posibilidad de construir el socialismo en varios países, de superar al capitalismo para mejorar las condiciones de vida de la humanidad y construir al “hombre nuevo” como antítesis de la humanidad capitalista que permite la explotación y defiende y ve con beneplácito el beneficio de una minoría con la explotación de las grandes mayorías.

Asimismo, la recurrente apología de la muerte que atribuye Rodríguez a las y los elenos, desmerece su decisión de vencer, su creencia en la posibilidad de la victoria, premisa parida en la Sierra Maestra con Fidel Castro y parte indisoluble del pensamiento del Che Guevara. En contrapartida, la derecha o los sectores conservadores en nuestro país, solamente han sido capaces de actuar cuando han estado de la mano de los aparatos represivos. Así, la izquierda en general y el ELN en particular, arriesgó todo por sus creencias; su libertad, los proyectos personales de cada uno de sus militantes e incluso sus propias vidas[1].

Para la militancia del ELN, presta al ingreso a Teoponte, el incursionar a “la mágica montaña” (: 321) como ironiza nuestro autor, habría representado un reto no solo político e ideológico, sea de donde sea su procedencia, sino físico y de convicción frente a un entorno ajeno y hostil. Claramente, parafraseando a Omar Cabezas, el monte representa más que una inmensa estepa verde, donde el guerrillero se enfrenta a la naturaleza y ya no a la sociedad de clases. Rodríguez Ostria vuelve:

“Ya en la otra banda, la sin retorno, la que por ahora no saben que está más cerca de la muerte que de la victoria, abandonan la ropa mundana. Terminan de enfundarse el uniforme verde olivo, nuevo como la voluntad recién puesta a prueba. Ahora sí, se sienten como hombres nuevos. Una borrosa fotografía registraría la metamorfosis final […]” (: 350)

También dice:

“[…] Los ritos de iniciación, las (auto) penitencias y las traumáticas sesiones de crítica y autocrítica servían para el control partidario y la expurgación […]” (: 175)

¿Cómo comprender a esta militancia si no se comprende el sentido guevarista del hombre nuevo, del andar de “la otra banda”, pero la de la escuela de desaprender a ser productos de la sociedad del capitalismo? Queda por demás evidente que, para nuestro autor, esta no es una cuestión y que en su ironía y su burla se encuentran la defensa de las premisas liberales.

  • Violencia revolucionaria y Ejército revolucionario, no partido

Para el ELN, como una organización guevarista, que se asume marxista-leninista, la lucha de clases tiene como su eje de interpretación-acción a la violencia; la de los opresores sobre los oprimidos o la de los oprimidos contra los opresores. El concepto de violencia revolucionaria precisa, justamente, el uso justificado de la violencia por parte de los oprimidos, su defensa legítima en respuesta a la violencia compleja del capitalismo que se desarrolla no solo en la represión con cárcel, tortura y asesinato, sino con pobreza, falta de salud y educación, consumismo, etc., y al final de cuentas con simple enajenación.

Nuestro autor aborda, de la misma manera, el tema de la muerte y, a su juicio, la exaltación de la misma por parte del ELN. Puede que el sentido íntimo y profundamente humano entre vida y muerte, entre Eros y Tanatos, como pulsión de vida y muerte (parte de la psiquis humana), no tenga sentido para Rodríguez, pero la muerte y la vida desde la revolución juegan un mismo plano de posibilidades; el de la creación y el de la destrucción, que contrapuesto a sus premisas político-ideológicas son el de la revolución y la vida y el de la muerte y el capitalismo. Así, no es que se haga de la muerte “un rito” (sic.) y del “monte un altar” (sic.), sino una posibilidad real en el intento de destruir una sociedad basada, para usar palabras del Che, en una carrera de lobos donde solo se puede llegar sobre el fracaso de los otros.

