agosto 11, 2020

Notas críticas al libro de Teoponte de Gustavo Rodríguez Ostria (tercera parte final)

Por BORIS RÍOS BRITO-.


  • Mesianismo y revolución

Para Rodríguez, la participación de militantes cristianos revolucionarios es un hecho que le llama poderosamente la atención, así, se pregunta:

“[…] ¿Por qué esas piadosas figuras de rosario y sacristía procuraban convertirse en las “frías máquinas de matar”, que reclamaba el Che?” (: 283)

En ello encuentra una respuesta relacionada con la expiación de culpas, por lo que afirma:

“[…] [éstos piadosos asumen la] lucha armada para expresar su compromiso social con la redención de los pobres. […]” (: 282)

En esta nueva sentencia, nuestro autor no recurre a preguntarse: ¿puede encontrarse un vínculo entre el mesianismo y la revolución? ¿Un sentido de fe puede tener un carácter no antagónico con un sentido revolucionario?

En su tesis VI, Benjamin nos ilustra:

“[…] En cada época es preciso esforzarse por arrancar la tradición al conformismo que está a punto de avasallarla. El Mesías viene no sólo como Redentor, sino también como vencedor del Anticristo. Sólo tiene derecho a encender en el pasado la chispa de la esperanza aquel historiador traspasado por la idea de que ni siquiera los muertos estarán a salvo del enemigo, si este vence. Y este enemigo no ha dejado de vencer.” (Benjamin, 1999: 45)

Esta figura de redención a través de la derrota del Anticristo es pues obra de la clase oprimida, que en un sentido latinoamericano se asumió por la Teología de la Liberación y que tuvo ecos de Mariátegui con su mesianismo andino. En este periodo, América Latina, con el Concilio Vaticano II –a finales de los 60–, era un reguero de influencia en quienes veían en Cristo la entrega plena por los desposeídos y la necesidad de cambiar las injusticias, de ahí que, en ese periodo, la descollante figura joven y revolucionaria del Che fuera identificada con Cristo.

A finales de los 60, como indica nuestro autor, todo el grupo de jóvenes de la democracia cristiana revolucionaria estaba en la periferia del ELN, ya que este representaba un camino no de “martirio”, como muestra nuestro autor, sino una opción material de llevar adelante la revolución.

El carácter mesiánico asumido por unos y por otros no se contradice con la revolución socialista y, en el marco latinoamericano, conlleva un profundo sentir, lo que se encuentra más allá de una u otra religión e iglesia.

  • Revolución y la lucha histórica de las mujeres

Un tema que Rodríguez machaca insistentemente en su libro es lo que sentencia como machismo en el ELN, por lo que escribe:

“[…] Mientras aguardaba, cumpliendo un viejo rol de género que la revolución guerrillera no anulaba, otras mujeres de más edad, Dina, Sacha, Marta junto a otras hábiles y hacendosas manos femeninas –muchas de ellas de compañeras de los alzados en el monte– cosían, como siempre, a todo vapor en una casa próxima [al] Parque Triangular y en otra en la calle Hans Kundt, de La Paz. Mochilas, hamacas y uniformes salían de sus manos, primorosamente cortados.

No todas las exmilitantes del ELN asumen que discriminación es el término correcto para calificar su situación dentro de la organización y ponen como ejemplo el desafío a los estereotipos patriarcales reinantes en la sociedad boliviana que significó su entrenamiento militar o sus rupturas con sus familiares, para vivir en “casas de seguridad”. En ellas se compartían las tareas domésticas en un plano de igualdad masculina/femenina. No obstante, el modelo militante predominante en el ELN boliviano era unisex, pretendiendo con su neutralidad borrar diferencias sexuales, pero en el fondo reproduciéndolas. Existieron mujeres, como Maya, que alcanzaron desafiantes a conducir una región y otras un núcleo o célula, pero el ELN se arrogaba a pies juntillas el hábitus sexista de las organizaciones armadas: la imagen, ya descrita de bravura, de sacrificio heroico, de capacidad combativa, del culto al cuerpo –características del Hombre Nuevo guevarista– forman parte intrínseca de la “subjetividad romántica” de su masculinidad. Héroe masculino que debe ser servido, recompensado por exponerse al martirio y por arriesgar la vida de manera sobrehumana, el guerrillero encarna ideales tradicionales de masculinidad y disciplina militar patriarcal.” (Rodríguez, 2009: 534-535)

