septiembre 18, 2020

¿Y si ella se va?

En noviembre pasado la derecha boliviana, tras consumar el golpe de estado, había buscado sentar en la silla presidencial a alguien que sea la imagen de una “transición”, que a través de elecciones generales consolidara un gobierno de derecha con fachada democrática, desplazando a Evo Morales y al MAS, cuando menos, por los siguientes cinco años.

Sus planes no resultaron como lo habían previsto. Apenas tuvieron en sus manos el poder comenzaron las pugnas internas, por las cuotas en la administración pública y por los negocios del estado, entre las facciones que llevaron adelante la aventura golpista. Esta situación derivó en la fragmentación de esa derecha golpista puesta en evidencia con la presentación de siete candidatos contra el Movimiento al Socialismo. Añez encabezaba una de esas fracciones. Quienes la propusieron pensaron que reunía las condiciones para vencer al MAS, supuestamente tenía el perfil adecuado. Se equivocaron.

Los errores se fueron sucediendo a partir del lanzamiento de su candidatura. Dejó de ser presidenta para ser candidata, aunque en realidad nunca había asumido realmente la conducción del aparato estatal, no le dio la talla para ser presidenta ni siquiera transitoria, primero fueron los “jefes” del golpe quienes tomaron el poder y luego quedó atrapada por el entorno de los “demócratas” cruceños y benianos. Incapacidad y corrupción fueron las marcas del gobierno desde noviembre a la fecha.

La postergación reiterada de elecciones de un gobierno que solo debía hacer eso, presidir las elecciones y entregar la banda presidencial a quien resultare elegido por el voto ciudadano, el descalabro económico y el nefasto y criminal manejo de la crisis sanitaria, han conducido al país a una situación extrema que sobrepasa a los partidos políticos involucrado en el proceso electoral.

El pueblo vio colmada su paciencia, tomó las calles y carreteras, demandando no sólo elecciones inmediatas, sino también el respeto de sus derechos, atención sanitaria adecuada y la renuncia de Añez, no sólo de su candidatura, como lo plantean algunas organizaciones de derecha, sino de la misma presidencia. Camacho, duramente golpeado por la salida de sus operadores de los principales puestos en el estado en los que el los había colocado al principio, se ha puesto contra la presidenta acusándola de incapacidad para gobernar. El partido de Añez, los “demócratas”, está seriamente fracturado por el ingreso de Branko, duro detractor de su jefe Rubén Costas, al gabinete de Añez y ve en riesgo no sólo sus expectativas nacionales, sino también las regionales y locales en Santa Cruz.

Si ella insiste en quedarse como candidata y presidenta, el país podría encontrarse ante una grave disyuntiva, con un futuro totalmente incierto.

Una de las posibilidades que podría enfrentar el país, la que más se ha mencionado al interior del entorno de Añez, es dejar el gobierno en manos de una junta militar que convoque a nuevas elecciones, bajo nuevas reglas, con nuevos actores -así llaman a la proscripción del MAS- y, obviamente, con mayor represión en contra de las organizaciones sociales a titulo de pacificación y de protección ciudadana por la pandemia, argumentos ya utilizados por el gobierno de Añez sin ningún resultado.

La otra, la más peligrosa para la integridad de la patria, que la derecha separatista, racista y radical parece alentar a través de la reactivación de los grupos paramilitares, especialmente en Santa Cruz y Cochabamba y de las amenazas de Camacho y otros dirigentes de enfrentar a los bloqueadores, puede degenerar por la inacción del gobierno en encontrar soluciones, en una peligrosa escalada de violencia e, incluso, en una guerra fratricida entre bolivianos.

La extemporánea convocatoria de Añez a la mesa de dialogo, con los resultados ya conocidos, ha puesto en evidencia la falta de credibilidad y la falta de capacidad para gestionar el conflicto. Demostró que en los hechos en Bolivia ya no hay gobierno. No solo han dejado de asistir sus propios aliados golpistas, sino que incluso algunos de ellos le han pedido públicamente su renuncia.

El panorama político del país se torna día que pasa más complicado y aparentemente cualquier solución real a los problemas que atraviesa Bolivia, pasa primero por que ella se vaya. Su permanencia no contribuye a nada bueno.

 

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