En el Mensaje a la Tricontinental el Che hace un recuento del hasta entonces accionar violento del imperialismo mundial y pone de manifiesto el derecho de los pueblos al uso de la violencia revolucionaria, una premisa no original del Che, sino rescatada de toda la historia de la humanidad y negada justamente por el poder. La violencia revolucionaria es un medio, pero no un fin. ¿El ELN pudo desarrollarse manteniendo este criterio? Seguramente hubo momentos bastante polémicos al respecto, pero lo que es seguro es que sus integrantes estaban en la plena conciencia de que la respuesta a la violencia reaccionaria del poder es la violencia revolucionaria que pretendían desarrollar. Vale rescatar con Benjamin, en una reflexión que tiene que ver con Marx en su Crítica al Programa de Gotha, lo siguiente:

“[…] La socialdemocracia se complacía en asignar a la clase trabajadora el papel de redentora de las generaciones futuras. Y así cortaba el nervio principal de su fuerza. En esta escuela la clase desaprendió tanto el odio como la voluntad de sacrificio. Pues ambos se nutren de la imagen de los antepasados oprimidos y no del ideal de los descendientes libres.” (Benjamin, 1999: 48-9)

En este escenario, sin asumir al fin el istor (a la Heródoto), es decir, sin ocupar la postura de los involucrados, el autor critica al ELN el no actuar como un partido de izquierda (Rodríguez, 2009: 165) y con ello el que no haya desarrollado toda una serie de dinámicas y prácticas que hacen a un partido “tradicional” y no a un ente político-militar.

En otro aspecto, Rodríguez afirma que “El ELN fue una organización de pocas palabras” (: 164), conclusión a la que llega a través de adelantar que el ELN no tenía prensa de difusión (: 164), aunque luego señala que el primer vocero del ELN fue el “Inti” (: 165) pero que este solo contenía “arengas y proclamas” (: ídem). También, en varios acápites de su libro subraya que en el ELN no hubo formación política, ni tampoco se desarrollaron análisis sobre la situación social, política, económica y cultural de Bolivia. En muchos casos, estas aseveraciones se contradicen con afirmaciones como la de Divino, rescatadas en su propio texto, que indicó que del estricto entrenamiento hacía parte el estudio (: 122). También, el autor sentencia que en el ELN no se hizo un análisis de clases, ni se tenían espacios de deliberación interna (: 165), lo que fue desmentido por otros entrevistados. Probablemente, la exigencia al ELN por parte de nuestro autor, de que haga un análisis histórico y encuentre otros hitos históricos además del de la resistencia armada popular de la historia de Bolivia (: 166), que es para el ELN su punto de referencia y afirmación, tenga que ver con un posicionamiento personal más que con entender que una organización político-militar en proceso de reorganización y en posición de apronte no pretendía ni podía hacer academia o escribir historia. En esa línea, nuestro autor vuelve a sentenciar:

“[…] anti intelectuales al extremo, miraban con suspicacia a la militancia que intentaban transitar por senderos críticos y a quienes leían mucho o sabían demasiado.” (: 165)

Esta última afirmación no condice con el proceso preparatorio de la guerrilla, pero ratifica que en la disyuntiva entre seguir discutiendo o tomar acciones, el ELN asumió el accionar en base al intento de rescate del pensamiento del Che y en la trayectoria política de sus integrantes que no fueron en ningún caso ingenuos jóvenes apolíticos, sino, en su mayoría, prominentes dirigentes y militantes de varias tendencias de izquierda con experiencia y formación políticas.

De esta manera, retornamos al principio, y haciendo un análisis del título del libro: Sin tiempo para las palabras, recurrimos a una explicación del autor:

“El ELN fue una organización de pocas palabras. Mientras el resto de los partidos de izquierda boliviana formaba a sus militantes bajo el amparo de la lectura de los clásicos del marxismo, el análisis de la realidad y de la coyuntura, que difundían profusamente mediante su prensa partidaria, la palabra en el ELN se hallaba suprimida. […]” (2015:165)

El Partido marxista más importante de la década de los 60 fue el Partido Comunista de Bolivia, por lo que mucho de su juventud militante se plegó al ELN, al igual que de otras fracciones de diferentes tendencias. Vale la pena preguntarse: ¿Sin tiempo para la formación política, sin tiempo para la reflexión académica, sin tiempo para el estudio del marxismo? ¿El ELN era, para Rodríguez, una organización de pocas palabras o ignorante? ¿Ignorante tanto de la teoría marxista como de la realidad boliviana?