Poner bajo una lupa crítica al ELN sin tomar en cuenta el medio y la época en la que se desarrolló podría llevar a mal concluir que, en el caso del machismo, solo esta organización engendró el mismo y desarrolló un “hábitus sexista”. Por el contrario, muchas militantes del ELN de este periodo entendieron algo diferente, realizando una lectura de una sociedad machista en donde el ELN, entre otras organizaciones, se sumó y se abrió a la lucha de las mujeres. Este hecho es importante, más aún cuando se hablaba de una organización armada que reivindicaba la violencia revolucionaria, patrimonio esta última y hasta entonces, ahora sí plenamente, del macho y el poderoso. La participación de estas militantes en el ELN representaba una afrenta frontal al patriarcado y al machismo dominantes.

Sin embargo, pese a haber recogido impresiones contrarias a la suya a través de entrevistas a algunas militantes de ese periodo, nuestro autor, desde su línea de sentencia, anota:

“[…] Su ‘viril’ (sic) presencia militar [sobre Maya] se descascaró cuando, dentro de la sexista división del trabajo en el ELN, le correspondió servir el café de la mañana y elaborar el almuerzo, como una mucama más. […]” (: 160)

En páginas posteriores, Rodríguez, de manera contradictoria agrega:

“[…] Un par de meses más tarde [Maya] se convirtió –rompiendo estereotipos machistas– en la jefa de la organización en Cochabamba […]” (: 189)

En sí, para nuestro autor, la guerrilla representaba una sociedad masculina (: 219), aunque los hechos lo llevan a admitir un fenómeno, dándole, por supuesto, su propio tono:

“La composición de género del ELN sufrió transformaciones. No se alteraron los roles ni la división del trabajo, pero la militancia femenina creció en número. […]” (: 275)

Según Rodríguez, este incremento de la militancia femenina del ELN fue producto de una suerte de apuesta de un grupo de féminas por el “martirologio” y porque seguían a sus compañeros sentimentales, y no porque, para la mayoría de ellas, pertenecer a una organización revolucionaria y armada era, dicho sea nuevamente, parte de un autoproceso de liberación y de asumir un compromiso revolucionario en el que las mujeres fueron cada vez más visibles e importantes rompiendo roles de género.

Rodríguez, que califica a Maya como “mucama”, haciendo un uso de terminología elitista, antepone constantemente su propia visión machista plasmada en la descalificación intelectual y física permanente de militantes mujeres del ELN. ¿Es necesaria, para la labor desapasionada de la historia que supuestamente desarrolla, una descripción de sus gustos por lo que él considera bello o en su caso feo en una mujer? A continuación, algunas de estas apreciaciones:

“Las cubanas sensuales y sin complejos, rompían sus códigos sexistas y exaltaban sus cuerpos y pasiones.” (:133).

“[…] a partir de ese momento la cristiana muchacha quedo envuelta en las redes del ELN para morir, como veremos más adelante, de manera oscura y trágica casi un año más tarde […] Atractiva, inteligente y sobre todo independiente, Köeller anticipó de alguna manera a las mujeres liberadas de los 90.” (:194)

El ELN, por su parte, y aquí nuestro autor hace una concesión pese a toda la inclemente crítica, apostaba por guerrilleras que tuvieran las condiciones físicas (: 534). Este tema de necesaria reflexión no puede quedar truncado y es necesario reflexionarlo, pero desde una visión más equilibrada.

  • Suposiciones, conjeturas y críticas desleales

No menos importantes, además de los aspectos que ya puntualizamos, existen otros que vale la pena mencionar, entre estos el que también nos promovió a escribir estas notas; que corresponde a la afirmación de Rodríguez de que “Dina solo puede hablar con los iniciados en el culto” (: 81) y otras críticas a quien le dio la oportunidad de contarle parte de su vida. Para nosotros, esta actitud, de entrevistar a alguien para luego echarle la crítica sin permitirle la posibilidad de respuesta, representa otro tipo de violencia, más sutil y encubierta por el manto de la academia, que no solo corresponde al que escribe, sino a la doxa del historiador que escribe “la verdad”.

En el caso de Inti, para el autor, este “tenía amplitud política” (: 274), aunque trató de resaltar posibles aspectos conflictivos de la relación que Inti tendría con Cuba, haciendo algunas conjeturas y suposiciones, por ejemplo, como que Arguedas, como Ministro del Interior en su momento, no realizó los esfuerzos necesarios para capturar a Inti (: 68). Así, el autor afirma que Inti buscaba independencia de Cuba (: 66), lo que no condice ciertamente ni con el andamiaje armado por el ELN en coordinación directa con Cuba ni con otros relatos o escritos al respecto.

Por otro lado, Rodríguez Ostria cavila sobre un supuesto “acto de prestidigitación” (sic.) en donde los trotskistas bolivianos, que con “pureza” querían unirse a la lucha del ELN y asumían a Inti como su jefe, fueron borrados de la memoria debido a suspicacias (: 105-106), aunque, claro, se trata de los trotskistas del Secretariado Unificado de la IV Internacional y no de esos que seguían a Guillermo Lora[1].

Estos trotskistas, pertenecientes al Partido Obrero Revolucionario-Combate (POR-C), pidieron formación militar y fueron aceptados por Cuba, llevando a nuestro autor a concluir:

“Que la seguridad cubana admitiera a los trotskistas, archienemigos de los estalinistas que poblaban la isla, revela cuán interesados se encontraban en reanudar acciones en Bolivia.” (: 97)

Claramente, el autor hace la anterior afirmación sin reparar en que el Secretariado Unificado de la IV Internacional estaba lejos del stalinismo y cerca de la Isla. No es por otra cosa que Inti aceptara el acuerdo con el POR-C (: 103), aunque el autor insista en el odio abismal entre el trotskismo y la militancia del PCB que se formó en el stalinismo. El fenómeno, ciertamente, era relativamente nuevo; una fracción del trotskismo mundial veía en la Revolución cubana un método válido y decidía tomar acciones, historia contraria a otras fracciones que velaron el programa y el partido a la espera de que “las masas se encuentren a su altura”.

Volviendo al tema, otra cosa fue que Inti, entre sus competencias, decidió “verificar” a los trotskistas del POR-C (: 160) y decidió excluirlos debido a que estos exigían autonomía, todo un despropósito si es que se buscaba conformar un ejército, un ente político-militar bajo los marcos de la democracia centralizada.

Sobre Cuba, nuestro autor vuelve a arremeter en varios momentos, por ejemplo, trata de polemizar sobre el porqué, fuera del ELN, Cuba podría decidir a quién brindar apoyo para el entrenamiento militar y logístico o a quién no (: 98). Asimismo, Rodríguez se contraría cuando subraya la posición crítica de Cuba al stalinismo sobre la transición pacífica, cuando anteriormente afirmaba que los cubanos eran stalinistas (: 100). Es posible, como señala el autor, que Cuba dejara en suspenso su apoyo directo en Bolivia, pero no así su compromiso de apoyo futuro, incluido el entrenamiento que impartía a elementos del ELN y los que en esos momentos se encontraban en preparación para la gesta de Teoponte.

Rodríguez, tratando de autoconfirmar sus propias sentencias, encuentra en el suicido de Mario Castro muchas suspicacias y dedica varias páginas a la búsqueda de razones ocultas (: 107) haciendo afirmaciones como que los elenos no ensalzaron a Castro por su suicidio y por ello son tan fríos como el ejército represor (: 109). De este estilo también se desprende la siguiente deducción de Gustavo Rodríguez:

“Sacerdotes armados de una nueva religión: el foco, su (im)penitente vida en campamento quedó encuadrada tras una cortina de intolerancia y desconfianza frente a cualquier potencial desviación política o moral. La imagen de virilidad y la hombría, valores intrínsecos (sic) atributos del combatiente, se imponían. De acuerdo a los códigos de la Isla y en las organizaciones armadas, el homosexualismo se condenaba y reprimía. Dos bolivianos fueron arrojados del campamento acusados de ‘esa enfermedad’ por la victoriana moralina del hombre nuevo; pero retornaron porque uno de ellos resultó ser un importante dirigente campesino del valle cochabambino, del que una guerrilla que se postulaba de tipo rural no podía prescindir.” (: 120-121)

Por un lado, en el texto otra vez quiere atribuir a la Isla y a las organizaciones armadas el producto social, pero además, por otro, se afirma una acción homofóbica de machos y a la que le suma la “moralina victoriana del hombre nuevo” (sic.), que nos muestra una imagen de razonamiento tan retrógrada y conservador para luego dar cuenta que “la necesidad de campesinos” les habría hecho retroceder, algo, por decir lo menos, contradictorio.