  • El tema del foco

Para Gustavo Rodríguez, el “foquismo credo oficial de la isla” (: 92) tiene un cuerpo único, es pues para él una teoría acabada que, promovida desde Cuba, es adoptada ciega e irracionalmente por el ELN. Sin embargo, no hace disquisiciones entre los conceptos y la metodología propuesta por el Che, lo interpretado por Régis Debray y lo asumido por los demás críticos y apologistas de esta “teoría”.

Básicamente, el Che, en Guerra de Guerrillas, propone las siguientes hipótesis guías: 1) es posible vencer al ejército regular, 2) el foco insurreccional puede crear las condiciones para desarrollar la revolución y 3) en la América del subdesarrollo, el terreno de lucha armada debería ser fundamentalmente el campo. Estas hipótesis se basan en: a) la experiencia cubana, b) buscar levantar a las masas, c) la amplia base social campesina en países subdesarrollados, cuando existe explotación económica, represión política, dependencia, etc., y un espíritu antiimperialista.

Este esquema, de la mano del propio Che, que exige la creación o el estado de ciertas condiciones para la acción de la lucha armada, nos habla de un terreno de la lucha que “debería ser fundamentalmente”, y no totalmente, en el campo, toma como ejemplo victorioso a la Cuba de la Revolución y de –¿por qué no decirlo así? – un sujeto revolucionario particular: el campesino. Además, el Che nos habla de condiciones políticas, económicas y sociales de explotación y marginación y un espíritu antiimperialista. Todo lo que habría que ubicarlo en una cierta posición, en un cierto tiempo y un particular espacio. Otra propuesta –por no asumirla como teoría como enarbolan los contrarios al Che– es la del foquismo desarrollada por el francés Régis Debray, quien sobredimensionó el papel de un puñado voluntarista por encima de las mayorías explotadas, negando con ello el propio proceso cubano de construcción de una alternativa política, de acumulación de fuerzas y de la necesidad del uso de la violencia revolucionaria frente a la violencia reaccionaria y el despojo.

Como el foquismo propiamente se desarrolla fuera y más allá del Che, mal podría afirmarse que es una teoría guevarista. Sin embargo, es también claro que mucho de la izquierda armada ha reivindicado al foquismo como guevarista, en una lectura superficial y mecánica.

La noción al respecto por parte del ELN se desarrolló por el propio Che, continuó con Inti y se asumió y puso en práctica para la gesta de Teoponte con Chato. Estos dos últimos entienden el “foco” como un catalizador de las fuerzas revolucionarias que sumaría al campesinado en la medida de que se triunfe sobre el ejército regular, bajo la posibilidad de liberar territorios y crear las condiciones para una revolución no solo nacional, sino continental, despertando en las ciudades y en los centros mineros la confianza para enfrentarse al régimen.

De esta manera, parece contradictorio, frente a las propias afirmaciones de Chato sobre la perspectiva política y de victoria de la guerrilla de Teoponte, afirmar que la misma se estimulaba bajo un esquema mecánico y lineal de foquismo ultravanguardista que desdeñaba a la ciudad y a la clase obrera. Y esto más allá de que la misma acción de Teoponte resultara en un fracaso militar para el ELN.

  • Sujeto histórico del guevarismo

Bajo la experiencia de la Sierra Maestra durante la Revolución cubana y en sus andares por América, el Che fue advirtiendo las condiciones de marginación, brutal pobreza y despojo del campesinado, a quien a través de varios textos y discursos fue identificado como actor clave para el triunfo de cualquier revolución en el Tercer Mundo. Desde esta perspectiva se fue desarrollando la lucha anticolonialista y la noción de liberación nacional.

Nuestro autor señala:

“El área rural, territorialmente mayoritaria en Bolivia, se postuló nuevamente como el teatro inevitable para la confrontación con el sistema. Para el ELN, en la montaña, tierra de expurgación y de utopías, los pesados ejércitos regulares serían casi inservibles pues sufrían el permanente asedio de la movilidad guerrillera. Ajenos a su entorno cultural, desconocían que en la ancestral mirada indígena, la montaña es el espacio de unificación ritual y definición estratégica para el combate. Morada de los apus, las achachilas y las apachetas; hay que rendirles ofrenda para salvar la confrontación.” (: 168)

El ELN que, como diría el autor en algún lado, veía en el campo su potencial militancia, aunque permeado por la discursividad y el entender de esa época, se asumió como proproletariado, fue asumiendo, tal vez no de manera explícita entonces, que para el guevarismo el sujeto histórico revolucionario en el Tercer Mundo es el campesino y el indígena.

Esta herejía al marxismo tradicional y esta afrenta a las élites locales les sonaban a locura. No va ser si no décadas después que esta concepción vaya tomando una forma explícita. Por ejemplo, Sergio Tischler, a propósito del zapatismo, planteará concretamente la crisis del sujeto leninista de la revolución,[2] llevándonos a la conclusión que planteaba el Che, la de tomar como base y columna vertebral de cualquier revolución en el Tercer Mundo, al campesinado y a los y las indígenas.

A este hecho se sumaba el que el ELN no se apoyaba en la Central Obrera Boliviana (COB) porque, como señala nuestro autor, le criticaba su burocratismo que la deterioraba, aunque también afirma que en cambio veían a mineros y fabriles como bases de apoyo urbano y fuentes de combatientes.

El ELN, que encontraba en el pasado de resistencia insurgente, guerrillera y de lucha armada independentista (y pre independencia) la confirmación del método armado y la posibilidad de la reminiscencia popular para hacerlo efectivo, no desarrollaba, como a veces afirma nuestro autor, un antiintelectualismo y menos un antiobrerismo. Rodríguez señala:

“Así, en esa Bolivia a la que despojaban de sus actores políticos y de su memoria histórica, mirándola como un escenario vacío, podían (auto) convencerse de vanguardizar la brega por una segunda independencia, esta vez contra el imperialismo yanqui. […]” (: 167)

Como vemos, la desconfianza del ELN a la COB y al proceso de la insurrección de abril del 52 que dio paso al mentado nacionalismo revolucionario, no descartaba a la clase obrera que se identificaba con los movimientos minero y fabril, sino que traslucía dos importantes premisas y concepciones; la primera, la apuesta por lo indígena campesino como sujeto de la revolución y, lo segundo, el rechazo al burocratismo de una élite obrera que fue degenerada en el simulacro de cogobierno que desarrolló el nacionalismo revolucionario y cuyos beneficios fueron absorbidos por una casta política bajo el MNR.

Chato afirma que la guerrilla de Teoponte fue compuesta por una mayoría campesina, lo que nuestro autor refuta arguyendo que el origen o la identidad no son criterios que permitan aseverar esto, al contrario, la procedencia, o la autoidentificación o la identidad cultural, son relevantes en un país en el que podría hablarse de un capital étnico y que el racismo y el colonialismo son predominantes. Dentro de la guerrilla estaban combatientes como kolla, que reivindicaban la lucha armada con el campesino indígena como sujeto, por brindar un ejemplo icónico.

Rodríguez sentencia cuando se abre el epílogo de la experiencia guerrillera:

“La nueva coyuntura cambiará el rumbo de los acontecimientos en la montaña y abrirá una puerta de escape para la cerca guerrillera. Sin duda, su alzamiento operó acrecentando la cohesión y el apetito de poder de la derecha militar y sirvió, sin desearlo, como un factor desestabilizador del Gobierno de Ovando Candia, pero el ELN nada tuvo que ver con la resolución popular de la crisis (?). Para entronizar a Torres y dar curso a un proceso de amplia democracia social y sindical, las masas recurrieron a los fastos certeros de su memoria: la huelga y la movilización urbana. Fórmulas históricamente probadas que los derrotados de Teoponte descartaban.