Un tema siempre espinoso a la hora de hablar de Teoponte es el ajusticiamiento de dos guerrilleros por el robo de latas de sardina y su deserción, nuestro autor dispara su sentencia:

“[…] Separados del cuerpo místico de la guerrilla, Peruchín y Ferte, no representan nada para sus compañeros, salvo la perversa resaca compuesta de ‘sub hombres’, a ser anulados para preservar la seguridad y la purificación del grupo. En verdad, el gatillo no estuvo nunca en las sardinas o en la arbitrariedad de Chato sino en una concepción de la política que exaltaba el machismo, el honor y la heroicidad de secta como principios incuestionables. Esa es la razón última de los autoritarios disparos del 26 de septiembre de 1970. Así (re) significada la muerte de Ferte y Peruchín, no será asumida como un asesinato sino como un deber imperativo y, como tal, libre de culpa y remordimiento por sus ejecutores.” (: 500)

Entre las y los involucrados, incluidos los y las entrevistadas por nuestro autor, este penoso hecho se justifica como ajusticiamiento, como castigo a una falta grave que atentó a la colectividad y mereció el nivel de severidad asumida[2]. Más allá de estar de acuerdo o no con el ajusticiamiento, el hecho es que la guerra conlleva su propia dinámica y justicia, una máxima que todo integrante de la guerrilla aceptó a la hora de alzarse en armas. La “resaca” de la guerrilla es un proceso que, como se vio en la Revolución cubana, alejó a quienes no tenían la talla física y, sobre todo, como existieron varios ejemplos, la convicción necesaria para seguir adelante.

En este entendido, “la talla” para ser guerrillero, como lo demostraron cientos de combatientes de ambos sexos en las luchas armadas de varios países como Nicaragua, Colombia y Brasil, entre otros, no solo tiene que ver con lo físico. Aunque no está de más señalar que la profesión de guerrillero merece cierto grado de audacia y resto físico, lo que exige a un militante estar al máximo, peor aún cuando ese citadino acomodado, que sabe de explotación a través de sus libros y la prensa, abandona su comodidad para enfrentar no solo a las penurias de la cruel montaña, sino también a las de todos sus hábitos hasta ese momento.

En otro aspecto, el autor va señalando y sentenciado a la hora de hacer comparaciones entre el ELN de la guerrilla de Teoponte con otras organizaciones armadas de otros países e incluso de otros tiempos. Denuncia incansablemente lo que ve como un “culto a la violencia” y hasta hace psicoanálisis del perfil guerrillero, versando:

“[…] Brazo, mano, miembro, casi una prolongación fálica, el arma es para el guerrillero la seguridad y el mando. […]” (: 108)

El conjunto de nuestras reflexiones nos llevan una y otra vez a cuestionarnos sobre las razones que impulsaron a Rodríguez escribir de algo que ve tan ridículo, retrógrado y equivocado y no es si no en el propio texto que creemos encontrar las pistas, mismas que desarrollaremos a continuación.

  • De los deseos y otros inconscientes

Para nuestro autor, la guerrilla de Teoponte se compuso de “[…] desnutridos y desorientados jovenzuelos de ciudad mal organizados y mal dirigidos” (: 515), además, en el marco de sus propias conclusiones, como hemos señalado anteriormente, “feligreses de la religión de la muerte” (sic.), que “ofrendaban sus vidas en el monte, su altar de sacrificios” (sic.), miembros de una “organización verticalista” (sic.), “anti-intelectual” (sic.), “machista” (sic.) y regida por la “moralina victoria del hombre nuevo” (sic.), no entendían a la Bolivia de los fastos certeros de la memoria insurreccional urbana-obrera (sic). Pese a este cuadro, nuestro autor realizó un arduo trabajo de investigación, recopilando documentos, realizando entrevistas, visitando lugares y cotejando noticias y otros documentos relacionados, además de estudiar experiencias sobre otras organizaciones armadas de otros lugares, lo que irremediablemente nos lleva a la cuestión antes planteada: ¿cuáles fueron las motivaciones de Gustavo Rodríguez para investigar algo que le produce tanto desagrado? El propio Rodríguez nos brinda luces al respecto:

“[…] Su sacrificio [de los combatientes del ELN en Teoponte], sin embargo, avivó mi rechazo al método de lucha que acude a la impaciencia de las armas, a la intolerancia y el culto a la violencia.” (: 598)