¡Qué extraño deberle la vida a la insurrección urbana y a una clase obrera que intentaban suplantar con voluntad desmedida y fierros desnudos en la soledad del monte! […]” (: 510) (Signo de interrogación nuestro)

Por lo menos es discutible el grado de influencia de la guerrilla en el complejo escenario político y social boliviano en esa época. Chato encuentra en Teoponte la germinación de la ruptura del pacto militar-campesino, por señalar uno de estos aspectos más sobresalientes. Por otro lado, es innegable el grado de influencia de la guerrilla en las universidades públicas y en los centros y organismos mineros y fabriles del país.

En otros momentos, el autor, que en lo personal reivindica “lo intelectual”, señala:

“El grupo procedente de la clase media, que era significativo, llevo la peor parte. Acostumbrados a la plácida vida de escritorio, encontraron dificultades para templar el cuerpo, pero su desbalance era algo más que físico. Les perturbaba también la perdida de viejas jerarquías y de su capital simbólico, que se basaba en su ancestral dominación colonial sobre la plebe y en el control de la palabra y el conocimiento teórico, que no se apreciaba como valor en el monte cubano (ni luego en el ELN). De pronto aparecerían bajo órdenes de un campesino-indígena, cuya principal virtud era caminar bien y apuntar mejor, antes que discursear sobre la lucha de clases.” (2015: 121)

Podríamos concluir que esta afirmación, que se contradice en el discurso con otras, condice con la apuesta por lo indígena y campesino por parte del ELN.

Continuara…


  • Sociólogo

 

BIBLIOGRAFÍA

Assmann, Hugo                      Teoponte una experiencia guerrillera, CEDI, 1971, Bolivia.

Benjamin, Walter                   Tesis sobre la filosofía de la historia en: Ensayos Escogidos, Ediciones Coyoacán, 1999, México.

Bourdieu, Pierre                     Intelectuales, Política y Poder, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 2000, Argentina.

Cabezas, Omar                       La Montaña es algo más que una inmensa estepa verde, Editorial Nueva Nicaragua, 1982, Nicaragua.

Guevara, Ernesto                   Apuntes críticos a la Economía Política, Ocean Sur, 2007, Colombia.

Guerra de Guerrillas, Ocean Sur, 2007, Colombia.

«Crear dos, tres… muchos Vietnam» Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental, en: https://www.marxists.org/espanol/guevara/04_67.htm (Revisado: 27 de diciembre 2014)

Guevara, Ernesto y Castro, Raúl       La conquista de la esperanza. Diarios inéditos de la guerrilla cubana. Diciembre de 1956 – febrero de 1957, Grupo Editorial Planeta, 1995, México.

Peredo, Inti                             Mi campaña junto al Che y otros documentos, Ediciones Inti, 2013, Bolivia.

Rodríguez, Gustavo                Sin tiempo para las palabras. Teoponte. La otra Guerrilla guevarista en Bolivia, Grupo Editorial Kipus, 2009 y 2015 (ambas reimpresiones), Bolivia.

Sivak, Martin                          El dictador elegido Biografía no autorizada de Hugo Banzer Suarez, Plural Editores, 2001, Bolivia.

Suárez, Mario                         Teoponte: sueños de libertad masacrados, Ediciones Inti, 2013, Bolivia

Tischler, Sergio                      La crisis del sujeto leninista y la circunstancia zapatista en: Revista Chiapas N° 12, México, 2001 en: http://www.revistachiapas.org/No12/ch12tischler.html (Revisado: 27 de diciembre 2014)

[1] Lo que nos convoca a preguntarnos: ¿Siendo Rodríguez Ostria contemporáneo a este periodo qué arriesgo? Se sabe por una entrevista que en el golpe de Banzer ese triste 21 de agosto de 1971, como estudiante de la “burguesa” Universidad Católica Boliviana, no participó de la resistencia ya que habría regresado a su habitación a recoger abrigo y fue detenido por la dueña de casa. Ver el documental: “Gustavo Rodríguez Ostria I PARTE” de Televisión Universitaria, Carrera de Comunicación Social – UMSS y Unidad de Producción Audiovisual – UPA (productores), del 2014.

[2] Nos referimos a su texto: La crisis del sujeto leninista y la circunstancia zapatista.

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