Empero, como ni la ciencia, ni la historia ni los académicos son productos mágicos engendrados en sí mismos, sino productos de una sociedad de clases, el posicionamiento de nuestro autor, bajo su no impaciencia de las armas, su pacifismo y su rechazo a la violencia revolucionaria, su fe en la democracia y en lo urbano (y la memoria insurreccional), puede hablarnos de una mirada liberal. Pero también, como los seres humanos somos la unidad entre lo individual y lo social, el autor da cuenta de un aspecto algo más suyo:

“[…] Sus relatos [de Rogelio, Calixto y Pacheco] y su proximidad me sacudieron. Esa noche de voces del pasado soñé que era yo un guerrillero, hambriento y escondido en el interior verduzco de la verdad de la montaña de Teoponte. Y ella me habló con una voz de piedra: Has vuelto al fin. Te esperaba. Tú me perteneces, dijo amenazante.” (: 515)

Este reflejo, o para usar un concepto del psicoanálisis, esta proyección, vierte los deseos de nuestro autor; ya no “son ellos”, “soy yo”, es “la verdad de la montaña” quien lo ha digerido, esa misma “mágica montaña” ahora “verdadera” que lo acoge “hambriento”, pero además, con voz de piedra –¿reminiscencia de los apus, apachetas y achachilas? – lo reclama para sí. Teoponte no estaba tan lejano para Gustavo Rodríguez, pero tampoco tan cerca, ¿será ésta su última motivación para que escribiera su libro desde una posición “pacifista” liberal? ¿Una especie de deseo venido del amor-odio? ¿Era, pero no fue o quiso pero no pudo ser “ese guerrillero”?


* Sociólogo


 

BIBLIOGRAFÍA

Assmann, Hugo                       Teoponte una experiencia guerrillera, CEDI, 1971, Bolivia.

Benjamin, Walter                   Tesis sobre la filosofía de la historia en: Ensayos Escogidos, Ediciones Coyoacán, 1999, México.

Bourdieu, Pierre                     Intelectuales, Política y Poder, Editorial Universitaria de Buenos Aires, 2000, Argentina.

Cabezas, Omar                       La Montaña es algo más que una inmensa estepa verde, Editorial Nueva Nicaragua, 1982, Nicaragua.

Guevara, Ernesto                   Apuntes críticos a la Economía Política, Ocean Sur, 2007, Colombia.

Guerra de Guerrillas, Ocean Sur, 2007, Colombia.

«Crear dos, tres… muchos Vietnam» Mensaje a los pueblos del mundo a través de la Tricontinental, en: https://www.marxists.org/espanol/guevara/04_67.htm (Revisado: 27 de diciembre 2014)

Guevara, Ernesto y Castro, Raúl       La conquista de la esperanza. Diarios inéditos de la guerrilla cubana. Diciembre de 1956 – febrero de 1957, Grupo Editorial Planeta, 1995, México.

Peredo, Inti                             Mi campaña junto al Che y otros documentos, Ediciones Inti, 2013, Bolivia.

Rodríguez, Gustavo                Sin tiempo para las palabras. Teoponte. La otra Guerrilla guevarista en Bolivia, Grupo Editorial Kipus, 2009 y 2015 (ambas reimpresiones), Bolivia.

Sivak, Martin                          El dictador elegido Biografía no autorizada de Hugo Banzer Suarez, Plural Editores, 2001, Bolivia.

Suárez, Mario                         Teoponte: sueños de libertad masacrados, Ediciones Inti, 2013, Bolivia

Tischler, Sergio                      La crisis del sujeto leninista y la circunstancia zapatista en: Revista Chiapas N° 12, México, 2001 en: http://www.revistachiapas.org/No12/ch12tischler.html (Revisado: 27 de diciembre 2014)

[1] El Partido Obrero Revolucionario (POR), que en 1954 se escindió en varias oportunidades, tuvo una importante ruptura cuando se dividió en el POR – Lora y el POR – Combate a la cabeza de Hugo Gonzales Moscoso en disidencia con Guillermo Lora y la línea “lorista” que no aceptaron la adhesión del POR al Secretariado Unificado, como se convino mayoritariamente en 1954 en uno de sus eventos. Además de la adhesión al Secretariado Unificado, las causas de la separación se encuentran en que Lora promovía el “entrismo” al MNR, lo que luego fue castigado por el pueblo cuando en 1956 alcanzó la ridícula cifra de 2239 votos en apoyo a su candidatura. (con datos de: http://www.internationalviewpoint.org/spip.php?article1842)

[2] Ver el Documental: “1970 Teoponte, la última guerrilla” de Roberto Alem Rojo, sobre todo las afirmaciones de Jesús y Rogelio al respecto.

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